El sonido de la lluvia golpeando contra los ventanales acompañaba el murmullo grave de los hombres reunidos alrededor de la mesa. Todos vestían de negro, con la expresión marcada por la impaciencia y la expectativa.Uno de ellos, un hombre de cabello entrecano y mirada severa, rompió el silencio al inclinarse hacia adelante.—¿Cuánto tiempo más tenemos que esperar?Su tono era áspero, molesto. Sus dedos tamborileaban sobre la superficie de la mesa con impaciencia, como si su propia piel le ardiera ante la inactividad.El hombre sentado en la cabecera, el único que parecía imperturbable, se tomó su tiempo antes de responder. Apoyó el vaso contra sus labios, degustó lentamente el whisky y luego lo dejó sobre la mesa con un leve clink.Su rostro permaneció en sombras, pero su voz fue clara y firme cuando habló.—En este momento hay una rata hambrienta. Dejemos que roa todo lo que pueda, que coma lo que quiera… y luego veremos qué es lo que queda.El silencio que siguió a sus palabras fue
La mañana en Reggio Calabria amaneció despejada, con el sol derramando su luz dorada sobre los extensos jardines de la Villa Bellandi. Una suave brisa mecía las copas de los árboles, y el canto de los pájaros se filtraba entre los setos perfectamente podados, creando una atmósfera engañosamente tranquila. Era difícil imaginar que, en otra parte de la ciudad, el mundo de Dante Bellandi se estaba derrumbando.Pero allí, en la villa, la calma reinaba.Los Ivanov estaban instalados en la casa que Dante les había asignado, un lugar espacioso y elegante que estaba a la altura de su estatus, con todas las comodidades posibles. Nada les faltaba. Sin embargo, la hospitalidad no siempre venía con una sonrisa.Aquel desayuno se había dispuesto en el jardín, donde una mesa de hierro forjado, cubierta con un mantel de lino blanco, esperaba con una vajilla fina, frutas frescas, pan caliente y una variedad de quesos y embutidos locales. Todo parecía salido de una postal italiana.A la mesa ya estaba
La tensión en la sala era asfixiante.Dante se encontraba en la gran mesa de roble macizo de su despacho, rodeado de los líderes de los clanes aliados. El aire olía a tabaco, cuero y un leve rastro de whisky caro, pero sobre todo a peligro.Los hombres estaban inquietos, furiosos. Y con razón.Perder un cargamento de esa magnitud no era solo una cuestión de dinero, era un golpe directo a la reputación de Dante Bellandi.El primero en hablar fue Salvatore Ricci, de San Luca, su voz fue profunda y cargada de desconfianza.—¿Qué demonios está sucediendo, Dante?Dante se mantuvo impasible, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando los dedos con calma estudiada.—No tengo la más mínima idea.—Primero lo de Enrico y ahora esto… —comentó Giancarlo Ravetti, de Limbadi, su mandíbula tensa.Dante exhal&oacu
Ya pasaba de la medianoche y sobre la mesa de cristal descansaban dos botellas de whisky, la segunda más vacía que llena. Dante no solía beber hasta perderse en la embriaguez, pero esa noche lo necesitaba.El ardor del alcohol aún le quemaba la garganta. Su cuerpo, normalmente tenso y controlado, estaba pesado, aturdido. Por primera vez desde que asumió el liderazgo del clan, sentía que el control se le escurría entre los dedos.Mierda.Se restregó la cara con ambas manos, soltando un suspiro frustrado. Nada de lo que hacía parecía suficiente. Siempre había tenido una solución, siempre había tenido una estrategia, pero ahora… era como estar atrapado en un laberinto sin salida.Con movimientos torpes, se levantó del sillón de cuero, tambaleándose ligeramente. El alcohol hacía estragos en su equilibrio, pero no en su maldita cabeza. Sus pensamientos seguían ahí, clavándose como espinas en su piel. Dolían.Llegó hasta la cama y se dejó caer con pesadez, el colchón se hundió bajo su cuer
El dolor en su cabeza era un martilleo implacable. Como si mil demonios golpearan su cráneo desde dentro.Dante entreabrió los ojos con pesadez, cegado de inmediato por la luz intensa que se colaba entre las cortinas mal cerradas. Gruñó, llevándose una mano al rostro. El maldito sol le estaba anunciando que el día ya estaba avanzado, y con eso, llegaba la conciencia de que había dormido demasiado.Con un esfuerzo perezoso, alargó el brazo y tomó su teléfono móvil de la mesa de noche. Las cifras en la pantalla le hicieron fruncir el ceño.3:47 P.M.—Mierda… —murmuró con voz ronca.Se incorporó con rapidez, tirando la cobija a un lado. El aire frío golpeó su piel desnuda y, por instinto, bajó la vista.No tenía ropa.Un pliegue se formó entre sus cejas. No recordaba en qué momento se había desvestido. De hecho, no recordaba demasiado de la noche anterior. Fragmentos borrosos de licor, frustración y un intento desesperado por alejar sus pensamientos le cruzaron la mente.El malestar en s
Fiorella se sentía en la cima del mundo.La noche anterior aún ardía en su piel como un recuerdo imborrable.Dante.Dante dentro de ella, Dante gimiendo contra su cuello, Dante embistiéndola con esa fiereza salvaje.Se deslizó por el pasillo con una sonrisa autosuficiente en los labios, llevando la bandeja con gracia, como si su mera existencia fuera un privilegio para quien la mirara. Se sentía victoriosa.Porque ella había estado en su cama.No esa patética extranjera de nombre ridículo, con su acento tosco y su aire de mártir.Y pronto, Dante abriría los ojos y se daría cuenta de la realidad.Esa rusa simplona no estaba a su nivel.Nunca lo estaría.Era solo cuestión de tiempo.Empujó la puerta del despacho con una seguridad felina, lista para encontrarlo detrás de su escritorio, despeinado, agotado… quizás todavía con resabios de la resaca y de ella en su piel.Pero él no estaba allí.<
El sol apenas despuntaba en el horizonte cuando Dante abrió los ojos. La habitación estaba en penumbras, las gruesas cortinas bloqueaban la mayor parte de la luz de la mañana, pero aun así, podía distinguir los contornos familiares de su espacio. Todo estaba en su lugar, todo igual que siempre.Y, sin embargo, sentía que algo no estaba bien.El peso en su pecho era molesto, como un vacío difícil de ignorar. Era un sentimiento extraño. No se trataba de los problemas que se acumulaban como una bomba de tiempo en su cabeza: la incertidumbre entre los clanes, la tensión que crecía día a día. No, era otra cosa.Svetlana.Su nombre cruzó su mente como un susurro.Dante frunció el ceño, pasándose una mano por el rostro, tratando de despejar el aturdimiento que aún pesaba sobre él. ¿Cuánto tiempo hab&ia
El rugido de los motores resonaba como un presagio en la noche calabresa, rompiendo el silencio ancestral de las montañas de Aspromonte. El eco reverberaba entre pinos centenarios y riscos afilados, como si la tierra misma anunciara la llegada de la muerte. Dentro de una vieja casa de campo, Dante Bellandi, ajustó su chaleco antibalas sobre el torso marcado por cicatrices de viejas batallas. Sus hombres, leales hasta la muerte, revisaban sus armas en un silencio ritual, donde cada clic del cargador era una oración sin dioses.—¿Cuántos bastardi tienen en el perímetro? —preguntó sin apartar la mirada de los mapas esparcidos sobre la mesa, manchados de vino y sangre seca.Fabio Moretti, su mano derecha, se inclinó hacia el mapa. Su dedo, tatuado con símbolos de la vieja guardia, se posó sobre un punto marcado en rojo.—Treinta, tal vez más. Están armados hasta los dientes. Pero sabemos que ella está ahí —dijo con voz grave, la tensión marcando cada palabra—. Los drones confirmaron movimi