El dolor en su cabeza era un martilleo implacable. Como si mil demonios golpearan su cráneo desde dentro.Dante entreabrió los ojos con pesadez, cegado de inmediato por la luz intensa que se colaba entre las cortinas mal cerradas. Gruñó, llevándose una mano al rostro. El maldito sol le estaba anunciando que el día ya estaba avanzado, y con eso, llegaba la conciencia de que había dormido demasiado.Con un esfuerzo perezoso, alargó el brazo y tomó su teléfono móvil de la mesa de noche. Las cifras en la pantalla le hicieron fruncir el ceño.3:47 P.M.—Mierda… —murmuró con voz ronca.Se incorporó con rapidez, tirando la cobija a un lado. El aire frío golpeó su piel desnuda y, por instinto, bajó la vista.No tenía ropa.Un pliegue se formó entre sus cejas. No recordaba en qué momento se había desvestido. De hecho, no recordaba demasiado de la noche anterior. Fragmentos borrosos de licor, frustración y un intento desesperado por alejar sus pensamientos le cruzaron la mente.El malestar en s
Fiorella se sentía en la cima del mundo.La noche anterior aún ardía en su piel como un recuerdo imborrable.Dante.Dante dentro de ella, Dante gimiendo contra su cuello, Dante embistiéndola con esa fiereza salvaje.Se deslizó por el pasillo con una sonrisa autosuficiente en los labios, llevando la bandeja con gracia, como si su mera existencia fuera un privilegio para quien la mirara. Se sentía victoriosa.Porque ella había estado en su cama.No esa patética extranjera de nombre ridículo, con su acento tosco y su aire de mártir.Y pronto, Dante abriría los ojos y se daría cuenta de la realidad.Esa rusa simplona no estaba a su nivel.Nunca lo estaría.Era solo cuestión de tiempo.Empujó la puerta del despacho con una seguridad felina, lista para encontrarlo detrás de su escritorio, despeinado, agotado… quizás todavía con resabios de la resaca y de ella en su piel.Pero él no estaba allí.<
El sol apenas despuntaba en el horizonte cuando Dante abrió los ojos. La habitación estaba en penumbras, las gruesas cortinas bloqueaban la mayor parte de la luz de la mañana, pero aun así, podía distinguir los contornos familiares de su espacio. Todo estaba en su lugar, todo igual que siempre.Y, sin embargo, sentía que algo no estaba bien.El peso en su pecho era molesto, como un vacío difícil de ignorar. Era un sentimiento extraño. No se trataba de los problemas que se acumulaban como una bomba de tiempo en su cabeza: la incertidumbre entre los clanes, la tensión que crecía día a día. No, era otra cosa.Svetlana.Su nombre cruzó su mente como un susurro.Dante frunció el ceño, pasándose una mano por el rostro, tratando de despejar el aturdimiento que aún pesaba sobre él. ¿Cuánto tiempo hab&ia
El rugido de los motores resonaba como un presagio en la noche calabresa, rompiendo el silencio ancestral de las montañas de Aspromonte. El eco reverberaba entre pinos centenarios y riscos afilados, como si la tierra misma anunciara la llegada de la muerte. Dentro de una vieja casa de campo, Dante Bellandi, ajustó su chaleco antibalas sobre el torso marcado por cicatrices de viejas batallas. Sus hombres, leales hasta la muerte, revisaban sus armas en un silencio ritual, donde cada clic del cargador era una oración sin dioses.—¿Cuántos bastardi tienen en el perímetro? —preguntó sin apartar la mirada de los mapas esparcidos sobre la mesa, manchados de vino y sangre seca.Fabio Moretti, su mano derecha, se inclinó hacia el mapa. Su dedo, tatuado con símbolos de la vieja guardia, se posó sobre un punto marcado en rojo.—Treinta, tal vez más. Están armados hasta los dientes. Pero sabemos que ella está ahí —dijo con voz grave, la tensión marcando cada palabra—. Los drones confirmaron movimi
Siete meses antes…El crujido casi imperceptible de la grava helada al otro lado de las ventanas era un recordatorio constante del aislamiento que ofrecía Gambarie d’Aspromonte en pleno invierno. Dentro del estrecho pasillo de la villa Bellandi, Fabio, con sus hombros angulosos envueltos en un abrigo verde olivo que había visto días mejores, respiraba con dificultad. No por el frío, sino por la carga invisible que llevaba consigo. Su mano derecha, aún temblorosa por el encuentro que estaba por enfrentar, apretaba un llavero de bronce con el emblema de la familia, tan fuerte que los bordes le cortaban la piel.Al detenerse frente a la puerta de madera maciza, los dedos de Fabio rozaron el pomo con una vacilación palpable. Cerró los ojos un momento, dejando que la opresión en su pecho se aliviara, aunque fuera solo por un segundo. No había vuelta atrás. No para él, no para el plan que apenas comenzaba a gestarse.Empujó la puerta con lentitud, cuidando que no rechinara, y el tenue respla
El salón principal de la villa Bellandi estaba bañado por la luz cálida de lámparas de araña de cristal de Murano, que lanzaban destellos dorados sobre las paredes de estuco envejecido y los suelos de mármol travertino. Las columnas de piedra, talladas con intrincados motivos renacentistas, se alzaban como silenciosos testigos del poder ancestral de la familia. El eco de las conversaciones flotaba en el aire, cargado de una tensión que ninguno de los invitados se atrevía a nombrar. Al otro lado de las puertas dobles de madera de nogal, un centenar de hombres aguardaban. Sabían lo que estaba por suceder. Él, sin embargo, no.Cada uno de los movimientos de Dante Bellandi parecía parte de un ritual heredado. Su andar era firme, calculado, como si el peso de los ojos ajenos no le importara, pero por dentro, una tormenta rugía. El eco de sus pasos en el mármol parecía marcar el compás de un destino ineludible.Fabio Mancini, la sombra fiel de su padre, se detuvo frente a él y extendió la ma
El jet privado descendió lentamente, sus turbinas emitiendo un rugido profundo que se desvaneció al tocar tierra. A través de las pequeñas ventanillas ovaladas, el paisaje era un vasto lienzo de blanco inmaculado. Montañas distantes se alzaban como sombras difusas, y los árboles, desnudos y cubiertos de escarcha, salpicaban el horizonte como figuras congeladas en el tiempo. La pista de aterrizaje, ubicada en un aeródromo privado, estaba cubierta por una fina capa de nieve recién caída, y la iluminación tenue hacía que el lugar pareciera aún más aislado, como si estuviera en el fin del mundo.Dentro del avión, el ambiente era lujoso pero sombrío. Los asientos de cuero beige relucían bajo las luces cálidas, y las superficies de madera pulida reflejaban con discreción los tonos dorados del interior. Era un espacio diseñado para el confort extremo, pero para Svetlana, que yacía inconsciente sobre uno de los sofás, no era más que una jaula opulenta.El hombre más robusto del grupo, con una
El rugido de un motor rompió el silencio gélido de la noche. Una camioneta negra, blindada y lujosa, se detuvo frente a la entrada principal de la villa Bellandi. La propiedad se alzaba como una fortaleza imponente, en medio de las 50 hectáreas que componían ese reino oculto, un santuario de secretos y traiciones. Invisible a los ojos de la policía, protegido por pactos secretos y lealtades compradas, era el corazón de la Ndrangheta, la mafia italiana.Dos hombres salieron primero del vehículo, con abrigos gruesos y armas visibles, observando todo con la atención de quien sabe que cualquier sombra puede ser una amenaza. Detrás de ellos, otros dos hombres flanqueaban a una mujer que temblaba de pies a cabeza. Svetlana, con las manos atadas, apenas llevaba ropa que le protegiera del invierno feroz. Su rostro, marcado por una mezcla de miedo y confusión, giraba constantemente, tratando de entender dónde estaba y por qué.Frente a ella, una mansión que se podía describir como un castillo m