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XLVI Anhelos imborrables

Domingo por la tarde. Vlad se daba una ducha luego de su juego de golf con Evan. Debía haber estado muy aburrido como para finalmente acceder a ir y, como era golf, seguía aburrido. Le había ganado, por supuesto, pero era una victoria fría, insípida, intrascendente. Y, pese a su hastío, que no perdía oportunidad en verbalizar, Evan seguía insistiendo en invitarlo. A veces creía ver, bajo esa sonrisita socarrona, que ni él mismo se divertía, pero ahí estaban, caminando bajo el implacable sol para ir detrás de unas diminutas pelotas.

“¿Algún día te hartarás de invitarme?”, le preguntaba Vlad. “Tal vez”, le respondía él, “cuando deje de creer que existen los milagros”.

Milagro sería que lo dejara en paz de una vez por todas. Razones de sobra tenía su padre para pensar que pudiera haber algo entre ellos si, de un día para otro, el extraño chico se le había pegado como goma de mascar en la escuela. Y a Vlad ni siquiera le agradaba mucho. Ahora,