Buenovel

Descargar el libro en la aplicación

Download
CAPÍTULO 4: POSITIVO MÁS POSITIVO IGUAL A POSITIVO

El resto del día no volví a ver a Elemiah, simplemente se saltó todas las clases que faltaban. La curiosidad me carcomía, era tanta, que estuve a punto de preguntarle a Jeremiel por él.

Ahora me encontraba en mi cuarto terminando el trabajo de “equipo” cuando el timbre de mi hogar sonó. Renegué por lo bajo al saber que tenía que bajar a abrir. Elizabeth estaba trabajando y Sarah haciendo un proyecto de historia.

Sonó dos, tres, hasta cinco veces seguidas.

— ¡Ya voy! —grité, aligerando el paso para abrir—. ¿Acaso pretendías dañarme el ti...

Las palabras desaparecieron de mi boca al ver quien se encontraba al frente de mí. Mi mente había quedado totalmente en blanco.

Temía a que si hablaba ahora mismo balbucearía palabras incoherentes, y ya muchas vergüenzas había pasado en presencia de él para que otra más se sumara a la lista.

Tragué fuerte al sentir como esa mirada me recorría y fue donde recordé que solo llevaba unos mini shorts, junto con una camisa ombliguera. Intente taparme un poco con la puerta lo cual era algo inútil.

Carraspeé para que así desviara su mirada de mi cuerpo.

—Que grata manera de recibirme —sonrió lascivamente, de nuevo.

Sentí como mi cara ardía de la vergüenza.

— ¿Qué haces aquí?

—Tenemos un trabajo que terminar —respondió simple.

— ¿Quién te dio mi dirección?

—Samara —advirtió.

—Sí ya sé, la regla número dos —rodeé los ojos exasperada—. En esta situación no es válida.

Hizo un intento de entrar, pero lo detuve.

—No entran desconocidos a mi casa —vi como apretaba sus labios reteniendo así, la sonrisa que estaba por salir.

—No tengo todo el tiempo del mundo Samara.

—No entraras.

Iba a responder, pero el auto de mi madre siendo aparcado lo detuvo.

¿Qué hacia ella aquí?

Se suponía que llegaría más tarde.

Vi como salía del auto y como su vista se fijó en nosotros inmediatamente, o bueno… en él. Una sonrisa cruzó su rostro.

—Vete —susurré firme.

—Jamás me perdería lo que está a punto de venir.

—Hola ma—saludé un poco tensa.

—Hola cariño —se acercó y me dio un beso en mi frente, como siempre lo hacía—. ¿Y este chico quién es? —cuestionó, su mirada curiosa era demasiado evidente.

Sé que ya sabía que se trataba de Elemiah. Esa sonrisa que dio a penas bajo del automóvil lo confirmó.

—Él es un compañero de colegio y ya se iba —me apresuré a decir.

—Elemiah —saludó a mi madre extendiendo su mano y estrechándola con la de ella.

—Elizabeth.

—Tenemos un trabajo por terminar, pero Samara dice que no entran desconocidos a su casa —abrí mis ojos exageradamente—. Y lo entiendo, recién nos conocimos ayer —suspiró negando—. No les quito más tiempo, que tengan buena tarde.

Se volteó para irse, pero mi mamá lo detuvo.

—Espera —lo llamó—. No hay problema. Así que entren y termínenlo —sonrió amablemente.

Elemiah no sabia lo que esto me causaría con mi mamá y me las pagaría, me dejaba llamar Samara sino.

Entré rápidamente a la casa, no sin antes avisarle que me siguiera. Sentía sus pesados pasos detrás de mí.

Por un momento había olvidado por completo mi vestimenta, y como gracias a esta debía de estarle dando todo un espectáculo

— ¿Al menos traes una libreta?

—Tienes todo acá.

Ahogué un grito y entré a mi cuarto seguida de él.

No entró por completo, se quedó parado en el marco de la habitación mientras la observaba detenidamente.

Por un momento me sentí expuesta.

Mi habitación era lo más normal del mundo, más sin embargo era mi guarida.

Era de color blanco y había una cama un poco grande en la mitad de esta, a los lados dos mesas de noche, al frente se encontraba mi tocador y en el extremo mi escritorio. También había dos puertas, una que daba a mi armario y otra al baño. 

De repente, dejo de mirar a su alrededor para mirarme a mí. Su mirada era vacía, mirarla me hacía sentir estar al borde, al borde de un vacío, su vacío.

Entró al cuarto y cerró la puerta, todo de una manera muy lenta y algo me dijo que estar en un cuarto encerrada con Elemiah no era una muy buena idea.  

—Empecemos —de nuevo esa sonrisa tétrica. 

Tragué fuerte, tratando de reprimir los nervios que empiezan a florecer.

— ¿Nerviosa? —preguntó manteniendo su sonrisa.

— ¿Debería? —cuestioné.

Se acercó invadiendo mi espacio personal. Sus labios se acercaron a mi oído erizando aquella parte de mi cuerpo.

—Sí, pero te prometo portarme bien…por ahora.

Se alejó y se sentó en mi cama mientras yo intentaba recuperar la respiración que se me había sido robada, y es que respirar estaba sobrevalorado en un momento como ese.

—Yo también tengo reglas —lo señalé acalorada—. Regla número uno. Mantente alejado de mi Elemiah. 

— ¿Segura que quieres que me mantenga alejado? —alzó una ceja retandome.

¿Quiero que se mantenga alejado?

Ambas sabemos que no, te arrepentirás y te diré, te lo dije —habló mi yo interior mientras recortaba imágenes del cuerpo de James Jordan para su colección.

—No…si…no pero —di un pequeño grito de frustración—. Solo no invadas mi espacio personal.

Agarré la laptop para enseñarle todo lo que había avanzado en el día de ayer y hoy.

Después de terminar de leerlo todo, habló.

—Te basaste en el ámbito religioso para la argumentación.

— ¿Tiene algo de malo?

Negó, quitándome el portátil de mis manos y empezó a escribir. Subí mi mirada, percatándome como fruncia su ceño y demostraba concentración.

¿Por qué aun así se veía lindo? ¿Y por qué su perfil era tan perfecto?

Parecía una acosadora, pero es como si Elemiah careciera de alguna fuerza sobrenatural que resultara imposible mantener los ojos alejados de él.

—No puedo concentrarme por tu mirada Samara.

—Lo mismo me pasaba hoy con tu mirada y no me queje —refuté.

Pensé un momento en lo que acababa de decir y quería morir.

Madre tierra trágame y escúpeme en Singapur.

Me levanté rápidamente con dirección a mi armario para así cambiarme y huir de esta situación tan vergonzosa.

Me cambié por un jean y me senté en el pequeño banco que tenía. Cuando ya llevaba aproximadamente diez minutos encerrada, aun carecía del coraje para salir.

—Ok. Es ahora o nunca —susurré para mí misma.

Salí y la sorpresa que me llevé fue grande. No estaba. Fruncí mi ceño al ver una nota al lado de la laptop.

— “Sufrí un imprevisto” —Sonreí entiendo el mensaje oculto.

Ojee en la laptop lo que había escrito y de nuevo, Elemiah me había sorprendido. De ser un trabajo de cuatro páginas, pasó a ser a uno de diez.

La semana paso y el único momento donde entablamos una conversación con Elemiah fue el jueves, en biología. Después de ese día, no hablamos más, además no es como que quisiera. Mientras más alejada de ese chico nuevo estuviese, era mejor.

Deberías de agradecer por ello —pensé.

Era sábado en la tarde y me encontraba tratando de leer, tratando, porque Laura estaba insistiéndome cada dos minutos en que teníamos que asistir a la fiesta de bienvenida que organizaron algunos de los populares del colegio.

—Vamos, por favor —juntó sus manos en forma de súplica.

—Sabes que prefiero quedarme a ver alguna serie nueva en n*****x que ir a una fiesta —puntualicé, señalandola.

—Te comprare esa trilogía de “las reglas del juego” que tanto quieres.

Libro mata N*****x.

— ¿A qué hora decías que es la fiesta? —pregunté con una gran sonrisa levantándome rápidamente en dirección al baño.

Era una propuesta imposible de rechazar. Hace meses que estaba anhelando tener esa trilogía en mis manos y esta era mi oportunidad.

Lo que hago por tenerlos en mis manos Mateo y Dani.

—Y con eso baila el perro —modificó aquel refrán que siempre le decía su abuela—. Empieza a las ocho. Son las cinco.

— ¿Te arreglas acá cierto? —inquirí con mis ojos entrecerrados.

—Sí, traje todo lo que necesitaremos.

—Tan predecible soy —bufé regañándome mentalmente.

—Me temo que sí querida amiga —sonrió triunfante.

— ¡Te odio! —grité.

Cerré la puerta del baño y procedí a bañarme. Realicé mi rutina de baño y cuando estuvo terminada salí, a la misma vez en que Laura entró a la habitación… recién duchada igual.

—El shampoo de tu hermana es el mejor —negué resignada, nunca cambiaria.

—Solo espero que esta vez no te lo hayas acabado —advertí.  

Había sido yo la que tuve que aguantar su mal carácter por dos días.

—No hay de qué preocuparse y yo elegiré que te pondrás.

—Yo puedo hacerlo —exclamé ofendida.

—Para que te vayas con jean, zapatillas y un buzo —hizo una cara de horrorizada—. No claro que no.

—Es cómodo —defendí mi hermoso y practico atuendo diario—. Solo….elige un jean, nada de faldas.

—Está bien —entró a mi armario y sabía que tardaría varios minutos en decidirse

Alrededor de diez minutos salió con las prendas en las manos. Un jean ajustado color negro, botines de igual color de tacón cubano y una blusa gitana blanca manga larga con encaje de flores corta.

—No me puedo quejar, me gusta —reconocí—. ¿Tú que te pondrás?

—Un jean blanco, un crop top de cuero junto con unos tacones de punta —su cara era de total satisfacción—. ¿Me planchas el cabello primero?

Afirmé, para luego empezar a buscar lo que necesitábamos. Así pasamos las horas que nos quedan hasta que salimos de casa rumbo a la dichosa fiesta.

—Vuélveme a recordar la razón por la que estoy aquí.

Estacionamos el auto a cinco calles antes de nuestro destino. ¿La razón? Miles de autos se encuentran estacionados. Fue un milagro que encontráramos en donde estacionar. Y debía de decir que nos encontrabamos en una de las zonas más ricas de San Diego.

—Te comprare la trilogía de “las reglas del juego” y si te portas bien te incluyo “infinito”.

—Que sucio juegas. Es suficiente para soportar todo esto —bufé—. No hemos ni siquiera entrado y ya quiero irme —murmuré lo último.

Continuamos hasta que por fin llegamos. Debí imaginármelo, la fiesta se haría en una mansión, una muy hermosa mansión.

Muchos jóvenes se encontraban alrededor de esta, hablando entre ellos con bebidas en sus manos o simplemente llegando como nos encontramos en este momento.

—Vamos —Laura me sujetó de la mano y a pasos apresurados nos llevó a la entrada.

Entramos y el olor a sudor, alcohol y otras sustancias inundaron mis fosas nasales. Arrugué mi entrecejo en desaprobación. Apreté fuertemente mis labios tratando de evitar las arcadas.

—Te acostumbraras —comentó al verme en este estado. Solo asentí.

Caminamos hasta que llegamos a la cocina donde nos encontramos con Joseph, un amigo nuestro y un pretendiente mío.

—Chicas —saludó emocionado—. Me alegro que llegaran, en especial tu Samara.

—Tener a mi trilogía favorita está en juego —respondí encogiéndome de hombros.

Asintió sonriendo.

—Nunca cambias —me agarró de los hombros para después abrazarme. Le devolví el abrazo, disfrutando muy discretamente su perfume.

Siempre olía le demasiado bien.

—Ya enserio, ¿Cuándo admitirán que son novios? —cuestionó Laura.

—Cuando Samara por fin me acepté —contestó Joseph, me separé por inercia de él.

No dije nada, solo me quedé observándolo fijamente. Era un chico con unos hermosos sentimientos, un lindo físico y lo mejor, amaba leer como yo. Era posible que me atrajera, pero no lo suficiente como para querer empezar una relación con él. Era mi mejor amigo desde hace tres años y no quería que por una mala decisión se pudiera perder esos hermosos años de amistad que habíamos construidos.

—Sabes lo que opino al respecto —le recordé.

Pasó sus brazos por mis hombros atrayéndome a él.

—Esperare el tiempo que sea necesario —besó mi cien.

Sonrió tratando de mostrar que todo está bien, pero sus ojos, su mirada, decían todo lo contrario.

—Hola Haniel —escuché que decía de repente Laura, segundos después agregó—. Hola chicos.

¿Haniel? ¿Chicos? No puede ser.

Volteé lentamente mi rostro hasta que lo pude ver. Mi piel se erizó y unos nervios por estar de esta forma con Joseph me inundaron. Era como si fuera algo malo.

Ninguno dijo nada, solo nos miraron. Pero él solo mantenía su vista fija en el brazo que me tenía rodeada.

Su ceño se arrugó y alzó su mirada encontrándose con la mía.

—Hola chicos —fue lo único que dijo al mismo tiempo en que Joseph los saludaba.

— ¿Son novios? —preguntó Jeremiel en un tono curioso.

—No —respondí.

—Lastima, harían una linda pareja —confesó Arael sonriendo. Su mirada recayó en Elemiah—. ¿Tú que crees Elemiah?

—Positivo más positivo igual a positivo —chasqueó la lengua—. Siempre es necesario alterar la ecuación o de lo contrario sería algo aburrido.

Dicho esto, se marchó.

¿Alterar la ecuación?

— ¿Alguien entendió? Porque yo no —rio Laura—. ¡Vamos a bailar!

Agarró a Haniel del brazo y se lo llevó a rastras a la pista de baile. Los otros chicos los siguieron.

— ¿Vamos? —preguntó Joseph.

—Ahora los alcanzo —respondí, él asintió y se fue por el mismo camino que tomaron los demás.

Empecé a recorrer la casa hasta que di con un pequeño jardín rodeado de varios tipos de flores.

Es hermoso.

Respiré profundo y cerré los ojos sintiendo como la suave brisa me golpeaba el rostro causando así, un estado de tranquilidad. A mi mente llegó el tema de mi padre, el querer saber el motivo de su abandono, el enamoramiento que tenía Joseph, las sensaciones que me causaba Elemiah y lo más principal, las pesadillas que me atormentaban desde hace mucho, pesadillas que se habían vuelto constantes hace una semana.

Sé que debía de hablar con Elizabeth sobre lo que me estaba sucediendo por casi un año. Laura solo sabía que las tenia, pero no de que se trataban y si hablaba con mi madre es exactamente lo que ella querría saber y no podía decirlo, no lo entenderían.

—Nadie —susurré, sintiendo como una lagrima rodaba por mi rostro.

Capítulo siguiente