Acaricio sus muslos con una mano, y me inclino hasta que mi nariz toca su cuello, haciéndola estremecer.
— ¿Y si salimos unas horas de este sitio? –la propongo, y junto nuestras caderas sobre la ropa –. Pasaremos la noche en algún sitio no muy llamativo y saldremos de esta mierda unas horas.
—Me encantan tus ideas –jadea, desenredando las piernas de mi cuerpo y peinándose con los dedos.
—Ve a vestirte, buscaré algo en el móvil –la guiño un ojo, y me quito de encima de ella.
—Vale –susurra, entrando corriendo a la habitación.
La escucho abrir el armario y moverse por todo el suelo.
—Muy bien chicos, venid a firmar unos papeles- - -Nada más estar fuera de la capilla, con el certificado de que estamos casados y las fotos, abrazo a Isis, y hundo mi cabeza en su cuello.—Joder te quiero, nena, te quiero, te quiero, te quiero. No te vas a arrepentir de esto, lo prometo.Abraza mi cintura, ríe sin parar.—Te quiero mucho. Quiero que ya llegue mañana para que los demás lo sepan.Asiento pegado a ella, y bajo mi mano por su cuerpo hasta entrelazar nuestros dedos.Caminamos en silencio hasta el motel, y al pasar por delante de un bar logro ver la hora. ¡Las dos de la m
La hora pasa rápido, y cuando quiero darme cuenta ya estoy caminando hacia la cafetería con Elías a mi lado. Isis y Matt se han quedado a buscar a Pamela, y me han pedido que no los busque si no los veo, que quieren hablar de lo que pasa. A regañadientes he aceptado, y ahora me encuentro entrando en la cafetería casi vacía, con mi amigo a mi lado, y casi corriendo hacia la mesa más alejada de todas.Los primeros, después de nosotros, que entran en la cafetería son los otros cinco chicos del proyecto en el que todavía seguimos hasta que se acabe el curso. Se acercan a nosotros, y me fijo en que hay una pequeña chica pelirroja de gafas con ellos, más bien con uno rubio.—Hola –saludan, pero uno de pelo negro es el que lleva la voz principal cuando dice –: Marcos
Aparco delante de la comisaría, y un federal me está esperando junto al poste que anoche trepé con Elías.—Buenos días, Azael.—Buenos días.Me guía por comisaría hasta una sala de la segunda planta, dónde quince federales más están esperando con equipo sobre una larga mesa de madera.—Ya todos están preparados, así que te vamos a colocar un chaleco antibalas –me explica un agente –. Te pondrás la sudadera por encima de este.Me quito la sudadera, y con agilidad y prisa me coloco el chaleco y encima de nuevo la sudadera.— ¿Sabes usar una pis
Me pesa la cabeza, y me cuesta mucho abrir los ojos, pero lo consigo. No escucho nada, solo un ‹‹bip›› que producen las máquinas a las que estoy conectado. Todo es blanco, y me cuesta un poco enfocar las cosas y adaptarme a la luz. Me apaño a ver maquinaria del hospital, y las sábanas blancas del hospital. Me muevo costosamente, y un gran dolor se instala en mi hombro, que por lo que veo está vendado, no llevo camiseta, pero sí vaqueros. Tengo el torso vendado, y siento pequeñas tiritas en mi cara. No veo a nadie, estoy solo. Suspiro llenando mis pulmones de aire, y paso mi vista por toda la sala hasta dar con la ventana, está nevando. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?La puerta de la habitación se abre, y Elías abre los ojos al verme.— ¡Hermano