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Capítulo 3

El corazón de Mia, casi una hora después de su encuentro con su vecino, aún seguía acelerado. Esa sí que había sido una aventura. Lo bueno es que había sobrevivido.

—¿Crees que sea uno de esos hombres que se ganan la vida matando personas? —le preguntó a Lulú mientras llenaba su plato—. Porque tiene la apariencia.

Lulú estaba más interesada en devorar sus croquetas que en escuchar su monólogo. Podía mostrarse un poco más agradecida con ella por haberla rescatado, pero ella no era ese tipo de mascota.

—Es bueno que no me asesinara, pero debería mantenerme fuera de su camino solo en caso se arrepienta.

Se sentó a cenar con la música proveniente de sus parlantes de fondo. No era fan del silencio y todavía se estaba haciendo a la idea de no comer en medio de un debate intenso con su padre sobre cualquier tema.

Después de la cena se dirigió a su cuarto y se alistó para cenar. No fue hasta que estuvo frente al espejo, mientras se cepillaba los dientes, que reparó en su atuendo. Se había enfrentado a un hombre demasiado intimidante en su ridículo atuendo. ¿Qué hubiera pasado si él habría llamado a la policía? No estaba segura de querer aparecer en la ficha de registro policial con aquella ropa. No es que fuera vanidosa, pero tenía algo de dignidad.

Aún mortificada, se recostó a su cama. La imagen de su vecino le vino a la mente, otra vez. Si no pensaba en su mirada escalofriante, podía decir con certeza que era sexy. Un nueve de diez o incluso un diez. Su estilo era compatible con el de esos chicos rudos que aparecían en televisión. Tenía una mandíbula cuadrada y fuerte, los pómulos definidos, la piel dorada por pasar algunas horas bajo el sol. El cabello completamente oscuro solo aumentaba su apariencia de peligro. Su vecino era obviamente de esas personas que al entrar en un lugar no pasaba desapercibido y que recibía más atención femenina de la que le gustaría, porque estaba más que claro que era un completo gruñón que parecía odiar cualquier otra forma de vida.

Se lo imaginó con una sonrisa.

—Definitivamente sexy —musitó antes de acomodarse de costado y cerrar los ojos. Al día siguiente era viernes y debía ir a su trabajo. Su último pensamiento fue que le gustaría mucho saber su nombre.

Cuando volvió a abrir los ojos el día estaba cerca. Se había acostumbrado a levantarse temprano y la mayoría de veces se levantaba minutos antes de que su alarma sonara.  Cogió su celular, faltaba algunos minutos para las cinco de la mañana, tiempo suficiente para preparar su almuerzo. No era práctico cocinar para una sola persona, pero odiaba comer en la calle. Siempre llevaba su propia comida al trabajo y lo calentaba en la cafetería.

Se levantó, deslizó sus pies dentro de sus cómodas pantuflas y caminó rumbo a la cocina. Estaba pasando por la sala cuando escuchó un ruido en el pasillo. Sin pensarlo demasiado, como casi todo lo que hacía, se encontró dirigiéndose a la puerta, fue un milagro que se detuviera a observar por la mirilla en lugar de abrir la puerta como había sido su primer impulso.

Su sexy vecino estaba afuera cerrando su puerta. Él estaba de espaldas a ella y aprovechó para dejar vagar su mirada por todo su cuerpo. Llevaba ropa deportiva, era probable que estuviera yendo a correr.

Él se dio la vuelta y miró en su dirección. Casi saltó hacia atrás olvidando que no podía verla a través de la puerta. Su rostro se calentó. Era una locura, ¿desde cuándo se había vuelto una colegiala que espiaba a su vecino?

El hombre en cuestión siguió mirando hacia su puerta, como si pudiera saber que estaba allí, pero eso era imposible ¿verdad? Él dio el primer paso para marcharse, pero entonces su celular sonó. Lo miró acusadoramente, era la alarma. Muy oportuna.

Presionó la pantalla con su dedo esperando este se callará y, después de un par de intentos, lo hizo; pero era muy tarde, no había duda de que su vecino sabía que estaba allí. Contuvo la respiración y no se movió ni un solo milímetro. Esperó que él tocara la puerta o como mínimo frunciera el ceño en desagrado; sin embargo, al igual que la noche anterior, su rostro se mantuvo imperturbable. Unos segundos más tarde, que se sintieron como una eternidad, él se alejó por el pasillo.

—¡Rayos! —dijo volviendo a respirar con normalidad—. Lo mío sí que es suerte.

Permaneció detrás de la puerta tratando de recuperarse. Un poco más tranquila se dio vuelta y se enfocó en sus asuntos, la vergüenza había desparecido para cuando salió de su departamento. Miró la puerta de enfrente rezando porque su vecino no saliera. Lo había escuchado regresar media hora atrás, pero se había mantenido lejos de la mirilla. Un esfuerzo demasiado grande. Su parte curiosa no era algo fácil de controlar.

Caminó hasta el metro y llegó justo a tiempo. Tenía un auto en casa de sus padres, su regalo de cumpleaños veinticuatro, hace casi un año. Pero no tenía donde dejarlo aparcado y además prefería caminar. Tal vez viajar en el metro en hora pico no era de lo más divertido, pero podía lidiar con ello, no es como si fuera muy lejos. Se había asegurado de que mudarse a un lugar cerca de su trabajo.

—Hola, Mia —la saludó la asistente del jefe y su mejor amiga, Zinerva, apenas la vio. Ella era su mayor por dos años y se habían conocido cuando ella empezó a trabajar para industrias Farmifal.

Recorrió con la mirada el lugar, aún estaba un poco vacío, solo había un par de personas más. Se fijó en el reloj de pared, el resto no tardaría en llegar.

Farmifal era una de las industrias farmacéuticas más grandes del país y su lugar de trabajo desde hace un tiempo. Mia trabajaba en el área de investigación. Ella había encontrado en la química la manera de satisfacer su constante necesidad de buscar nuevos retos y saciar parte de su curiosidad.

—Hola, Zinerva. ¿Cómo estás?

—Mi novio y yo peleamos —musitó su amiga bajando la voz con una mueca de tristeza en el rostro. Había unas ojeras debajo de sus ojos que no había notado a primera vista.

—Oh, lo siento —dijo, aunque había otras cosas que quería decir. A veces, en contadas ocasiones, podía contenerse y no soltar todo lo que pasaba por su cabeza.

Su propósito como amiga era escuchar y consolar, incluso cuando había perdido la cuenta del número de discusiones que su amiga había tenido con su enamorado. Antes de que pudiera preguntarle qué había sucedido, sus compañeros de trabajo comenzaron a llegar y le dijo que hablarían en el almuerzo.

Durante la mañana se concentró en su trabajo. Siempre había mucho que hacer, pero él día anterior su equipo había terminado con uno de sus proyectos y el ambiente ahora era más relajado.

—¿Qué fue lo que pasó con Nicolás? —preguntó más tarde, mientras ella y su amiga se sentaban a almorzar.

Su amiga hundió un poco los hombros.  

—Anoche regresó cerca de la media noche con olor a alcohol y perfume barato. Cuando le pregunté donde había estado intentó mentirme.

Nicolás era el tipo de hombre que no estaba hecho para relaciones estables, aunque fingía que sí y para demostrarlo estaba con Zinerva. Como si fuera poco, siempre estaba haciendo algo que hacía sentir a su amiga como si no fuera suficiente. Las pocas veces que se habían tenido que juntar los tres, ella se había limitado a mantenerse callada. No tenía nada bueno que decirle al bastardo.

Su padre siempre decía que, si no tenías nada bueno que decir, lo mejor era el silencio. En caso de Nicolás era eso lo que hacía, aunque no estaba tan segura de lograrlo la próxima vez. Alguien debía poner en su lugar a ese bastardo.

No entendía porque su amiga no lo dejaba. Se lo hubiera dicho, pero ese no era el momento, no cuando ella parecía tan afectada. Eso no quería decir que no buscaría un momento adecuado para tratar de hacerle ver que tal vez su relación ya no funcionaba.

—Él no te hizo daño ¿verdad? —preguntó.

Mia siempre temía el momento en que Nicolás no controlara su carácter y dañara de alguna manera a Zinerva. Por su bien esperaba que ese día no llegara.

—No. Él no haría eso. —Se suponía que la ingenua era ella. Su amiga sonrió antes de cambiar de tema—. Ya basta de mis problemas ¿qué hay sobre ti? ¿Ya hiciste algún amigo en el lugar dónde vives?

Su pregunta de inmediato le hizo pensar en su vecino. Había logrado olvidarse de su existencia por toda la mañana. ¿Él podía considerarse como un nuevo amigo? No, definitivamente no. Si acaso era lo opuesto.

—No, pero…

—¿Qué pasa? Tienes esa mirada en tus ojos.

—¿Cuál?

—La que pones después de haber hecho alguna de tus travesuras. —Zinerva sonrió, por la forma que lo habló la hizo sentir como una pequeña.

—No soy una niña —musitó—. Como sea, ¿quieres que te cuente o seguirás fastidiándome?

—Está bien, lo siento.

Mia le contó sobre todo lo sucedido del día anterior.  Se guardó para ella lo sexy que le pareció su vecino y como lo había espiado por la mañana. Cuando terminó de hablar, su amiga se estaba tratando de ocultar su risa y fallando miserablemente.

—No puedo creer que hicieras eso —le dijo ella.

—Yo creí que nadie vivía allí —trató de defenderse.

—Deja que tu mamá se entere —le dijo Zinerva aún más divertida.

—Lo bueno de ya no vivir con mis padres, es que ya no tienen que enterarse de todo lo que hago. No puedo creer que esperé tanto para mudarme.

—Qué bueno que lo hiciste, apenas llevas una semana viviendo sola y ya te infiltraste en un departamento ajeno y casi terminas muerta a manos de un posible asesino a sueldo. —Su amiga se estaba divirtiendo bastante con todo eso—. Bueno, después de esa presentación, no creo que ser amiga de tu vecino sea una opción.

Soltó un suspiro y sonrió. Aún si no se hubieran conocido bajo esas circunstancias, dudaba que su vecino habría querido ser su amigo.

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