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Amor Complicado
maracaballero
Prólogo

Sus manos estaban cubiertas de sangre. Vio sus ojos negros sin ese brillo que la caracterizaba. Se preguntó una y otra vez, ¿Qué hizo mal? ¿En qué momento ella…tomó esa decisión? James gritó su nombre a todo pulmón, haciendo que se despertara, el escalofrío lo recorrió por cada rincón de su cuerpo, estaba sudando, su corazón latía a toda prisa, la habitación estaba oscura, a excepción por la luz de la luna que se colaba por la ventana frente a él.

Se sentó en la orilla de la cama, cerró sus ojos e intentó controlar sus emociones, no quería volver a regresar al psicólogo y volver a hablar de estas pesadillas, tenía que comprender que él no tenía la culpa, que ella tomó su decisión y tenía que aprender a seguir adelante.

Abrió sus ojos y comenzó a hacer ejercicios de respiración mientras sus dedos intentaban soltar la tela de la sábana que estaba aprisionando entre sus dedos, poco a poco comenzó a tener esa tranquilidad, luego se levantó. Eran las tres de la mañana, se puso su ropa de ejercicio y entró al gimnasio privado para empezar su rutina.

Los músculos de su espalda se marcaron cuando bajó las cuerdas con pesas, después de cinco repeticiones, se detuvo  al escuchar su celular sonar en la bocina. Miró la hora y no se sorprendió al ver que era uno de sus amigos: Peter. Presionó un botón y se escuchó la voz por todo el lugar.

—Maxwell, ¿Leíste el proyecto de sustentabilidad del señor Evans? —Peter sonó ansioso, estaban esperando una oportunidad y pareció llegar la indicada. James buscó la botella de agua y dio un largo sorbo. —Podría ser el proyecto indicado para JMB, darle más renombre.

—No. —dijo tajante.

— ¿Por qué no? —la voz de Peter del otro lado de la línea era de total sorpresa.

James se pasó una toalla por su rostro y secar el sudor.

—Si se concretara el proyecto…Sería mudarme a Inglaterra. —Peter soltó un bufido que se escuchó por el lugar. James no quería dejar la casa. No quería dejar su rutina. Todo eso le brindaba tranquilidad la mayoría de sus días desde que Bárbara se fue. No quería dejar todo e irse al otro lado del mundo. Ella no se lo perdonaría. No podía abandonarla de nuevo.

— ¿Es por Bárbara? —James soltó un largo suspiro.

—Es por mí. —se escuchó un breve silencio de parte de Peter. —Sé lo qué piensas, pero por nuestra amistad, respeta. —dijo de manera tajante.

—Siempre te he respetado, pero bien. Como quieras. Solo diré algo antes de que me cortes la llamada. —James                                         

apretó su mandíbula con fuerza, hizo puños sus manos. Sabía lo que diría y no quería escucharlo. —Tienes que avanzar. No sigas enraizado en un lugar que solo te lastima, Maxwell. —Y luego cortó la llamada Peter. Por primera vez quería hacerlo él.

Días después en algún lugar en Londres, Inglaterra.

Las copas de champagne comenzaron a servirse. La mesa del bufete empezó a llenarse de platos exquisitos y exóticos. La elegancia y los colores del lugar resaltaron ante los ojos de los empresarios invitados a ese gran evento.

— ¿Te falta mucho, niña? —preguntó la anciana dando otro toquido con sus débiles nudillos contra la puerta. 

Emily se miró en el espejo del baño de la segunda planta, se revisó el maquillaje y su peinado.

—Sí, ya saldré. —al presionar sus labios, aparecieron esos hoyuelos, su dedo índice fue a ese pequeño hueco y lo acarició, recordó a su madre, luego bajó el dedo y se volvió hacia la salida, su mano tomó el picaporte y lo giró, cuando lo hizo, se encontró con Poppy, su ama de llaves y su nana de años. Emily era hija única, estaba a punto de cumplir sus veinte años, un año más y, podría decidir su propio futuro.

— ¿Todo bien? —preguntó la mujer mayor, Emily asintió y luego soltó un largo suspiro. Poppy sabía que su niña había cambiado, había regresado de Estados Unidos con una actitud rebelde, con pensamientos extraños, su deseo por la independencia, había crecido mucho y se lo había dejado claro a su padre cada vez que podía desde su regreso hace días atrás. — ¿Qué tienes? ¿No puedes mejorar esa actitud? —el acento inglés le hizo sonreír a Emily.

—Extrañaba mucho tu voz, nana. —la abrazó y dejó un beso en su frente, era una segunda madre para ella, ya que su madre había muerto cuando nació, la única figura materna era ella.

—Anda, tu padre me ha mandado a buscarte. —Emily arqueó una ceja, luego miró por encima de ella, a lo lejos, estaba el equipo de seguridad que la cuidada a discreción, pero ella sabía que estaba siendo vigilada.

— ¿Tú o esos dos hombres de traje oscuro? —Poppy torció sus labios.

—Anda, bajemos, ya está recibiendo tu padre y la asistente a los invitados. —Emily acompañó a Poppy a la primera planta, su vestido era discreto, blusa de seda blanca con un adorno de tiras negras en forma de moño y un pantalón negro y liso que caía a sus pies, solo asomando las puntas de sus zapatos de diseñador. Era el conjunto que había encontrado extendido en su antigua cama, no se le permitió llevar un vestido acorde al evento, miró el reloj, estaba a minutos de ser su cumpleaños y ya tenía planeado como escabullirse de la gran casa inglesa en la que vivía su padre.

Al salir al gran jardín que es dónde se llevaba la reunión, se quedó estupefacta cuando todos gritaron: ¡Feliz cumpleaños, Emily! La música comenzó a sonar, su padre se acercó para tirar de ella sutilmente y felicitarla, estaba realmente sorprendida, nunca había tenido fiestas de cumpleaños con él, los anteriores, lo festejó con sus compañeras de internado, pasteles de cumpleaños a escondidas en el almacén de víveres en Estados Unidos. Por un momento añoró esos cumpleaños, tenía a amigas verdaderas y no a todos los lambiscones que se acercaban a ella para felicitarla, como si la conocieran de años, pero no era así.

Poppy miró como su niña había madurado, como ese porte elegante le hacía ver que era otra Emily, y eso le preocupó.

Su padre, George apretó su muñeca disimuladamente para llamar su atención por un momento, ella lo miró.

—Sonríe más. —ella estaba a punto de decirle unas cuantas pero se mordió la lengua. —Quiero presentarte a mi futuro socio. —tiró de ella delicadamente ante los ojos puestos en ellos, cruzaron dos mesas más y cuatro hombres vestidos elegantemente se pusieron de pie. —Caballeros, quiero darles las gracias por acompañarnos en esta noche, —Emily no les prestó atención, solo puso su sonrisa más fingida, aceptó los halagos y las felicitaciones, luego comenzaron a hablar de negocios, algo que para Emily era aburrido, buscó a Poppy y la vio cerca de la entrada a la casa. Disimuladamente se fue alejando del grupo de empresarios, cruzó la pista y llegó a su nana.

—Ve con tu padre. —ordenó su nana.

—Necesito ir al baño. —Poppy sabía que se iba a escapar, pero uno de sus encargos de parte de George, era mantenerla en la fiesta, cueste lo que cueste.

—Te acompaño. —dijo. Emily tomó su mano.

—Me voy a ir y no vas a detenerme. Ya tengo veinte años…

Poppy la interrumpió.

—Todavía no tienes veintiuno que viene siendo el pase a tu libertad niña, así que no hagas que tu padre me tache de inservible por no mantenerte en tu propia fiesta de cumpleaños. —Emily sintió una opresión en su pecho.

—Creo que has hecho demasiado el criarme antes de que me encerraran en un internado al otro lado del país, ¿No crees?

Poppy sintió que sus ojos se iban a cristalizar a sus palabras tan ciertas, parte de su vida fue criar a su madre, luego fue testigo de la llegada de Emily, así como la pérdida de su madre, le había partido el alma en dos, pero antes de que muriese, le había hecho una promesa y era cuidar de la pequeña.

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