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Capítulo 5

Meg sonrió con alegría en cuanto divisó la casa de sus padres en la distancia. Inicialmente había pensado que no sería capaz de llegar con el estado en el que se encontraba la carretera, pero finalmente, con mucho cuidado, y circulando muy lentamente, había conseguido atravesar la autovía, y desviarse en el carril de acceso que llevaba al lugar donde vivían sus progenitores.

En cuanto estuvo un poco más cerca, se dio cuenta de que su madre estaba ya en la puerta, haciendo visera con la mano, y vestida con una cazadora acolchada que la cubría de arriba a abajo. Su madre debió de verla casi a la vez, porque comenzó a avanzar por el estrecho pasillo que habían liberado para acceder a la casa, y en pocos minutos estuvieron en el mismo punto.

Meg abrió la puerta de su furgoneta, y sintió el azote del frío, y la ventisca.

- Mamá, aquí tengo las pastillas.- dijo tendiéndole una bolsita de cartón con letras azules.

- Muchas gracias, cariño, menos mal que has podido venir, estaba realmente preocupada por tu padre.

- Yo también me alegro de estar aquí, pero lo cierto es que debería emprender el regreso.

- Meg, no puedes irte con este tiempo, tendrás un accidente, quédate a pasar la noche, y mañana temprano ya emprendes el regreso, ¿te parece?

Meg la miró atónita, tanto su madre como ella sabían que no sería bien recibida en aquella casa, pues su padre le negaba la palabra desde hacía cinco años; aún así, optó por no disgustar más a la mujer que le había dado la vida, y buscó otra cosa que pudiera ser creíble para su madre.

- No puedo, mamá, Ben está en casa de mi vecina, y ya bastante ha hecho quedándose con él tantas horas, no puedo obligarla a que lo cuide también durante la noche.

Después de un par de minutos de discusión, su madre le tendió una bolsa nevera, igual que las que usaban para salir al campo a hacer picnics cuando ella era pequeña, y le suplicó que tuviera mucho cuidado en el viaje de vuelta.

Meg supuso que su madre se había sentido aliviada con su decisión de no quedarse allí a pasar la noche, pues la situación hubiera sido muy incómoda para todos, pero no dijo nada, y simplemente se alegro de haberla visto, se despidió con un beso rápido, y emprendió el camino de regreso muy lentamente.

Estaba segura de que en cuanto abandonara el camino de acceso al pequeño pueblo en que vivían sus padres, y se incorporara a la autopista, todo estaría solucionado, pues a esas alturas,  las máquinas quitanieves ya debían de estar circulando, y por tanto, habrían despejado ya la carretera.

Tardó casi media hora en encontrar el desvió que buscaba, y cuando lo hizo, toda su positividad se hundió, la autopista estaba completamente cubierta de nieve, y aunque algunos coches si que circulaban por ella, la velocidad era lentísima, por lo que sabía que tardaría al menos dos horas en estar de nuevo en su confortable sillón, cubierta con una manta, y cenando pizza con Ben. Aprovechando la circulación tan lenta que estaban sufriendo, llamó a Emma, su vecina, y le explicó cual era la situación del camino, y que tardaría más de lo previsto en llegar. Ella le dijo que no había ningún problema, y que si veía que la situación se complicaba, podía regresar a casa de sus padres, y volver a la ciudad al día siguiente; y a punto estuvo de hacerlo, pero cuando ya había tomado la determinación de pasar la noche en la casa de su infancia, escuchó la dulce voz de Ben preguntando por detrás si su mamá había comprado ya los ingredientes para la pizza que cenarían esa noche; y aunque era una locura, y ella lo sabía, reinició la marcha, y tomó la determinación de llegar a su casa, incluso aunque tuviera que conducir en medio de esa ventisca durante dos horas. No quería defraudar a su hijo una vez más, y esa era su noche de pizza, siempre cenaban pizza, veían una película de dibujos animados, y al final el pobre Ben caía dormido de agotamiento, y Meg lo llevaba en brazos a la cama. Así que se prometió a si misma que seguiría circulando, y llegaría a tiempo para hacer la compra en el supermercado.

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