Memento Mori (LGBT)
Memento Mori (LGBT)
Por: Blue Valentine
Preludio: La purga

No había donde escapar, el fuego se expandió demasiado rápido, devorando todo a su paso. Incluso los altos pilares de mármol que sostenían el techo no tardarían en ceder ante el vigor de las llamas que trepaban ávidamente, hasta el más mínimo rincón del gran palacio se llenó de humo negro que impedía respirar.

Una dama de mediana edad corría desesperada por un interminable pasillo, cargando un niño pequeño en su pecho mientras que con su brazo izquierdo sostenía vigorosamente la muñeca de una niña de cuatro años cuyas pequeñas piernas apenas le permitían correr detrás de ella, si su madre la soltara, inevitablemente se quedaría atrás.

La dama solía llevar lujosas vestimentas, pero en ese momento solo tenía una maltrecha túnica blanca, su cabello rubio atado en un moño se había esparcido por sus hombros debido al constante movimiento y frenesí, llevaba algunas joyas como brazaletes o collares los cuales a primera vista podrían contrarrestar con lo desalineado de su aspecto actual, no obstante adquirían sentido al comprender que ella estaba tan desesperada por huir y poner a salvo a sus bebés que no llegó a quitárselos. El pequeño en su pecho lloraba y tosía a la vez que mantenía los ojos firmemente cerrados, la niña que llevaba de la mano jadeaba en busca de aire, parecía al borde de la hiperventilación.

La dama se detuvo en seco al oír pesados pasos subiendo las escaleras hacia la planta alta donde se encontraban, sin saber a donde más escapar, se adentró en una habitación cuya puerta estaba destartalada; allí había un gran arcón de madera roja.

— ¡Rápido! — Exclamó con voz ronca ahogada por el humo, al tiempo que torpemente entregaba al niño de dos años a la pequeña. — Entren ahí.

La niña permaneció unos instantes totalmente conmocionada, sin comprender, o quizá sin querer comprender, la situación en la que se encontraba, sus labios entreabiertos, su rostro pálido, y sus ojos sin brillo alguno, ni siquiera escuchaba las palabras de su madre, como si su alma hubiese abandonado su cuerpo, y ahora observaba todo de la lejanía, era como si no estuviese realmente allí. Solo el brutal llanto de su hermano pequeño, el cual ahora estaba en sus brazos, pudo traerla de nuevo a la realidad.

Sin saber que decir, la niña agitó la cabeza en negación, varias veces, pero su madre la empujó de forma casi violenta dentro del arcón, al tiempo que intentaba acallar los constantes sollozos del niño.

La niña tuvo que acostarse con las rodillas dobladas contra su pecho, a la vez que acomodaba a su hermanito protectoramente sobre su pecho y lo aprisionaba entre sus rodillas, el arcón era demasiado pequeño y no quedaba más espacio para que se mueran, antes de cerrarlo sin cerrojo, la madre puso en la mano temblorosa de su hija una arandela con varias llaves.

— Hay cerradura de ambos lados, —explicó la mujer, mientras cerraba con fuerza el puño de la niña alrededor de las llaves. —Por si acaso no voy a poner la traba, pero si alguien más entra en la habitación, ciérralo de inmediato.

La niña no podía ver el rostro de su madre, pero por lo entrecortado y ronco de su voz, supo que estaba llorando, y en el momento en el que puso las llaves en su mano, supo que ya no iba a regresar.

— Intentaré distraerlos, el fuego no llegará hasta aquí, traten de aguantar. — Continuó la madre, la desesperación en sus ojos, volvía evidente que no estaba realmente segura de sus palabras, pero en ese momento, no podía pensar en otra cosa.

— Mamá, no… — La pequeña no había terminado de hablar cuando su madre cerró el arcón, dejándolos a ambos apretujados dentro.

El arcón tenía una pequeña hendidura a través de la cual se podía ver el exterior y debido a la incómoda posición en la cual se encontraban los hermanos, el pequeño tenía el rostro pegado a una de las paredes, y su ojo derecho quedaba perfectamente frente a esta hendidura.  El niño no paraba de llorar, su garganta ardía, y se asfixiaba lentamente no solo por la tos, sino también por la ferviente congoja de sus sollozos.

La dama abrazó el gran baúl una última vez, mientras que las lágrimas derramadas sobre sus mejillas se evaporaban antes de llegar al suelo, finalmente, se puso de pie, dispuesta a salir y dar su vida para enfrentar a lo que sea que la esperase, se lamentó al instante, de la falta de tiempo, pensar que su vida terminaría al dar unos pocos pasos, y las últimas palabras que le había dicho a sus bebés eran “Traten de aguantar” Quería acariciar el cabello de Saimale, decirle que era una niña hermosa, fuerte, inteligente, y valiente y que estaba profundamente orgullosa de ella, o sostener de nuevo a su pequeño Valiester, llenarle de besos su pequeña y rechoncha cara y decirle que se convertiría en un caballero tan gallardo como su padre, y sobre todo, decirle lo mucho que los amaba, y que sin importar lo que pase, siempre estaría con ellos. 

Aferrándose a esos pensamientos, la sonrisa de sus hijos, el recuerdo de su esposo, todo aquello que quería proteger, fue que cruzó el umbral, encontrándose al pie del pasillo con un hombre de casi dos metros de altura, y una armadura sin casco cubierta de sangre la cual ensuciaba el piso con cada paso que daba.

— Saura… — Musitó el hombre con pesar, al tiempo que daba un paso hacia adelante.

Al oír su nombre, la mujer sintió como todo su cuerpo se congelaba al instante, cerró los ojos al tiempo que intentaba calmarse para poder hablar correctamente, más la tos se lo impedía.

— Su majestad, —sus palabras tuvieron la misma fuerza que un suspiro, mientras luchaba por mantener la compostura, —cualquiera que sea el crimen por el cual me castiga, le suplico que perdone a mis hijos… ellos son inocentes.

El hombre al cual se refería como “su majestad” paseó su mirada cargada de tristeza, por el tembloroso y débil cuerpo de Saura.

— Son nobles… —explicó con cierto pesar en su voz, al tiempo que daba un paso hacia adelante, provocando que la dama retroceda instintivamente. — Nobles de sangre pura, con un nombre escrito en la línea de sucesión real, nobles que podrían disputar el poder, y fragmentar el imperio.

— No lo harán, te doy mi palabra, ellos jamás…

— No puedes prometer eso. —la interrumpió el emperador. —El tiempo pasa, y las generaciones jóvenes olvidan las luchas por las que pasaron sus ancestros, sé que mis hijos no entenderán lo importante que es mantener el imperio unido, es por eso que intento facilitarles las cosas, asimismo, tú no puedes decir si tu descendencia deseará hacerse con el poder en el futuro.

El ojo derecho del niño pequeño seguía pegado a la hendidura, a pesar de que todo estaba borroso por el humo y el llanto, aún reconocía la forma y voz de su madre en esa mancha borrosa.

No podía respirar, tenía tanto miedo que su desenfrenado corazón en cualquier momento reventaría en su pecho, la mano de su hermana mayor le apretaba con fuerza la boca y la moquienta nariz impidiendo llorar, pero también asfixiándolo.

— ¿Sabes? — dijo el hombre mientras que una amarga sonrisa curvaba sus temblorosos labios. — Mientras venía de camino hacia aquí, no pude evitar pensar en que todo esto es una gran ironía; si en ese entonces, nosotros… — guardó silencio abruptamente, repensando cuidadosamente sus palabras. —tus hijos, ahora serían mis hijos también, y yo no haría esto ¿No crees que el destino tiene un sentido del humor increíblemente macabro?

No se percibía una pizca de diversión en su voz, por el contrario, mientras más decía, más roto parecía estar, por más que se esforzaba en sonreír, su rostro se contraía más y más en lo que eventualmente se convertiría en un estallido de lágrimas.

— Kiess — lo llamó Saura, intentando apelar a lo poco que quedaba su humanidad. —Déjalos vivir, por favor, haré lo que quieras, seré tuya si así lo deseas, per…

— No sigas. — Al oír su nombre, en boca de la mujer a la que siempre amó, y que desde hacía muchos años se refería a él únicamente como “su majestad”, y ver esos grandes ojos color café encogidos por el miedo, no pudo evitar que el torrente de lágrimas se deslizara sin permiso por sus mejillas.

— Dijiste que no matarías a tus hijos. —Soltó Saura como última esperanza, viendo que el hombre frente a ella había perdido toda cordura.

Lo siguiente que el niño oculto en el baúl vio, fue como su madre y este hombre aterrador se abrazaban con fuerza, como si fuesen viejos amigos, y  por un segundo, creyó que todo estaría bien, que ese hombre quizá no fuese tan malvado, parecía querer mucho a su mamá, incluso podría ayudarlos a escapar de allí.

Llevaban un largo rato abrazados, el hombre mantenía su rostro oculto en el cuello desnudo de Saura, cuando entonces, para el horror del niño quien veía todo, posó sus manos en el blanco y delicado cuello de su madre, y todo lo que sucedió luego, a pesar de ser tan solo unos cinco minutos, el niño vio todo en una prolongada y lenta secuencia, escena por escena.

Como las grandes manos de ese hombre se dirigían al cuello de Saura, que hasta hace pocos segundos contenía su llanto, como apretó la blanca y suave piel, ella luchó por unos instantes, luego otro sonido, similar al quiebre de una rama seca en invierno, los brazos de Saura que luchaba para soltarse, cayeron inertemente a los lados de su cuerpo, el hombre retiró sus manos, dejando ver marcas violáceas en el cuello roto de la mujer, que cayó con un ruido seco en el suelo.

El niño estaba tan horrorizado como sofocado, quería llorar, quería gritar con todas sus fuerzas por ayuda, pero la mano de su hermana siquiera le permitía respirar, el ruido del cuello de su madre al ser quebrado seguía resonando en bucle en su mente, entonces, el hombre pasó por delante del cadáver, dirigiéndose al arcón donde los niños se escondían, dispuesto a abrirlo.

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