Un lobo solitario
Un lobo solitario
Por: Mony Ortiz
Capítulo 1

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Mi nombre es Liam, o al menos así me llaman las personas que me conocen, en realidad no sé cuál sea mi verdadero nombre, ni mi edad, ya que no sé en qué fecha nací, lo único que sé es que cuando tenía aproximadamente cuatro años, fui abandonado por mis padres sobre una autopista,  seguramente ellos ya sabían lo que me deparaba el destino y me dejaron allí por temor, o por terror, a lo que sería la vida de su hijo; supongo que pensaron que un auto me atropellaría y se librarían de mí,  yo no sé si les remuerde la conciencia o si en algún momento piensen en ese hijo que dejaron a su suerte; a pesar de haber estado muy pequeño, recuerdo muy bien sus rostros y nunca volví a verlos, los he buscado por las calles y hasta en las revistas, pero nada, supongo que se aseguraron dejarme muy lejos de ellos para que no los pudiera encontrar.

Afortunadamente mientras caminaba llorando sobre la autopista y al escuchar el fuerte sonido del claxon de un tráiler, que estuvo a punto de pasar sobre mí, los brazos de una mujer me acogieran y me salvaron la vida, aunque ahora ya no sé, si hubiera sido mejor que me dejara morir.

Esa buena mujer se llamaba Lea, supongo que por eso me llamaba Liam, al no saber mi nombre verdadero, Lea era una anciana que vivía debajo del puente de la autopista, no tenía nada para comer, pero tenía un gran corazón; todos los días ella se levantaba muy temprano y se iba a un crucero cercano, aprovechaba el tiempo del semáforo y limpiaba los parabrisas de los autos que se lo permitían a cambio de una moneda, a mí me dejaba atado a un poste, para evitar que me moviera y fuera atropellado por algún auto. Cuando tuve edad suficiente, me enseñó a leer usando algunos pedazos de papel periódico y revistas que encontraba en la b****a y fue entonces que descubrí que yo podía recordar todo lo que veía, hoy sé que se llama memoria fotográfica, aprendía todo lo que veía y no lo olvidaba nunca.

Yo no fui al colegio, pero Lea me mostró donde había una biblioteca y la encargada se llamaba Connie, era una buena mujer que todas las noches, tenía un plato de sopa caliente para nosotros.

Tenía alrededor de doce años cuando comencé a ir a la biblioteca todos los días, al principio Connie elegía para mí libros de cuentos infantiles y de aventuras, los leí todos y soñaba ser algún día como Tom Sawyer, después,  ella comenzó a hablarme de historia y lo hacía en una forma que me parecía una historieta maravillosa, comencé leyendo libros sobre la historia del país, este país que ni siquiera sé, si en realidad es el mío, pero es en el que vivo y es dónde se encuentra la mujer que aunque no me dio la vida había sido más, que una madre para mí.

Después de leer todos los libros de historia de Canadá, comencé a viajar por el mundo a través de la historia de tantos y tantos países y todo se quedaba grabado en mi mente, en ese momento era muy joven y todavía no sabía lo que podía llegar a hacer con ese don maravilloso de la memoria fotográfica; hasta que Connie la encargada de la biblioteca pensó que sería buena idea enseñarme matemáticas y así lo hizo, y descubrí que los números eran fascinantes, y yo leí todos los libros de matemáticas que encontré, entre más leía más aprendía, y entonces me di cuenta que a mis catorce años y sin haber pisado nunca un instituto, sabía mucho de historia y de matemáticas. Connie estaba impresionada, así que se le ocurrió que debía intentar leer libros de alguna materia importante, y me acercó libros de ingeniería, de arquitectura, e incluso, de medicina, para que yo tomara el que más fuera de mi agrado y leyera todo lo que pudiera.

A los dieciséis años ya había leído todos los libros de medicina que había en la biblioteca, era fascinante, pero necesitaba más y sobre todo necesitaba saber si todo lo que yo leía en los libros podía llevarlo a la práctica, no tenía un título universitario y nunca lo tendría porque ni siquiera tenía un acta de nacimiento, ni sabía cuándo o dónde había nacido, ni quienes habían sido mis padres, era un hijo de la calle.

Mis únicos amigos, eran dos perros callejeros que me seguían por todos lados, Connie la señora de la biblioteca que siempre me ayudaba para que pudiera aprender  y tal vez ser alguien en la vida y  por supuesto Lea que siempre me trató como una madre o como una abuela, anteponiendo mi bienestar al suyo, ya que muchas veces la vi fingir que comía, para darme la ración a mí, hasta que tuve edad para esquivar los autos y limpiar parabrisas junto con ella y de esa manera, juntar monedas suficientes para poder comer los dos, todos los días.

Estaba por cumplir los diecisiete años, o al menos eso era lo que yo creía, de acuerdo a la edad que se suponía que tenía cuando Lea me encontró, cuando mi pequeño mundo se derrumbó.

Lea enfermó y yo ya me había devorado todos los libros de medicina de la biblioteca, ella nunca se había quejado de ningún dolor, pero cuando la vi ahí tirada entre los cartones que usábamos cómo cobijas, pude darme cuenta de que se trataba de una enfermedad hepática, según los libros que yo había leído, todos los síntomas que ella presentaba coincidían. Recordé que había leído sobre los tratamientos y corrí a una farmacia con todas las monedas que tenía ahorradas, con la ilusión de algún día tener una casa de verdad y dejar de vivir bajo el puente,  quería que Lea dejara de preocuparse por trabajar y entonces yo le podría dar una mejor vida, pero nadie contrataba a un huérfano sin documentos, a pesar de que yo pudiera aprender todo que había en los libros, no tenía manera de demostrar mis conocimientos, porque ni siquiera me daban la oportunidad.

Cuando llegué a la farmacia y pedí los medicamentos que necesitaba para Lea, me los negaron, porque necesitaba una receta médica y entonces hice lo único que un chico de la calle como yo, podía hacer y los robé; fue fácil para mí someter al hombre mayor detrás del mostrador, tomé los medicamentos y le dejé el dinero sobre la vitrina, yo no quería robar, sólo quería comprar medicamentos, pero aun así él llamó a la policía, yo corrí con toda la fuerza que tenía en las piernas hasta el puente de la autopista dónde estaba  Lea pero cuando llegué, ella ya no se movía.

Sentí un gran dolor por no haber podido hacer nada por ella y fue entonces cuando todo pasó; ese dolor que sentía en el pecho, se fue extendiendo hacia todas mis extremidades, mis huesos comenzaron a estirarse y a fracturarse, fue el dolor más espantoso qué hubiera sentido en mi vida, mis extremidades crujían al quebrarse, miré mis manos y ya no eran humanas, eran las patas de algún tipo de animal, mi instinto me hizo sacudir el cuerpo de Lea, tratando de despertarla, pero mis manos tenían pelos y garras, por lo que solo conseguí destrozar su frágil cuerpo, en ese momento llegó la policía, quise hablar para defenderme pero sólo un aullido salió de mi boca, los policías me miraban aterrorizados, sus rostros reflejaban gran terror y comenzaron a dispararme, yo salí huyendo, no sabía lo que pasaba y corrí, me sorprendí al ver que debía hacerlo en cuatro patas, ya que no lograba mantenerme erguido por mucho tiempo,  me interné el bosque, hasta que llegue a un lago, estaba oscuro, pero la luz de la luna llena se reflejaba en el agua,  me acerqué a la orilla, temblando de miedo, me aterrorizaba comprobar lo que ya sabía, pude ver mi reflejo en el efecto espejo del agua, y yo, ya no era un hombre,  era un lobo.

Corrí por la montaña hasta quedar agotado, busqué refugio entre algunas rocas y me quedé profundamente dormido, pero un extraño sentido se había desarrollado en mí, aun dormido, escuchaba hasta el más mínimo ruido y mi olfato, me decía si había algún peligro.

Cuando desperté, lo primero que vi fueron mis manos, nuevamente humanas, tenía las ropas rasgadas y hacía frio, mis pies descalzos se congelaban al tocar la hierba helada.

Caminé montaña abajo, no sabía a dónde ir, no podía regresar a Matagami, seguramente la policía me buscaba no estaba seguro si los oficiales presenciaron mi transformación, pero recordaba perfectamente, el terror en sus ojos.

Debía encontrar la manera de saber dónde me encontraba, para caminar hacía Ontario, Ottawa o Quebec, necesitaba ropa y estaba muy hambriento, pero no sabía que tan peligroso podía ser para las personas, y qué tanto era capaz de dominar a la bestia salvaje en la que me convertí.

En la biblioteca, leí varias historias sobre hombres lobo, Alfas, omegas, mates, pero siempre pensé que solo eran fantasías, y ahora me encontraba aquí, en medio del bosque, no sabía por qué tenía ese poder de transformación que se había manifestado en mí, lo único que sabía era que no había una manada para protegerme, para orientarme, o incluso para humillarme como en esos libros fantásticos, yo simplemente era… Un lobo solitario

Después de horas de caminar, hasta sentir las plantas de mis pies totalmente laceradas, encontré una cabaña abandonada, tan sólo unos cuantos maderos viejos apilados, con una empalizada a manera de puerta, grité fuerte para saber si alguien vivía allí, pero no tuve respuesta, entré y dentro sólo había un catre viejo cubierto con la piel de algún animal, un oso tal vez, y kilos de polvo, una mesa y una vieja silla con la pata rota, se veía que ahí no había entrado nadie en muchos años, no había huellas de vida, ni de comida.

Me dejé caer sobre el catre, estaba exhausto, moría de hambre, dormí durante un rato, hasta que mi oído me alertó de un ruido dentro de la cabaña, abrí los ojos, y una liebre había quedado atorada entre los maderos viejos que hacían de pared, sentí pena por la indefensa criatura, pero era lo único comestible en ese lugar.

Después de comer me sentí mucho mejor, en un principio, tuve algo de asco, pero luego que lo probé, debo reconocer que nunca pensé que la carne cruda tuviera un sabor tan agradable.

Después de comer pensé que no debía precipitarme en llegar a la ciudad, tenía que estudiar a mi lobo interior, podía ser peligroso para las personas, y no sabía si podía controlar la metamorfosis.

Recordé que, en un libro de supervivencia, había leído como hacer una fogata, decidí reconstruir la cabaña, sería mi refugio hasta mi nuevo amigo y yo, nos conociéramos mejor […]

Rebeca

Mi madre abrió las cortinas para que la luz del sol entrara por la ventana, la noche anterior había ido a la casa de Roxanne, mi mejor amiga a su fiesta de cumpleaños y había bebido un poco de vodka, la cabeza me estaba matando y no era día de clases, pero mi madre solía castigarme de esa manera por haber excedido el límite de horario permitido y haber llegado con aliento alcohólico.

—Rebeca, sabes perfectamente lo que piensa tu padre de que bebas alcohol y si no quieres que se dé cuenta, levántate y dúchate para que bajes a desayunar, o no habrá campamento de fin de curso.

—¡Mamá, por favor apiádate de mí! Me duele la cabeza.

—En lo que te duchas te traigo un analgésico, y date prisa, tu padre no tarda en bajar.

No me quedó más remedio que obedecer, había amenazado con no dejarme ir al campamento de fin de curso y definitivamente no me lo podía perder, Ronnie Macgregor iba a estar allí y yo estaba dispuesta a conquistarlo por todos los medios posibles, iba hacer que me invitara al baile de graduación o dejaba de llamarme Rebeca Winslow.

Me duché y me tomé un analgésico antes de bajar a desayunar con mi padre, saldría de viaje por negocios, y por supuesto, esperaba que su familia lo despidiera.

—¡Buenos días mis mujeres hermosas! —solo estaré fuera dos semanas, así que no me extrañen mucho.

—Buenos días papito, no olvides transferirme dinero a mi cuenta, debo pagar el costo el campamento de fin de curso.

—Todavía no entiendo por qué debo pagar, para que te lleven a la montaña a dormir en una casa de campaña y para que te pierdas en el bosque para follar con algún patán que te dejará porque irá a la universidad más lejana del mundo en dos meses.

—¡Papá! — Me sonrojé al escuchar a mi padre hablar de follar.

—Princesa, hace dieciocho años cuando tu madre y yo teníamos tu edad, ese campamento funcionaba exactamente igual, ¿De dónde crees que saliste tú?

—¿Acaso no me trajo una cigüeña de parís? —bromee.

—Becca, tu padre y yo no nos espantamos de la sexualidad tan abierta que tienen los jóvenes de hoy, sabemos que en cualquier momento lo harás, si es que no lo hiciste ya, lo único que te pedimos, es que te cuides y que nos tengas confianza.

—Está bien mamá, no te preocupes, todavía no ha pasado, pero cuando lo haga, serás la primera en saberlo.

—Por mí te puedes tardar diecisiete años más.

—¿Dónde será el campamento este año?

—Iremos al Parque Nacional Pukaskwa, con suerte tendremos aurora boreal.

—Claro, para mayor romanticismo, ustedes quieren matar a sus padres, mejor me voy o me dejará el avión, no quiero seguir escuchando como mi niña, ya ha dejado de serlo.

Nos despedimos de mi padre, yo tenía la suerte de que mis padres eran muy jóvenes, se casaron apenas terminaron el bachillerato, porque se embarazaron de mí, pero ninguno de los dos tuvo miedo al compromiso y seguían siendo muy felices.

Llamé a Roxanne que todavía estaba en la cama, faltaban dos días para el campamento y teníamos que ir de compras, ni ella ni yo, éramos muy afectas al senderismo ni a ningún otro deporte extremo, así que debíamos elegir ropa adecuada para ese tipo de actividades, Ronnie, era el chico más guapo de la escuela y por supuesto amaba los deportes, así que yo debía verme acorde a la ocasión si quería que me mirara.

Recogí a Roxanne en su casa y fuimos al centro comercial, compramos todo lo necesario para el campamento, una casa de campaña para las dos y nos dieron un pequeño curso para aprender a montarla, no queríamos vernos como tontas frente a los demás, compramos sleeping bags, lámparas, cantimploras para llevar agua y por supuesto ropa acorde a la ocasión.

Mi padre solía quejarse de tener que darme dinero, pero en realidad era demasiado espléndido conmigo, era su única hija y decía que él trabajaba sólo para que a mí no me faltara nada.

Salíamos de la tienda de deportes y alpinismo, cuando Ronnie entraba, acompañado de su mejor amigo, Gerard, me miró directamente a los ojos y luego fijó su mirada en mi escote.

—Vamos Gerard no pensaba ir al campamento, pero tal vez encontremos cositas interesantes— me ruboricé porque sabía que se refería a mí, o al menos eso quería pensar, ya que se relamió los labios mirando a mis “niñas” […]

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