El mafioso se quedó en el muelle, adoptando la apariencia de un turista despreocupado hasta que la noche se adueñó del lugar. Con la calma de quien conoce el terreno, saboreó fruta en rodajas, observando a lo lejos cómo un grupo de sujetos discutía en voz baja sobre el inminente inicio del viaje en el barco destinado para ese embarque. Con su conocimiento sobre los procesos creó una distracción; empujó una caja de producto hacia el agua, creando un alboroto inesperado que capturó la atención de todos.Ninguno se esperaría que mientras la tripulación se dispersaba para recuperar el objeto caído, él se deslizaba a bordo sin ser notado. Absorto en su plan, avanzó por un pasillo estrecho y oscuro, cuyos muros descascarados y tuberías oxidadas apenas dejaban entrever la humedad acumulada. Cada paso era un acto calculado de sigilo, consciente de que cualquier movimiento en falso podría alertar a la policía y, en consecuencia, a Valente.El pasillo lo condujo a una red de corredores interco
—He estado pensando en algo— exclamó la inglesa siendo firme en su voz, aunque tambaleaba su cordura. —Valente me repitió muchas veces sobre pensar igual y hacer algunas cosas similares. —¿Se supone que debes saber a qué se refiere?— ella lo miró por un segundo. —¿Cómo se conocieron? —Me arrastró a la habitación de mi abuelo para matarlo— Anthony aclaró su voz. —Dijo que perdería todo. Y siento que no se refería sólo a mi familia. Porque según él, pienso de la misma forma que él. Anthony largó un suspiro pesado. Evocó a su padre repetir que Keyla casi nunca fue de su agrado. Su abuelo repetía que Sara, en alguna época de su vida, no le agradaba. Aunque la diferencia estaba en que ninguna de ellas trató de asesinar a sus maridos, ni conspiraron contra la familia completa. Aquel pensamiento le causaba una pequeña chispa de ira, porque sabía que el daño que una sola mujer podía causar a su familia, en especial una tan dispuesta a hacer lo impensable, no solo ponía en peligro a su s
—¿Es tan complicado aceptar una visita cordial? —El rubio se sentó con una calma insolente en un taburete frente al conde, su mirada recorría el comedor. Sobre la mesa, la sangre se mezclaba con los manteles, empapando la comida y los centros de mesa como un macabro adorno más—. Su falta de modales no habla bien de su amabilidad, ¿sabe?El conde sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No sólo por la escena, sino por la quietud forzada de su esposa, la cuál suplicaba silenciosamente, inmóvil junto a la ventana, atrapada en una jaula invisible que Valente había construido sin necesidad de cadenas.Y ahí estaba él. Entre cuerpos desparramados y charcos de sangre aún tibia, sentado con la indolencia de quien asiste a una tertulia sin importancia. Su rostro estaba salpicado de carmesí, pero su porte seguía impecable, ajustando sin prisa su corbata. Tomó un trozo de fruta intacta del único plato intacto y lo mordió con deliberada lentitud, como si el caos a su alrededor no mereciera más
—Debe culparme por lo que ocurrió, y no me excuso —la voz de Harper irrumpió en la estancia. Keyla levantó la vista desde el sillón en el que se había acomodado, sus dedos acariciaban levemente la tela del reposabrazos.—No me conoces y no actúes como que lo haces —exclamó la nutricionista colocando la barbilla sobre sus dedos. Los ojos de Harper neutralizaban con ese tono, pero a Keyla el efecto no la golpeaba, no cuándo estaba acostumbrada a ver cosas que otros veían en pesadillas—. No culpo a nadie de nada. Excepto a los verdaderos responsables de cada situación.Harper sostuvo su mirada, buscando la hipocresía habitual con la que la gente la trataba, la condescendencia velada con la que siempre la abordaban. Pero en Keyla no había ni rastro de eso. Su rostro era una pared firme, sin grietas.Antes la había destruido, ahora confiaba en que vería a su hijo mayor de nuevo. —Las cosas que crees que conoces no son de esa manera —intervino, entonces, la madre de Mateo. Su tono era mes
El mexicano, el hombre del otro lado de la línea soltó una risa breve, seca. Colgó sus dedos del chaleco antibalas que se quitaba y devolvió a su reptil a su jaula. —¿Y qué te hace pensar que tengo avión privado o que soy un coyote de lujo?—No me importa cómo lo hagas— gruñó Mateo, avanzando entre las sombras de un callejón, evitando las luces de la avenida—. Pero si aceptas, pago el precio que digas. Eres una de las opciones, no la única. El silencio se prolongó en la línea, solo se escuchaba el siseo sutil de la serpiente entre los dedos del mexicano.—Mira, cabrón, normalmente no hago favores sin saber qué hay para mí en la jugada— admitió al fin—. Pero si eres el Mateo Crown que recuerdo, entonces esto cómo que se pone interesante.Mateo se detuvo, apretando los dientes con el agotamiento la tensión en su herida se volvía peor. —Dime qué necesitas y te lo daré cuando pise suelo seguro— aseguró Mateo.—¿Palabra de Crown?— cuestionó el Coloso.—Palabra de Crown.El hombre sonri
—No es una fuente confiable, pero lo abordaremos en el club. Ahí no será extraño— mencionó Sara hacia su amiga. —Con tantos ojos sobre nosotros, es mejor seguir lo que ya se había planeado. —¿No pueden quedarse lejos? Pero si eso es verdad, yo misma la uso como madera para mi chimenea— contestó Keyla. —Ha habido tantas bodas, que quiero pensar que esta es solo coincidencia. Así cómo la de la bailarina, Phiama creo que se llama. —Concentrada en una a la vez— Harper escuchó las voces cada vez más lejanas. Mientras su cabeza aún analizaba lo que había escuchado. Le hacía ruido tal cosa. Coincidencias. Sí, claro. Con Phiama no existía la definición de coincidencia. Ella las creaba. No estaba autorizada en ponerse de pie siquiera, pero no pensaba solo escuchar, opinar y no actuar. Estaba sola, pero también tomaba mejores decisiones de esa manera. Harper cerró su abrigo y ajustó la coleta, caminando con lentitud fuera de la habitación de esa casa, donde había permanecido esas horas.S
Uno de los pandilleros chasqueó la lengua y miró al de la nariz rota. —El mexicano dijo que vendría— dijo hacia los otros. Hubo un momento de duda, pero luego, un tipo con una cicatriz en la mejilla y un cigarro colgando de los labios, inclinó la cabeza. Salió de entre todos y lo reparó de pies a cabeza, acercándose aún más. —Está bien. Bajen las armas. Nadie lo hizo de inmediato, pero después de unos segundos, las bocas de los cañones se alejaron de Mateo, aunque las miradas desconfiadas seguían fijas en él. El hombre del cigarro le hizo una seña con la cabeza. —Sígueme. Tienes un lugar aquí. Sin decir una palabra más, Mateo avanzó tras él, sintiendo aún la tensión en el aire. Sabía que estos tipos lo aceptarían por ahora, pero en cuanto bajara la guardia, las posibilidades aumentaban y empeoraban. Con cada paso sólo podía confirmar que el desorden era parte de sus talentos. Aunque al llegar al tercer nivel las habitaciones se volvían individuales y contaban con lo
Harper no sabía qué sucedía. No entendía qué pasaba. El aturdimiento era demasiado para comprender la situación. Solo veía la sangre de su esposo derramada en el suelo. Dos balas, una en el pecho y otra en la frente. Sus manos temblorosas envueltas en el mismo líquido la hicieron perder la noción de su entorno. Las pastillas para dormir que tomaba cada noche habían funcionado demasiado bien en esa ocasión, porque no escuchó los disparos. —Fue él. Fue Mateo Crown quien lo hizo —le dijo su suegro con la voz rota—. Lo mató porque no cedió a sus órdenes. Lo mató porque no aceptamos su dominio sobre nuestras vidas. No sabía quién era Mateo Crown. No entendía nada de lo que Lorcan decía. Sólo comprendió que habían matado a su esposo. Solo entendió que Mateo Crown había masacrado a casi todo un clan. La había convertido en una viuda. No amaba a su esposo, pero él la había mantenido segura de todos en ese lugar, y ahora estaba a la deriva. En el funeral de Orvyn Bohemond, solo