Buenovel

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3. La presentación

Caminar por los jardines siempre ponía de buen humor a Eugenia. Observar los vibrantes colores de las rosas y el aroma que desprendían a su paso era simplemente fascinante. Era una enemiga acérrima de la jardinería y se negaba en rotundo a plantar, aunque sea un cardo, ya que todo lo que intento plantar en el pasado pereció provocando las burlas y chistes de parte de sus amigas y hermano. Pero con admirar y disfrutar de su belleza no hacía daño a nadie.

No tuvo un buen descanso durante la noche, debido a un presentimiento un tanto extraño puesto que no podía decidir si era bueno o malo. No se sentía en peligro, posiblemente algo bueno le iba a suceder y se estaba preocupando de más yéndose a un extremo fatalista.

«Bueno, mejor dejar de llamar mal augurios y concentrarse en el presente». Su presentación de la noche anterior en el pianoforte de la canción Jessie the flower of Dunblane de Robert Burns, fue bastante aplaudida por los invitados de Cecily, aunque la misma y Megan desaparecieron a mitad de la melodía para atender a dos nuevos invitados, un par de ingleses de los que todo el mundo estaba hablando. Megan estaba extasiada con el acontecimiento, pero Cecily se veía incomoda, incluso podría decir que estaba a punto de perder los nervios. A lo mejor estaba cansada, preparar un evento de la magnitud que esperaba no era tan fácil.

¿Quiénes serían esos nuevos invitados? 

Le gustaría que fuera su caballero misterioso, incluso intentaría que le solicitara un baile, al menos una cuadrilla.

Tenía bastante tiempo caminando, por lo que se dispuso a sentarse en el primer banco que encontró tratando de relajarse entre tanta belleza natural. Aparte de la tierra húmeda y su singular olor, ni siquiera parecía que una tormenta había azotado el valle el día anterior.

Tenía dos minutos de estar sentada cuando escuchó voces cerca de donde ella se encontraba. Decidió pararse para saludar a los nuevos paseantes. Volteándose con una sonrisa en los labios que pareció congelarse, pues se quedó estupefacta y ninguna palabra se atrevió a salir de su boca. 

¡Era él! ¡Era él! Su caballero misterioso existía. Y venía acompañando en su caminata nada más, y nada menos que a la abuela cascarrabias de Megan, lady Agatha Russell, condesa viuda de Mounthbatten.

—Buenos días, Eugenia —saludó la anciana—. Milord, permítame presentarle a lady Eugenia Simpson, la hermana pequeña del vizconde Ashcroft, Graham Simpson.

—Un gusto conocerle, milady, Andrew Scott, marqués de Wellingham a sus pies. —Se presentó el marqués sin quitarle la mirada de encima, mientras hacía una pequeña reverencia.

No queriendo parecer una debutante recién salida del aula respondió: 

—Un gusto conocerle. 

Hizo una reverencia ella también.

No dando crédito a lo que veían sus ojos, Eugenia lo observó con pericia. Tenía unos hermosos ojos azules, era alto, aunque no tanto como Graham, 1.85 mts. tal vez, cuerpo atlético, cabello negro azabache, caderas estrechas, no más de treinta años. 

Estaba tan ensimismada buscando hasta el detalle más mínimo, que no prestó atención a lo que lady Agatha decía.

—Lo siento, lady Agatha, ¿podría repetirme lo que dijo? —preguntó ella, queriendo darse un golpe por haber estado comiéndose al marqués con la mirada.

—Le preguntaba, si va a volver pronto a la casa o quiere acompañarnos en la caminata, estaba por enseñarle los establos a lord Wellingham. 

—Eso estaría perfecto. Por supuesto que me gustaría acompañarlos. 

Empezaron a caminar en un cómodo silencio, que la viuda rompió señalándole lugares y cosas al marqués, como si esa fuera su propia casa. De vez en cuando Eugenia volvía la vista hacia él, solo para darse cuenta que él también le observaba. Definitivamente debía conseguir que le solicitara un baile en la mascarada de la noche siguiente.

—Al parecer muchos invitados llegarán el día de hoy —dijo lady Mounthbatten señalando un par de carruajes que iban llegando en ese momento. 

—Les habrá tomado por sorpresa la tormenta y tuvieron que parar en algún lugar a resguardarse al igual que a lord Brice y yo —respondió él marqués, sin dejar de ver a Eugenia. 

¿Qué esperaba?, ¿que se sonrojara con sus miradas fortuitas? 

Ella no era una novata, ya tenía siete años en el mercado matrimonial, sabía perfectamente cómo lidiar con los encantos de los caballeros.

—¿Y cuáles han sido sus impresiones de Escocia, Wellingham? —preguntó la anciana.

—Siempre me ha gustado Escocia, el calor de su gente y las atenciones que me han brindado me dejan satisfecho, y con ganas de quedarme toda la temporada. Incluso mi amigo y yo nos quedaremos a la mascarada que lady McDonald dará el día de mañana. 

—Espero su ayuda de cámara traiga entre sus pertenencias algo que pueda usar como disfraz. O puede acercarse al pueblo, tal vez no encuentre algo tan sofisticado, pero si algo que pueda servir.

—No se preocupe por mí lady Russell, algo se le ocurriría a Giovanni. Así que no tema, no avergonzaré a sus sensibles ojos con una vestimenta poco adecuada —respondió, sacándole una risa sincera tanto a la anciana de lengua afilada como a lady Eugenia, quién debía admitir que tenía risa bonita.

Casi llegaban a los establos, cuando se encontraron a Fergus, quien le lanzó una sonrisa mientras se acercaba. Nadie se percató que el humor del marqués cambió súbitamente.

—Buenos días, Wellingham, miladies. 

—Hola, muchacho, ¿Qué tal el paseo? 

—Bastante bien, muchas gracias, los campos son un lugar perfecto para una buena cabalgata. Ahora mismo me dirijo a la sala de desayuno, un paseo tan temprano me abrió el apetito.

—Creo que te acompañaré. Salí a caminar sin pasar por allí y también me abrió el apetito. Podemos ir juntos. ¿Ustedes ya desayunaron? —inquirió Eugenia.

—Nosotros nos encontramos en la sala de desayuno. Terminaremos nuestro paseo acá y luego los veremos por allí —contestó por ambos lady Mounthbatten.

—Entonces nos veremos después. Con su permiso.

—Eso no lo dude —espetó el marqués con una sonrisa malvada, mientras rosaba sus labios en los dedos de Eugenia, provocándole un escalofrío de pies a cabeza. Incluso mientras avanzaba hacia la casa podía sentir que él seguía observando sus pasos.

De más está decir que no prestó la más mínima atención a la diatriba de Fergus sobre caballos y lo hermosa que era la propiedad de Cecily.

Su mente estaba más allá. Estaba con el marqués de Wellingham. 

¿Quién lo diría? 

El primer hombre que lograba llamar su atención y se trataba nada más y nada menos que de un marqués. Esta noche se aseguraría de verse hermosa, quizás y con suerte durante la cena le tocaba sentarse cerca de él y podía conocerle un poquito más. 

Decidió en ese preciso momento que ese hombre sería suyo.

Pasó el resto del día ayudando a Cecily a terminar los últimos detalles de la fiesta, y terminó rendida tomando una siesta antes de la cena. Eugenia no sé percató de que se le hacía tarde para bajar a cenar y se arregló lo mejor que pudo, pidió a su doncella que le arreglara el cabello de una manera hermosa, pero que no tomara mucho tiempo, claro está. 

No sabía el tipo de brujería que usó Jane para dejar su cabellera de rizos rebeldes impecable en tan poco tiempo, pero estaba bastante satisfecha con el resultado. 

Andrew se durmió un rato, y fue sólo cuando Giovanni, su ayuda de cámara, lo despertó para la cena que se dio cuenta de lo tarde que era. Se vistió velozmente y escuchó el sonido del gong de la cena en las profundidades de la casa.

Una vez listo abandonó la habitación y caminó rápidamente por el pasillo, esperando la noche que se avecinaba. 

 Jugueteó con su chaleco y no escuchó la puerta de otra habitación abrirse ni vio a la mujer que se abalanzó sobre él con una fuerza que lo hizo tambalearse. Instintivamente, extendió los brazos para evitar que ella cayera. No funcionó, ella lo empujó hacia atrás, y ambos terminaron en el piso, el delicioso y flexible cuerpo de lady Eugenia encontró su hogar encima del suyo. 

 —¿Tiene prisa por cenar, señorita Simpson? 

Ella se apartó de él con los ojos muy abiertos por el horror. 

 —Me disculpo, milord. 

Eugenia se puso de pie, ajustándose el vestido, que él acababa de notar y el color trepó por sus mejillas. 

Esa noche Eugenia optó por vestirse de un rojo satinado y profundo, sus labios brillaban con un toque de colorete y comprendía que para un marqués su aspecto podría ser demasiado… inapropiado; no obstante, eso a ella le importaba poco, porque su intención era justamente llamar su atención e impedir que sus ojos quisieran desprenderse de su cuerpo. 

Andrew sintió como el aliento en sus pulmones se detuvo y por un momento simplemente la miró fijamente. Sabía que tenía mechones rojos, pero esta noche, enrollados en lo alto de su cabeza, sus feroces ojos verdes y su vestido la hacían parecer la chica escocesa más deliciosa que jamás había visto. 

 «Maldita sea, ella definitivamente es hermosa». 

 —Debería haber estado observando por dónde iba. Normalmente soy bastante puntual y cuando escuché el gong de la cena, y no estaba ya abajo, me apresuré. Lamento no sólo tropezarme con usted, sino… 

 Andrew hizo a un lado sus preocupaciones mientras se limpiaba el polvo de la ropa. 

—Fue mi culpa, debería haber estado prestando atención a mis pasos en lugar de ajustar mi chaleco. 

Ella se sonrojó graciosamente, pero asintió. 

—Por supuesto, ¿entonces bajamos las escaleras juntos?  

 —Sera un placer.  

Su corta caminata hasta el comedor no fue lo suficientemente larga. Ahora que estaba con ella, no quería separarse ni compartir su tiempo con otras personas. Su cortejo requería que él estuviera con ella, preferiblemente a solas, o al menos separados de los demás invitados. 

¿De qué otra manera podría hacer que se enamora de él? 

 Para cuando entraron al comedor, los otros invitados estaban tomando asiento. Andrew llevó a lady Eugenia a su silla, dedicándole una pequeña sonrisa antes de pasar al lugar donde la anfitriona lo había colocado, que afortunadamente estaba directamente a su lado. 

 —Qué suerte para nosotros que seamos compañeros de cena. 

Andrew se sentó, colocando una servilleta sobre su rodilla. 

 Eugenia sonrió de acuerdo. 

—¿Cómo se sienten usted y su amigo en Edimburgo, milord? ¿Están disfrutando de nuestra temporada aquí en Escocia? 

 —Yo lo hago, demasiado de hecho, y ahora mismo es gracias a usted. —Andrew sostuvo su mirada por más tiempo del que debería y se alegró de verla sonrojarse—. Oh, sí, ella no era inmune a su coqueteo. En definitiva, no sería una tarea difícil ganar su mano y su casa al mismo tiempo.  

—¿Gracias a mí?, estoy empezando a creer que coquetea conmigo milord. 

—¿Qué pensaría usted de mi si así fuera? 

—Pensaría que es un libertino sin remedio. 

Andrew sonrió ante la perspicacia de la pelirroja y cambio de tema —Según tengo entendido, usted es ahora la dueña de Greelane. 

—Lo soy —respondió Eugenia sin agregar nada más. Su hermano se lo había regalado al cumplir veinticuatro años. Había querido que tuviera un hogar cerca de él. Su hermano era definitivamente el mejor pariente que uno pudiera pedir. Tal vez no el mejor marido, pero como hermano era perfecto. 

—Eso ahora, es algo interesante.

—¿De qué manera seria eso interesante conmigo, milord? 

—Porque eso nos convierte en vecinos. Puesto que soy el dueño de Holdstoke Manor.  

Ella lo miró fijamente inexpresiva por un momento, sin saber que decir a eso. Si lord Welllingham era un Holdstoke, estaría más cerca de ella que su propio hermano en Simpson Castle.

—No sabía que había heredado. 

El dolor cruzo por el rostro de él, y la luz burlona de sus ojos se atenuó. —Heredé la propiedad después de que mi hermano falleciera dos años atrás. No debería ser el marqués de Wellingham, ya ve.

—Lamento su pérdida —dijo extendiendo la mano y tocando su brazo—. En el momento que lo hizo se dio cuenta del error cometido, la conmoción recorrió toda su piel, como un rayo de algún tipo que nunca había experimentado. Se sentó más erguida, rompiendo su agarre. 

—Gracias. Mi hermano era un buen hombre, gobernado por vicios que otros buscaban en su beneficio —escupió casi con desprecio. 

Su señoría pareció deshacerse rápidamente de su melancolía y se volvió, mirándola intensamente. Tenía los ojos oscuros, casi grises, de un azul tormentoso. Era un hombre guapo, y él sabía muy bien ese hecho. 

—Pero no hablemos de mi hermano, mejor centrémonos en el presente.  

—Si ha heredado Holdstoke Manor, nos veremos seguido entonces —inquirió Eugenia sorbiendo de su vaso de agua. 

—He viajado desde Inglaterra, Lady Eugenia. Tengo la intención de verla todo lo que pueda.  

—Y yo estaré encantada de que me vea, milord. 

Eugenia centró su atención en la sopa de col rizada, rica en color y el olor a verduras y caldo que tenía ante sí, y se preguntó por qué lord Wellingham diría algo tan inapropiado. Disfrutaba de su compañía, eso estaba muy bien, pero no debería habérselo dicho de una manera tan directa. ¿Qué le pasaba al hombre? Sólo se habían visto dos veces, tres si contaban el baile en el que se conocieron unas noches atrás.

 Si bien a ella no le importaba su compañía, también debía mostrarse cautelosa. Su atención particular no tenía sentido. Tenía a cuestas siete temporadas desastrosas, tal vez su suerte había cambiado en el último año y finalmente encontraría la felicidad. Por otra parte, el hombre era el pecado en persona. Se le hacía extraño todo esto.

 Ella lo estudió detalladamente, y su estómago se revolvió de todos modos. Era tremendamente guapo. No sería una sorpresa que las mujeres acudieran en masa a él, que todo Edimburgo se agitara con su presencia en la ciudad este año. 

 —Estoy muy decepcionado de no haberle hablado el otro día en el baile de los Bowie, señorita Simpson —susurró el marqués, sacándola de su letargo.

—Yo también quede decepcionada de que no nos presentaran, he de decir. Aunque para ese momento mi tarjeta baile ya estaba llena. 

 —Prométame en la mascarada de mañana por la noche me guardará el vals. 

 —Por supuesto, si eso es lo que desea. No me han pedido que guarde ningún baile todavía, así que escribiré su nombre en mi tarjeta de baile cuando me retire por la noche.  

Eugenia volvió a su comida. Si se concentraba en la sopa, el hombre a su lado seguramente sería menos divertido. La idea de que él pudiera estar interesado en ella no era algo que hubiera considerado antes. Había tenido una temporada horrible en Londres pues su cabello rojo y sus modales un poco toscos en comparación a las rosas inglesas le hicieron creer que no era merecedora de un buen partido. Pero eso era cosa del pasado, con un poquito de esfuerzo podría conseguir a este marqués.

No podía asegurar que se iba a casar con él después de verlo tres veces. Pero su señoría parecía genuino en su enfoque en ella. Y eso era una diversión bienvenida. Un cambio agradable con respecto a cómo habían pasado sus anteriores temporadas. 

El golpeteo de un vaso le saco de sus pensamientos y volviendo la mirada hacia arriba observó al desagradable padre de Cecily, el conde de Aberdeen, de pie a la cabecera de la mesa. Era un caballero de aspecto duro y conocido por su severidad hacia los demás. —Damas y caballeros, bienvenidos a McDonald Castle. Mi hija y yo esperamos que su estadía aquí sea agradable y memorable también. 

Para nadie paso desapercibido la mirada de desaprobación hacia su hija y los dos no invitados londinenses. 

—Cecily. —El conde hizo un gesto a su hija—. ¿Deseas agregar algo más? 

Poniéndose de pie. Ella añadió: —Espero que todos tengan una estadía maravillosa. Cecily se sentó y sonrió a la mayoría de los invitados.   

Todos los invitados levantaron sus copas y brindaron por el discurso de los anfitriones. 

—Por los misterios de los bailes de máscaras, señorita Simpson —dijo Andrew, golpeando su copa contra la de ella. 

—Por supuesto —respondió ella, manteniendo fija su mirada en la del marqués que la miraba como si quisiera devorarla, tal como un zorro que ve un conejo. 

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