CAPÍTULO 5

Los días pasaron convirtiéndose en semanas, todo seguía igual, Emir vigilandola, y ella aparentando estar tranquila.

— Genevieve, el doctor está aquí para la revisión médica de mi hijo.

Expresó Emir con gesto de frialdad.

— Te di los resultados de mi médico, todo está bien, no veo por qué cambiarlo ¿O es qué tampoco confías en mí médico?

Cuestionó muy enojada Genevieve.

— ¿En serio me preguntas eso Genevieve? ¿Tan grande es tu cinismo como para preguntar si no confío en ti? Pues no fíjate, no confío en ti después de lo que escuché decirle tú a tu  padre, tú cómo madre no eres confiable ante mis ojos. Cuando nazca mi hijo te irás de aquí sin nada.

— Está bien espero que sea pronto  el nacimiento de este mocoso, ya no soporto tanto calor. Estoy cansada deseo ir a mi casa con mis padres.

—  Y con Donatello, después de todo es a él a quien persigues.

— Ese no es asunto tuyo.— Espetó muy enojada, sus cambios de humor cada día eran más frecuentes, estaba muy hormonal.

Emir pensó y lo dijo en un acto emocional creyendo tener una respuesta aceptada.

— Déjame consentirte Genevieve, demos le a nuestro hijo una familia. La familia que él se merece.

— No te amo Emir Aksoy, nunca te amé, cada ves que te hacía el amor no eras tú en mi mente, era el.

Muy dentro de su corazón, Emir aún amaba  a esa pequeña fierecilla, y esa palabras le rompieron el corazón, la miró y  aún le cautiva su belleza, pero de ahora en adelante,  ya jamás le demostraría lo enamorado que estaba, no podía forzar los sentimientos de esa mujer, pero si podía imponer le su presencia, más no su amor y ser rechazado una vez más

Genevieve se dió la vuelta quedando de espalda a él, sus lágrimas rodaban.

"¿ Por qué Donatello,  Por qué me hiciste ésto, me  dejaste, no te importó el que yo te amara? "

Ya faltaba poco para el nacimiento del  bebé y no tenía como seguir chantajeando lo y obligarlo a que acepte su presencia ante él.

El médico pasó a la habitación con los implementos para la revición de el bebé.

—  Muy bien señora Aksoy, le realizaré un ultrasonido para saber el estado del bebé.

Genevieve se dió vuelta, se acostó en la cama, descubrió su vientre, y el médico le colocó una cantidad de gel, y empezó a deslizar el transductor.

Los latidos eran música para los oídos de Emir, que estaba escuchando y viendo en la pantalla a su pequeña.

— Parece que todo está muy bien con esta, no, estás princesas, señor las puede ver aquí, son dos.— Explicó el galeno señalando la pantalla, Emir no podía con la felicidad en su corazón, pero era una mirada fría la que le daba a Genevieve, al verla tan indiferente a lo que el médico decía.

¿Como era posible que no le dijera que eran dos? ¿Que pretendía esta mujer?

— Muy bien, las bebés están en perfecto estado, están creciendo muy saludables tienen el tamaño, el peso, y las medidas correctas.

El médico sacó una copia de la primera fotografía de sus hijas.

— ¿Por qué no me dijiste que eran dos?

Emir intentó ser lo más calmado que podía, esa mujer del demonio tenía el poder de descontrolar lo.

— No lo sabía Emir, si uno era ya un trauma para mí, te imaginas saber que eran  dos. — Expresó en tono frío.

— ¿Que clase de ser humano eres Genevieve? No puedo creer lo que escucho decir de una madre que espera gemelas.

— Yo no pedí hijos Emir, y mucho menos dos, y más tuyos, no te amo y no lo haré jamás. ¿Me entiendes.?

Emir sintió una puñalada en su corazón.

¿Como carajos fue a enamorarse de esa mujer sin sentimientos?

Salió de la habitación con los puños y dientes apretados, no podía explotar en ira, ahí frente a sus hija, aunque estaban en el vientre de esa desalmada podían sentir la tensión de sus padres.

— No dejes la vigilancia por  ningún momento, si a esa mujer le sucede algo la pagas con tu vida. — Le ordenó a la ama de llaves que vivía instalada en la habitación de Genevieve.

Fue a su oficina se sirvió un vaso de whisky, lo bebió todo de una sola, luego otro y otro.

Bebió sin medir el tiempo y cantidad, quería anestesiar ese dolor que sentía en su alma, su corazón escogió mal a la mujer que amó.

Los dos  meses que le faltaban para nacer a las gemelas pasaron, y ya era el  día del nacimiento.

Y desde aquel día no se dirigió a ella como lo hacía siempre, ahora era solo cuando el médico o las enfermeras lo hacían, cuando revisaban  el estado de las bebés, Emir sentía que tenía que cerrar su corazón, pues no tenía cabida para el amor.

Todo estaba listo para el nacimiento de las pequeñas, el momento en que nació la primera su llanto inundó la sala convertida en quirófano era la melodía que llenó su corazón de amor, era Aylin Dilara la mayor que lloró a todo pulmón, fuerte y energética en su llanto, los pediatras la recibieron y la revisaron, para luego colocarla en brazos de su padre.

Tres minutos después nuevamente el llanto inundó la habitación, era Yara Elif que hacía acto de presencia al mundo, fue puesta en los brazos de su padre y jamás en los de su madre.

Mientras las gemelas Aksoy nacían en España, en Italia, otras gemelas nacidas en cuatrillizos, celebraban su cumpleaños número once.

Una hora después estaban en observación para evaluar su evolución.

Emir sintió doler su corazón por la decisión que tomó, prefería eso a darles a sus hijas la presencia del rechazo de su madre, decidió sufrir el,  para darles la felicidad a sus pequeñas, y así, envió a Genevieve a casa de sus padres, y un mes después se marchó de España llevándose a sus pequeñas a Turquía, para no saber nada de la mujer, que en cierto modo arruinó y destruyó su corazón.

— Ezra, tienes todo listo para recibir a las niñas?

— Como lo pediste hermano, toda la mansión fue rediseñada como tú lo ordenaste.

— Perfecto, ya estamos de salida.

Abordaron el avión, para salir de España, y con la firme promesa de que jamás volvería a ese país donde le traía los más desgarradores recuerdos.

Horas de vuelo  y ya estaban aterrizando en Estambul,  y eran esperado por la familia Aksoy, sus padres Defne y Yagmur, y sus hermanos Ezra, Ugür y Demir Aksoy, todos felices por recibiendo a las nuevas miembros de la familia.

Todos miraron cuando, lo vieron aparecer por los pasillos, con un semblante de tristeza en su mirada, y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Asaf Yagmur su padre, fue el primero en recibir a su hijo.

— Hijo mío, que Alah bendiga a nuestras pequeñas, y a ti también, siempre.

— Padre, que la bendición de tu Alah llegue a mis hijas, por qué a mi no me ha llegado, me trajo a la peor de las mujeres.

— Hijo, ya no te amargues más, mira lo bueno que esa bruja nos dejó, un mes antes de tu cumpleaños, hoy debes estar feliz de tener como regalo a estas preciosas bebés, y sobre todo por qué ellas jamás sabrán de su madre.

— Lo se padre, pero no tengo ánimos de festejar este cumpleaños, serán el peor de ellos a pesar de tener a mis hijas.

— Hijo será una velada  familiar como todos los años. ¿No dejaras que tú gemelo célebre sus veintiséis solo? — intentó persuadirlo su madre.

— Lo siento mucho madre, padre, no tengo ánimos para festejar.

Salieron del aeropuerto y fueron a la que sería su nueva residencia.

Llegaron y llevaron a las pequeñas cada una a su habitación, y con su personal de cuidados las enfermeras y sus Nanas.

— Hermano, yo me quedaré contigo para supervisar el cuidado de mis sobrinas mientras tú trabajas. — Se ofreció Ezra.

— No, no quiero que dejes de lado ti vida para estar al pendiente de mí y de mis hijas, hermana. — Respondió Emir en tono susurrante.

— Sabes que las cosas no son así, sabes que puedes contar conmigo siempre, y así voy practicando, para cuando tenga mis propios  hijos.

— Si hijo, acepta que tú hermana te ayude.

Emir aceptó, y Ezra se mudó a vivir para estar al pendiente de ellos mientras Emir se sumergía en la soledad de su oficina.

Cada día y noche encerrado en su trabajo y jamás volvió a la habitación de sus gemelas, verlas le recordaba a esa mala mujer, eran rubias de ojos verdes, y tan blancas que parecían resplandecer,  idénticas a Genevieve.

Cuatro meses pasaron, Ezra cuidaba de ellas, mientras Emir devoraba en ocasiones a esa mujer que tenía en el club nocturno y la llamaba Genevieve.

Volvía a casa ebrio, con la camisa abierta y su chaqueta en mano. Ya no escuchaba a Ezra.

—  Llamaré a mi padre, esto se está saliendo de control, ya no ves a tus hijas, en cierto modo estás igual que esa desnaturalizada.— Le recriminó ella agarrando lo de la solapa de su camisa, mientras el agarró sus muñecas.

— No puedes hacer eso, es mi vida, soy un adulto, y no puedes meterte en mis decisiones. — Le contradijo Emir muy enojado.

— Pues para ser un adulto dejas mucho que desear, tu comportamiento es de un adolescente, por favor, recapacita, tus hijas te necesitan, ellas no tienen por qué pagar por los pecados de esa mala mujer, ven vamos a verla, están creciendo y son hermosas.

— No quiero verlas, tienen todo lo que necesitan, no creo que.— Ezra lo interrumpió.

— ¿Como puedes decir que tienen todo lo que necesitan, no tienen a su padre, y ellas necesitan tener a su padre, sentirse protegidas y sobretodo amadas por el.

Emir cerró los ojos ahogando esas lágrimas que querían salir del dolor que sentía en su alma, tanto tiempo sumergido en esa amargura que alguna vez creyó superar, y  que ahora vino a resurgir con la presencia de sus hijas tan parecidas a su madre, ese era un recordatorio a su dolor.

Aylín Dylara y Yara Elif estaban creciendo con el desamor absoluto de su madre y el rechazo de su padre, por el hecho de ser idénticas a su madre.

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