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La cama se sacudió bruscamente, y antes que pudiera comprender qué ocurría, el lobo me tumbó boca abajo y se tendió sobre mí, estrechándome entre sus brazos y mordisqueándome el cuello y el hombro.

—Dime que tienes la dichosa cinta aquí contigo —susurró agitado.

Todavía sobresaltada y medio dormida, me alcanzaron las luces para buscarla bajo mi almohada. Me la arrebató de la mano y se arrodilló a horcajadas sobre mi espalda para cubrirme los ojos. Tan pronto ató la cinta, me hizo volverme y se dejó caer sobre mí para besarme con tal ímpetu que por un momento me asustó.

—Tranquila, amor mío. Es sólo la luna —susurró en un acento cálido que pareció correr por mi piel, despertando mi cuerpo a su paso—. La luna y lo hermosa que te veías en el prado.

Apartó l

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