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Capítulo 2: Asombrosa.

Dieciocho años no era más que un número estúpido en mi vida. Un número que me limitaba a hacer lo que yo quería hacer en el momento en que deseara hacerlo. Me molestaba que las personas quisieran siempre decirme cómo hacer las cosas, esas que a mí me parecían una tontería y para los demás no eran más que detalles importantísimos en la vida de un adulto.

Las personas siempre encuentran cómo intervenir en tu vida y cómo hacer que tu decidas las cosas que ellos quieren, los manipuladores, personas con un alto coeficiente intelectual que logran siempre, a su conveniencia, hacer que tú hagas lo que ellos quieren.

Puedo decir que mi padre es uno de estos. A mis dieciocho años poco recuerdo yo de haber tenido un padre en algún momento. Él se fue cuando yo era demasiado pequeña y ahora desde hace unos pocos días ha regresado como si él fuese el amo y señor de nuestra familia, como si nunca se hubiese marchado, como si no hubiese abandonado a su esposa y tres hijas una de estas recién nacidas, y la otra, con apenas dos años de edad, demasiado pequeñas para entender lo que sucedía a su alrededor, en su familia, en su mundo.

¿Qué demonios esperaba recibir?  ¿una fiesta de bienvenida? ¿Un hogar lleno de amor para él, dispuesto a abrazarle en cualquier momento cuando lo necesitara o requiriera?

¡Iba de coña!

No estoy para estos juegos, hace tiempo que maduré, porque era una necesidad, porque era imperativo colaborarle a mi hermana mayor y a mi madre con las tareas del hogar. Hace tiempo que dejé de ser una niña, pero al parecer ante los ojos de mi hermana y mi madre, e incluso de otras personas a nuestro alrededor, seguiré siendo la misma chiquilla que usaba coletas y que estaba llena de pecas en sus mejillas.

No sé en qué momento comenzarán a verme como la mujer en la que me he convertido, esa que, obligada por las necesidades de la vida, tuvo que aprender a valerse por sí misma desde muy joven. Si, es cierto, jamás he trabajado. Nunca he tenido la obligación de conseguir un empleo. Mi hermana mayor no me lo ha permitido. Es demasiado autosuficiente, es demasiado enérgica e implacable cuando decide hacer algo. Ella se encargó de ayudar a mi madre cuando mi papá se marchó, con apenas seis años, Vicky Román supo que debía ayudar a su madre para pasar el dolor que había dejado la pérdida de su marido.

Él no sabe lo que logró con mi hermana, él no tiene idea de lo que hizo a mi hermana su partida. Lo que nos hizo a todas.

Y ahora, con su rostro bien fresco, viene a decirnos que estuvo enfermo todo este tiempo y que tan solo pensaba que nosotros no íbamos a aceptarlo así, una estupidez, una barbaridad siquiera pensarlo, considerarlo que su esposa y sus hijas no iban a quererlo.

Pasó una década. Pasaron más años y él no dio señales de vida. No llamó, no buscó. No intentó encontrar la forma de regresar con su familia, se marchó como si se hubiese largado a la Patagonia, como si nunca hubiésemos formado parte de su vida.

¿Qué demonios pasó por la cabeza de mi padre cuando él tomó esta decisión?

¿En qué diablos estaba pensando cuando decidió que largarse era la mejor alternativa para su situación?

Miro mi reflejo en el espejo, llevo unos pantalones cortos, un poco holgados, pero que definen bastante en mi figura. Una blusa de tirantes finos de color beige que deja casi al entrever mis pezones, pues no estoy utilizando sostén esta mañana. Mi cabello rubio está desparramado cayendo en mi espalda. Odio tener el cabello rubio, odio que las personas me cataloguen como una estúpida rubia Barbie que no sabe qué hacer con su vida y que lo único que busca es ser mantenida por un millonario.

Sí, me gustan los lujos, me gustan las cosas costosas. Me gusta vestir bien y andar cómoda, pero también me gusta mi familia, me gustan las cosas acogedoras, pero sin tanta pretensión.

Aunque de adolescente fui bastante frívola, la verdad es que al cumplir la mayoría de edad me di cuenta que esa frialdad y frivolidad no me iba a llevar a ningún lado. En el momento en que cambia de carrera, lo hice a conciencia, me cambié para estudiar la carrera de Psicología porque admiro a mi hermana, admiro su valor y, como ella se desvive por ayudar a los demás, como pone primero a los demás antes que ella misma. Admiro esa facultad porque yo no la tengo, no la poseo. Deseo ayudar a los demás, deseo ayudar a las personas que me necesiten, y soy una excelente mujer dando consejos.

Sí, soy bastante madura para los dieciocho años que tengo, no necesito que nadie me lo diga para entenderlo.

Pero por alguna razón que aborrezco, necesito la aprobación de los demás. Aunque me sienta capaz de conquistar el mundo, presiento que no lo lograré si las personas a mi alrededor no me creen capaz.

 Mis ojos son de un color gris, un poco más oscuros que los de mi hermana Vicky. Mi cabello es rubio y ligeramente ondulado y por decir ligeramente me refiero a malditamente ondulado. Es un infierno intentar peinarlo. Es por esto por lo que, mirándome en el espejo y con la tintura del supermercado en un bowl, decido que finalmente es el momento de hacer un cambio radical.

No quiero seguir siendo la niña inocente ante los ojos de los demás. No quiero seguir siendo la rubia plástica que todos creen que soy. Si es necesario un cambio de look para poder hacer entender a las personas a mi alrededor que he dejado de ser una niña, una chiquilla insolente y respondona, pues es el momento de hacer este cambio.

Mi hermana tiene su fiesta de compromiso esta noche, así que lo primero que debo de hacer es estar bastante presentable, pues allí va a ir un hombre que me trae loca, que no sé cómo demonios ha logrado meterse en mi corazón y mi mente. Estoy completamente perdida, atraída por él. Me atrae de una forma que jamás ningún hombre de mi edad lo había hecho. Ninguno de esos chiquillos molestosos que lo único que quieren es hundirse en mí, follar conmigo y hacerme sentir que soy especial por escasos cinco minutos. Pero Timotheo, en cambio, no ha querido hacerme sentir especial. Él se comporta completamente rígido y frígido a mi lado.

Como si le molestara mi presencia, como si no quisiera complacerme en nada, como si lo único que me viera es como una adolescente que apenas está comenzando a vivir y es la verdad, apenas comienzo a vivir, pero demonios, él me gusta, me atrae, me gusta ver cómo se sonroja cuando lo noto mirándome.

Yo no soy invisible para él.

Lo sé, lo veo en sus ojos verdes. Él sabe que existo, sabe que estoy ahí y en cierto modo, por eso le hago tantos comentarios insolentes, por eso me comporto tan impulsiva como lo hago, porque necesito quitar esa fachada de niño bueno, esa fachada de hombre que piensa todo antes de hacer las cosas.

De esa manera no se vive, tan solo se sobrevive, y él, con todo el dinero y las posibilidades que tiene, no debería de estar pasando la vida para sobrevivir. Debería de comenzar a vivirla.

Aun así, aunque yo no sea la mujer que va a sacarle esos pensamientos tan arraigados de su cabeza a ese rubio insoportable, me decido por cambiar el color de mi cabello para comenzar a que me noten como una mujer de dieciocho años y no como una adolescente.

Dos horas después estoy complacida con mi cambio, yo misma he tomado las tijeras y me he cortado el pelo a un poquito más largo y que caiga pasando los hombros. Los rizos se han ido, me lo he planchado hasta el extremo y ha quedado un trabajo excepcional. Quizás debería de comenzar a pensar en cambiar de carrera nuevamente para peluquería.

Me río ante mi propio pensamiento y decido que es tiempo de vestirme.

***

—Un jugo de naranja, por favor. —Le pido al bartender mientras me siento en uno de los taburetes que está frente a la barra que la suegra de mi hermana ha preparado.

 Esa mujer es intensa, se ha mudado prácticamente al nuevo apartamento, se ha encargado de toda la decoración, de trabajar con la pelinegra e insoportable de Priscila. Ahora resulta que todos están emparentados. Tan solo falta que alguien más llegue diciendo que es hermano de nosotras, que llegue un desconocido a nuestra familia y diga que es el hermano perdido, que jamás nos enteramos de que teníamos.

No puedo decir que me molesta estar en la fiesta, tampoco puedo decir que no quería venir, la verdad es que sí, pero solo con un propósito: ver a Timotheo.

No sé por qué, pero quiero que me vea, quiero que note el cambio de look que me he hecho. Quiero que observe cada detalle en mí.

Comienzo a tomarme el jugo de naranja en el instante en que el bartender pone el vaso frente a mí.

He visto llegar a Timotheo hace unos minutos, pero se fue directo al balcón y después de allí no salió más, no hasta que mi hermana y su novio comenzaron a dar el discurso para agradecerle a todas las personas que estaban allí.

Noté la preocupación en los ojos de mi nuevo cuñado, está preocupado por algo que Timoteo le dijo, no he perdido visto alguna en los movimientos de ellos, no he perdido el ojo a mirarlos porque me da curiosidad saber de qué hablaba. Me da curiosidad saber qué pasa por la cabeza de este rubio frío.

Sin quererlo me he propuesto desatar el demonio que todos los humanos llevamos dentro, pero he decidido hacerlo exactamente en el rubio que ahora está acercándose a mí, lo veo de reojo, giro el rostro para que no se dé cuenta que soy yo.

Amo las sorpresas. Más aún cuando soy yo quien se las da a otros.

Escucho, como él, con su voz profunda y seductora, le pide al bartender un trago llamado Tom Collins.

Me quedo allí mirando para el lado contrario, con el cabello cayendo paralelo a mi mejilla derecha, cubriéndome para evitar que Timotheo Hossen me vea.

Hasta el universo conspira a mi favor esta noche.

Sonrío en mi interior y me muerdo el labio inferior para contener mi lengua.

Talvez si sabe que eres tu. dice la voz en mi cabeza. — a lo mejor solo no desea hablarte.

Me niego a dejarme llevar por el crudo pensamiento de la fatalidad. No seré pesimista. No esta noche. No cuando mas deseo que el me note.

¿Hacer algo así por un hombre?

¿Cambiar mi apariencia por él?

¿Qué clase de mujer independiente y fuerte soy?

Una que está harta de ser la apacible.

Una que quiere disfrutar.

Y presiento que Timotheo Hossen puede darme eso y mucho más.

Es probable que él sepa que soy yo, y contrario al motivo inicial por el que vine, aparte de celebrar con mi hermana su futura unión, me decido a disfrutar la noche.

No dejaré que ese hombre insoportable me la arruine.

— ¿Quieres bailar? — casi suelto un grito al escuchar su voz.

Le miro de inmediato para confirmar que ha hablado conmigo.

No hay nadie más.

Solo él y yo estamos sentados en la barra.

Los demás charlan y ni se enteran de los nervios que me han entrado.

—¿Contigo? —  Pregunto con tono sorprendido. No puedo creer que esto sea lo primero que salga de su boca esta noche. —¡Vale! ¡Estoy harta de estar sentada!

Me levanto de inmediato de la butaca y le observo.

Tiene los ojos verdes mas bellos que he visto jamás.

¿Por qué este hombre tenia que ser tan condenadamente hermoso?

—Pero…— dice frunciendo el ceño.

—¿Qué pasa, Timotheo? — no puedo creer que ya se esté arrepintiendo.

Miro rápidamente mi vestido, dando una repasada en los detalles. Es de un todo pálido sin mangas, mi bufanda está colgada en el perchero de la habitación que será de mi sobrino y mis zapatos, de tacón están limpios.

Entonces, ¿Por qué me mira como si estuviera fuera de lugar?

—Tu no…. ¿Qué te hiciste? —pregunta tartamudeando.

Esto es nuevo.

Nunca lo había visto así de incómodo, nervioso, tartamudeando.

Como si las palabras se le dificultaran.

Entonces veo el curso de su mirada y me doy cuenta que el cabello le hace ruido.

—¡Cambio de look, Timotheo! — exclamo y le sonrío entrecerrando los ojos. —¿Me invitaste porque creías que era otra mujer? — no pasó ni una milésima de segundo cuando sus ojos verdes lo delatan. —¡Vaya! ¡Que puto estas hecho! — le digo pues el muy desgraciado me ha invitado sin saber que era yo.

Sin embargo, él toma mi mano de inmediato y la electricidad me recorre el brazo hasta poner mi piel de gallina por completo.

Nos dirigimos a la pista de baile en silencio. Las palabras no me salen. El está muy cerca.

No estoy pendiente de nadie más. Si alguien nos mira, ni cuenta me doy. Su aroma, su piel, su contacto, estoy a punto de tirarme del pelo de los nervios.

No puedo relajarme.

No cuando el motivo de mis desvelos está tan cerca de mí.

—Respira, grandulón. Te va a dar una embolia su no te sueltas. — murmuro para que nadie más nos escuche aunque la verdad, he sacado las palabras a pura fuerza de voluntad. No se cual de los dos está mas incomodo con esto.

El no sabia que era yo, y yo, actuando por impulso, he aceptado su ofrecimiento.

El murmura algo pero no le entiendo, un zumbido molestoso me atormenta. Su cercanía me atormenta.

Pero algo si se, él está más incomodo que yo. Tal vez pensando en lo que los demás pensaran de nosotros.

Aunque a mí eso me vale un centavo, al parecer, a él, con toda su plata, quizá si le incomode ser visto conmigo.

—Si sigues así, pensaré que te molesta mi presencia. — Le digo mirándole justo a los ojos. —¿Te sientes incomodo junto a mí, Timotheo? — le digo elevando una de mis cejas y apretando la mandíbula.  

El se detiene y veo sus ojos verdes oscurecerse. Luego de un segundo vuelve a retomar el baile y me dice:

—No me incomodas, Neny Román.

—La verdad es que pareces obligado a bailar conmigo, cuando fuiste tu mismo que me lo pediste.

Soy alta, pero delante de él, con sus fuertes brazos y cuerpo de ejercicio continuo, parezco una larguirucha anémica.  Casi me saca dos cabezas, ese hombre es inmensamente grande, aunque con los zapatos que llego al menos logro alcanzar la parte superior de su pecho.

—Todo lo contrario. Obligado no es la palabra que utilizaría. — antes de que pueda rebatirle, el me hace dar una vuelta y regresar a sus brazos donde mi cuerpo, actuando por la ley de atracción suprema se pega a el y casi terminamos abrazados.

—Tu.,.

—No más. — dice soltándome de repente y noto que la música ha terminado.

Me quedo allí en medio de la pista improvisada y veo como el desaparece detrás de la puerta.

Se ha largado.

—Si será…— comienzo a decir con los ojos encendidos de furia pero una mano tira de mi brazo y me arrastran hasta la cocina.

—¿Qué diablos te sucede? —Es mi hermana mayor.

—Muchas cosas pero porfavor se ams especifica para que pueda responderte correctamente. — le digo sacudiendo el brazo para que me suelte.

Ella lo hace de inmediato.

—Te he visto con Tim.

—¡Vaya! ¡Tienes ojos! — exclamo sarcástica. Se por dónde va la cosa y no me gusta nada. —¡Cualquiera que tuviera ojos nos habría visto bailando, Vic!

—¡Sabes muy bien a lo que me refiero!

—No, hermana, no lo se. Fue un baile, nada más. — miento. He sentido esa electricidad infecciosa al estar cerca de Timotheo Hossen.

Esa que me provocará muchos meses de solo pensar en ojos verdes y cabello rubio.

—Neny Román…— comienza mi hermana con ese tono que empleaba solo para amonestarme alguna que otra coca cuando éramos pequeñas.

—Te voy a detener antes de que digas algo de lo que puedas arrepentirte.

—No, me vas a escuchar. — dice ella con dureza. —Timotheo es muy mayor para ti. No es el hombre que te conviene, Neny. Primero te cambias el color del pelo, ¿y ahora esto? ¿Qué es lo que pretendes?

—¡Nada! — grito. —Nada. —repito esta vez mas bajito al ver que ella ha abierto los ojos de par en par.

Mi hermana mayor tiene la facultad de descarrilarme y volverme a encarrilar.

—Neny... — con tono de sermón, ella pasa la mano por mi hombro y me acerca a ella. — solo deseo que te enamores de alguien que te convenga, que te quiera como tu puedas quererlo a él. Esto con Tim es un capricho. Un muy mal capricho.

Listo.

ahí estaba.

Eso era lo que mi hermana pensaba.

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