Abro mis ojos y la claridad de la habitación me obliga a cerrarlos de inmediato. Luego de adaptarme mejor, noto que estoy en una habitación blanca. En mi mano tengo insertada una intravenosa. Al observar a mi alrededor, mi mirada se detiene en el hombre sentado elegantemente en un asiento de cuero negro, mientras tecleaba con velocidad en un computador que tenía sobre su regazo. —Veo que ya has despertado —me dice sin levantar la mirada del computador, desconcertándome, ya que no esperaba que me hablara. —¿Qué le hiciste a Erick? —le pregunto, y de repente noto cómo su ceño se frunce y clava sus ojos furiosos en mí. —No ha pasado ni un minuto desde que despertaste y ya estás preguntando por ese hombre. ¿Tanto te interesa, Aslin? —me dice, haciendo énfasis en esto último. —No es que me interese, es solo que no deseo que personas que no están involucradas paguen por mi culpa —le respondo, encarándolo. —Sabes muy bien que siempre cumplo mis promesas. Si hubieras hecho caso a mis pa
En una carretera oscura y desolada, los gritos de un hombre se mezclaban con el sonido seco de los golpes. Tres guardias lo golpeaban sin piedad. —¿Acaso sabes de quién es esposa la mujer que besabas en ese club nocturno? —preguntó uno de los guardias con una sonrisa burlona. —No lo sé, ni me interesa. Todo lo que sé es que la amo profundamente —respondía el hombre entre jadeos, su voz reducida a un susurro. El guardia soltó una carcajada cruel antes de soltar otro golpe certero. —Pues debería interesarte, porque la mujer que besabas es la esposa de Alexander Líbano. Erick palideció al escuchar ese nombre. De inmediato, comprendió la magnitud de su error. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando el hombre sentado en la parte trasera de un lujoso BMW bajó el cristal. Con un simple chasquido de sus dedos, los guardias se detuvieron al instante. —No quiero verte cerca de mi mujer nunca más —dijo Alexander con frialdad—. Esta ofensa tendrá consecuencias. Me aseguraré de que, para maña
Al llegar a nuestro destino, Verónica me ayuda a salir del auto y me guía hacia su apartamento. No pierde el tiempo y de inmediato comienza a curar mi mano herida y la cortada en mi frente. —Aslin, esto se ve muy mal. ¿No prefieres ir al hospital? —pregunta con el ceño fruncido. —No, Vero, no te preocupes. En unos días sanará —respondo con amargura. —No puedo creer lo cruel que es Alexander. Cruzó por tu lado y simplemente te ignoró como si no te conociera en lo absoluto —dice, enojada. —Lo sé, pero ya estoy acostumbrada. Es increíble que, después de tres meses, me lo haya tenido que encontrar en una situación tan vergonzosa. Después de que Verónica termina de curarme, entro al baño y me doy una ducha. Al salir, ella me presta uno de sus vestidos. Me lo pongo y me acuesto en su cama para descansar un rato. Paso el resto de la tarde en casa de Verónica. Cuando miro la hora en mi teléfono, veo que ya son más de las siete de la noche, así que me levanto de la cama y me pongo los zap
—¡Alexander, por favor, tienes que creerme! ¡No lo hice! —le ruego hasta más no poder. —¿Por qué le creería a una mujer vulgar como tú, Aslin? —me dice con desprecio. De inmediato me toma por el brazo y me arrastra fuera de la habitación, lanzándome al piso sin ninguna piedad, a la vista de todos. —¡Guardias, sosténganla fuerte y no la dejen ir! —ordena con firmeza. Ellos vienen hacia mí y me capturan sin titubear. —¡No, Alexander! ¿Qué haces? ¡Por favor, haz que me suelten! ¡Soy inocente! —le grito, llorando a mares. —Vamos, llévenla al auto —ordena nuevamente, y los guardias me arrastran como si fuera una criminal. Al salir del hospital, me meten en una furgoneta mientras Alexander nos sigue de cerca. Me lanza al suelo con brusquedad, y mi cabeza choca contra uno de los asientos. Grito de dolor. Segundos después, siento cómo la furgoneta se pone en marcha. —¡Alexander, por favor! ¿Qué me vas a hacer? ¡Déjame ir, te lo juro, no le hice nada a tu madre! ¡Nunca sería capaz! ¡Te
Tres meses después... Mi cuerpo yacía recostado en una cama vieja dentro de una sucia celda. Mis lágrimas, desde hace mucho, se habían secado. Mi dolor y tormento se habían convertido en un grito silencioso. En mi mirada, el brillo se extinguió hace tiempo; solo era un muerto viviente. Vivía el día a día entre los barrotes de esta prisión como un alma vacía, sin sentimientos, sin emociones, sin felicidad. Me había perdido por completo entre las frías paredes de esta cárcel. El frío me calaba los huesos, pero lo que más dolía era la traición. Me abrazaba las rodillas, buscando consuelo en la soledad. Alexander, el hombre al que amé con toda mi alma, me había señalado como la asesina de la señora Zara. Recordaba el momento en que los policías me arrestaron, las esposas apretando mis muñecas mientras él, con ojos llenos de fingido dolor, afirmaba que me había visto hacerlo. Pero yo era inocente. Amaba a la anciana como a una madre. ¿Cómo podía haberle arrebatado la vida? Los días pa
Me encontraba en la entrada de la prisión con un pequeño bulto de ropa en mis manos. No podía creer que, después de tres meses, volvía a ver la luz del sol. Di unos pasos fuera y, a lo lejos, vi decenas de autos estacionados a un lado de la carretera. Supe de inmediato de quién se trataba. Apreté los puños mientras sentía cómo mis dientes rechinaban de ira. El mayordomo salió de uno de los autos y se acercó a mí. —Señora, es un placer volver a verla. El señor Líbano la espera en el auto. Permítame ayudarla con su equipaje —dijo amablemente. Asentí en silencio y caminé hasta el vehículo. Abrí la puerta del copiloto y subí, dejando claro que no tenía intención de sentarme junto a ese hombre cruel. Por el espejo retrovisor, vi cómo me dedicaba una mirada de muerte. Su respiración se agitó poco a poco al notar mi decisión, pero giré el rostro con indiferencia. Si creía que me importaba molestarlo, estaba muy equivocado. Esos días habían quedado atrás. El mayordomo tomó el volante y
Salgo del estudio de Alexander, azotando la puerta tras de mí. Giro por el pasillo hasta llegar a la puerta de mi habitación. Rápidamente tomo el pomo y la abro, viendo que todo seguía igual. Sin embargo, algo llama mi atención: mi ropa ha desaparecido. No había ni una sola prenda en el armario, ni mis diseños. Los busco desesperadamente en todos los cajones, pues eran lo único que realmente me importaba. Unos minutos después, veo a Mary entrar por la puerta con los ojos aguados. Se aproxima a mí y me da un fuerte abrazo. —Señora, al fin ha vuelto. Siento tanto lo que pasó… Sé que usted no es culpable de nada. No entiendo cómo pudieron culparla, usted sería incapaz de cometer una barbaridad así —me dice con voz temblorosa y lágrimas en los ojos. Nos separamos del abrazo, y yo le dedico una pequeña sonrisa. —Aprecio mucho que confíes en mí, Mary. En verdad, te lo agradezco. Ella observa la habitación con el ceño fruncido. —Lo siento tanto, señora, pero la señorita Arlette vino u
Siento cómo la ira y el asco me invaden por completo. Sin poder evitarlo, le estampo una cachetada con fuerza en el rostro. —Eres una escoria. Nunca vuelvas a intentar tocarme. Entiende que te odio y te desprecio con todo mi corazón —le grito. Alzo la mirada y veo a Arlette descendiendo por las escaleras. —Mírala a ella, Alexander. Es a quien debes decirle que cumpla con los deberes de una esposa, no a mí —digo con desprecio antes de darme la vuelta y salir por la puerta, dejándolo furioso en su sitio. Al salir de la mansión, veo un auto conocido aparcado a un lado de la carretera: un Ferrari rojo. De inmediato supe de quién se trataba. Erick Colleman. Me sorprendo bastante al verlo. Mi intención era regresar dentro de la mansión, pero mi plan se ve frustrado cuando él baja del auto y me mira. —Aslin, te estaba esperando. Supe que saliste de la cárcel. Por favor, ven conmigo —me dice con una cálida sonrisa. —Erick, me sorprende verte aquí —le digo, algo desorientada. La verdad, no