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Capítulo 8

El chico de ojos pardos respiró hondo para calmarse cuando la vio salir por la puerta de emergencia. Esa media hora dentro del hospital, sin saber qué hacía con su novio, lo estaba envenenando. 

—¿Estás bien? —preguntó cuando subió al auto, aunque era obvio que algo iba mal. Muy mal. Era fácil saber que estuvo llorando.

—No. Yo… es muy complicado, Axxel —se limitó a responder.

«¿Es complicado por él o por mí? ¡Dios, Melanie! No tengo una idea de lo que haré contigo. Me estás volviendo loco».

¿Iba a alejarse de él?, ¿terminaría todo con Nick? Eran dos interrogantes que lo traían de cabeza. Encendió el auto y condujo a casa de Mel en silencio, no era la noche que había imaginado unas horas antes. 

«Necesito tanto un abrazo. Necesito decirle a alguien lo que pasó, pero no puedo. Dudo que Axxel sea la persona adecuada para contarle este secreto. Es un idiota que solo piensa en acostarse con cualquiera. Él no lo entendería. Estoy sola. Tan sola que me pesa en el alma. ¿Por qué te fuiste, mami? Te necesito tanto.»

Sus ojos se turnaban entre la carretera y la chica rubia del asiento de al lado. Solo pensaba en  abrazarla, en besarla, en decirle que todo estaría bien... Detuvo su auto en la entrada de la casa de Mel y no lo pensó más.

—¡Al carajo, Mel! Voy hacer esto de una vez. —La tomó por la cintura para situarla a horcajadas sobre él y enredó sus dedos en aquella melena dorada. Enseguida, comenzó a besarla como si tuviese mucha hambre y su boca fuese alimento caliente. Ella le correspondió y presionó su vientre contra aquella dura excitación.

«¡Necesito entrar en ella!»

Su manos se abrieron paso hasta el escote de Mel e introdujo sus dedos entre la tela del brasier para liberar uno de sus senos y saborear su rosada protuberancia con la lengua.

Melanie estaba tan absorta en el momento que perdió el control. Estaba totalmente entregada a lo que él quisiese hacerle, pero entonces recordó lo que él gritó en el estacionamiento de Joe´s, se apartó de él y volvió a su lugar disgustada por ser tan débil.

—No seré una de tus zorras, Axxel. Gracias por lo que hiciste por mí, pero no quiero que me trates de esta forma —bufó molesta.

—Y no lo eres, Melanie. Tú me tienes loco, no paro de pensar en ti ni un instante. Ninguna es como tú —aseguró mostrándose ansioso, no quería perderla, aunque en realidad no la había tenido. 

—¡¿Entones por qué lo hiciste con Sabrina?! —le reclamó con una mirada llena de dolor. 

—¡Por idiota!  Toda mi vida he sido un idiota y no es fácil para mí dejarlo atrás. Tú… eres la primera chica que me inspira a intentarlo. Quiero cambiar por ti. Quiero ser mejor para ti, Melanie.

Sus sentimientos seguían a flor de piel. ¿Sería verdad lo que decía? Entre la visita a su ex y las palabras que Axxel acaba de decir, estaba demasiado confundida.

—No sé lo que significa todo esto, pero si sé lo que necesito. Necesito a alguien que quiera estar conmigo, no por ser una chica a la que intenta llevarse a la cama, sino porque quiere todo lo demás de mí; lo que no se puede tomar con las manos, las cosas que habitan aquí —pronunció tocándose el pecho.

—¿Me estás pidiendo que sea tu novio? —preguntó con los ojos desorbitados. 

—No, te estoy diciendo lo que necesito, no que tú me lo puedas dar. Todo esto fue un error, Axxel. —Se cubrió el rostro con las manos, avergonzada.

Le había mentido. Sí quería  ser su novia, pero también necesitaba a alguien que conociese sus miedos e inseguridades, que la tomara de la mano el día que su abue muriera, que la descifrara con un simple gesto; a una persona que la amase de la forma que lo merecía y en ese momento comprendió que él no era ese alguien.

«¿Un error, dice? ¿Cuántas veces me va a menospreciar?, ¿cuánto más insistiré?»

—Dime si tu madre te trajo al mundo con un manual o algo así porque no puedo entenderte. Eres un libro abierto de física cuántica escrito con jeroglíficos. 

Ella no pudo contener la risa y carcajeó hasta que le dolió el estómago. Fue liberador reír un rato luego de tanta angustia.

—Axxel. Si de verdad quieres dejar de ser un idiota no es tan difícil como crees. Deja de tener sexo con media escuela, elige a una chica que realmente te guste, invítala a una cita y ten por lo menos la decencia de esperar hasta la cuarta cita para intentar tener sexo en tu auto con ella.

—¡Wow! Eso fue bastante gráfico. De eso estaba hablando, Mel.

Ella sacudió la cabeza, se bajó del auto y siguió el pequeño camino de roca de la entrada de su casa, mientras rebuscaba las llaves en su bolso.

—Sabes, la monogamia nunca me ha gustado, pero puedo hacerlo. Puedo elegir a una chica, pedirle una cita y tener la decencia de esperar tres más para tratar de tener sexo en el auto con ella, solo si esa chica eres tú.

Ella no esperaba que él estuviese prestando atención a lo que dijo, pero así fue. Ahí estaba Axxel Wilson, el Playboy número uno del instituto, el chico del que estaba enganchada desde hacía varios meses, pidiéndole que fuese ella quien redimiera los errores que lo habían llevado a ser un idiota. Y vaya que estaba dispuesta a ser esa persona, pero con ciertas condiciones irrevocables.

—¿Sabes lo que estás pidiendo? —preguntó dubitativa.

—Sí, lo sé. Y no solo eso, lo quiero.

«¡Dios mío! ¿Él en verdad está hablando en serio?»

—En el supuesto caso que acepte, tendrías que cumplir con lo siguiente: no habrá sexo con nadie más mientras dure esto, tienes que caerle bien a Max y solo se valen caricias y besos, nada que implique sexo.

—Haces muy tentadora la idea de seguir siendo idiota —se mofó, ganándose un golpe en el estómago—. Oye, estoy bromeando. Lo que me preocupa de todo esto es: ¡¿quién carajo es Max?! 

La risa de Mel volvió a escena y movió la cabeza a los lados mientras caminaba a la puerta.

—Ven, tienes que pasar la prueba. —Él aceptó la invitación y la siguió dentro de la casa.

«Al fin logro algo con esta chica. Es de las duras, sin duda.»

Un pequeño animal peludo apareció corriendo y saltó encima de Melanie. La lengua de Max le lamió el rostro, como hacía siempre, y Axxel quiso cambiar de lugar con él.

—Tómalo —ofreció ella.

«No era precisamente el cambio que quería.»

 Axx colocó los brazos como si fuese a cargar un bebé y Mel entornó los ojos.

—¡Santo Dios, Axxel! ¿Nunca has cargado a un cachorro?

—Mmm… no. Soy primerizo. —Soltó bromista. Mel puso a Max en el suelo y no insistió en la prueba.

—Si no te muerde, significa que te acepta —comentó con mala intención. Max nunca había mordido a nadie.

—¿Quién eres tú? —preguntó una voz masculina detrás de él.

—¿Cuándo llegaste, William? —espetó Melanie al ver a su padre. 

—Hola, Melanina. ¿Qué clase de recibimiento es ese?

—No me digas Melanina, no me gusta. Axxel es un amigo y me trajo del hospital. Nick despertó hoy. ¿Sabías?

William palideció y elevó las cejas marcando varias líneas en su frente. Su rostro estaba cubierto por una barba espesa y tenía los ojos inyectados en sangre, con su aspecto desdibujaba el recuerdo de quién alguna vez fuese su padre. 

—Creo que debo irme —comentó Axx.

—Sí, te acompaño a la puerta —Ella lo siguió y se despidió con un gesto de la mano—. Nos vemos mañana, Axxel.

—Hasta mañana, princesa. —Le arrojó un beso y guiñó un ojo con picardía. Ella sonrió mientras sacudía la cabeza. El chico era un conquistador sin vergüenza.

***

 Cinco días habían pasado desde que Melanie y Axxel se despidieron en el pórtico de su casa. Él mismo número de días que faltó a clases y a Joe´s. Le escribió varios mensajes y Mel le dijo que no podía ir, que estaba muy enferma y no quería contagiarlo, pero él estaba harto de extrañarla y pensó que podría soportar los efectos de ese virus infernal.

Eran pasadas las diez de la noche cuando irrumpió por la ventana de la rubia que no podía sacarse de la mente, quien estaba dormida de costado, con un pijama tan sexy que era casi una broma.

«Esta chica… ¡Mi Dios!»

—Melanie, princesa —susurró mientras paseaba sus dedos por su piel pálida.

—¡Oh, Dios! ¿Qué haces aquí? —preguntó exaltada y lo golpeó en el costado con el puño cerrado.

—¡Eh! ¿Por qué tan agresiva, princesa? —se quejó, intentando sacarle una sonrisa, pero nada lo había preparado para lo que vería. El ojo derecho de Mel estaba pigmentando en distintas tonalidades de verde.

«Pero ¿qué le pasó?, ¿quién pudo hacerle algo así? No importa. Sea quien sea, lo voy a matar».

—¿Quién diablos te pegó, Mel? ¡Lo mataré! —gruñó enfurecido. 

—¡Cálmate, Axx! Mi abue está dormida. —Le suavizó los brazos en un intento de calmarlo, pero él no podía, no quería hacerlo.

—Me mentiste, Melanie. ¿Por qué?, ¿quién lo hizo? Tú estabas bien cuando te dejé el lunes con tu padre… ¡Carajo! ¿Fue él?

—Axx, yo… —Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a llorar muy fuerte.

—¿Dónde está?, ¿sigue aquí? —preguntó y caminó a la puerta.

—¡No! Se fue al día siguiente.

—Tranquila, princesa. Estoy contigo. ¿Lo sabes? —La abrazó y ella se hundió en el calor de su cuerpo. Era la clase de cosas que esperaba que un novio  hiciese: protegerla y decir que estaría para ella.

«¿Qué clase de degenerado golpea así a su propia hija? Debí suponerlo cuando lo vi, ese hombre tenía una mirada demasiado oscura. Y yo la dejé sola con ese desgraciado.»

—Prométeme que me llamarás si aparece de nuevo —Ella asintió aún en su pecho y logró calmarse poco después—. Tienes que denunciarlo, Mel. —Se aparto de él y se secó las lágrimas con los dedos.

—No puedo hacerlo. Si lo hago, lo meterán en prisión y mi abue ya es muy mayor. Me llevarían a un hogar sustituto y a ella a un asilo. No puedo hacerle eso, Axxel. No puedo.

—¡Dios, Melanie! ¿Por qué te pegó? —Cerró los puños, deseando tenerlo en frente para darle su merecido.

—No puedo decírtelo. No quiero involucrarte en esto. Es… No lo diré.

—¡Es un cobarde!

—No quiero hablar más de eso, solo necesito que me beses como si te hiciese falta para respirar. Bésame, por favor.

No necesitaba que se lo pidiese dos veces, lo estaba deseando desde hacía varios días. Se acercó a ella y le devoró los labios sin piedad. El beso que pidió se había convertido en algo más, era un juego de caricias, movimientos y gemidos. Tenía que detener aquello o perdería la virginidad esa misma noche. Se separó de él y recompuso su pijama, porque habían llegado a primera base y estaban listos para ir por la segunda.

—Creo que debemos agregar a las reglas no besarse en lugares privados —pronunció ella jadeante.

Él se había tomado al pie de la letra eso de la respiración, la dejó sin aliento.

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