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XLI Los reflejos en el pozo

Todavía no eran las seis de la mañana cuando una mancha negra con franjas calipso se desplazaba por el monótono verdor del jardín de los Sarkovs. Era Samantha, corriendo. Los hábitos madrugadores de su jefe se le habían pegado en estos días que pasaron juntos y el ejercicio matinal la ayudaba a mantenerse de buen ánimo. Imaginó que él estaría duchándose o cepillándose sus perfectos dientes, o escribiendo quién sabía qué en su teléfono.

Se detuvo fuera de su ventana. La luz estaba apagada, tal vez se había vuelto a meter a la cama. Siguió corriendo, dándole algo de color a ese jardín carente de flores. Y en una casa, en una familia donde las flores estaban prohibidas, su jefe se había tatuado el nombre de una. Violeta debía decir el tatuaje. La otra palabra era demasiado excéntrica hasta para alguien como él.

Su corrida la llevó a la pérgola, oscura y silenciosa. Descansó apoyando las manos en el borde del pozo. El aire frío entraba violent