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Capítulo 30 – Pisar el orgullo.

Estaba cómoda en aquella cama, tanto que no quería levantarme, a pesar de escuchar el maldito teléfono una y otra vez, que no dejaba de sonar.

Me percaté en seguida de que aquella extraña cama a la que me abrazaba respiraba. ¿Y si no era una cama? Abrí los ojos, encontrándole allí, dormido, debajo de mí.

Sonreí, como una tonta, recordando cómo me quedé dormida antes de llegar a casa.

¿Dónde estaba? ¿qué hora era? ¿por qué él estaba allí? No eran preguntas que quisiese hacerme en aquel momento, no si podía tenerle un poco más, si podía posponer nuestra conversación, alargar aquella ruptura.

Un sonido salía de su garganta, resistiéndose a despertar. Sonreí, fijándome en