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Capítulo 6

Miranda

—Tuvimos una relación, pero nos separamos y nunca tuve la oportunidad de decirle que estaba embarazada. Nos reencontramos hace unos días.

—Ayer habíamos salido para hablar al respecto y conocer a mis hijos —continúa él, dando una genial actuación al besar la cabeza de Isis—, pero tuve que pasar al bar que recién adquirí por unos documentos y fue cuando llegó la policía.

—Pasada la media noche —reprocha ella.

—Puede llamar al restaurante en el que estuvimos previamente, si desea. No tenemos nada que ocultar.

La mujer se yergue algo intimidada por la dura mirada de James y su voz que hace recular a cualquiera.

—Entiendo y agradezco su cooperación, señor Donovan, pero saben que esto es algo muy delicado. —Asentimos de acuerdo y prosigue—. Me imagino que el señor Donovan piensa darles su apellido a los niños.

—Así es —contesta, algo precavido, y con demasiada rapidez.

Lo miro por semejante desfachatez. Niego y entonces me mira, como si percibiera mi desacuerdo. Murmuro su nombre, casi inaudible. Toma mi mano y se inclina hasta rozar nuestras narices, sus ojos negros tan profundos, oscuros y lastimados, me escrutan y me reprenden.

—No lo arruines, Miranda —espeta, con dureza, a mi oído.

—¿Se encuentra bien, señorita Veillard? —pregunta la mujer.

No dejo de mirar esos pozos oscuros, que deciden no prestarle atención a la mujer que nos habla. Arrugo mi cara y mi labio inferior sobresale, porque quiero llorar por su culpa.

—Deja de hacer eso o morderé tu labio, Miranda.

Un tempestivo calor azota mi cuerpo y me alejo de él de un salto. Arrugo mi ceño y él sonríe, como si hubiera logrado lo que quería. Distraerme.

—Disculpe la interrupción —dice él, y la mujer asiente mirándonos de una extraña manera, como si quisiera irse de la habitación.

—Me gustaría ver los documentos cuando estén listos y creo que podremos planear algunas visitas domiciliarias reglamentarias para ver las condiciones en las que viven los niños.

La mujer no nos vuelve a mirar, sólo escribe y escribe, en esa libreta amarilla mientras nos dice esas palabras que ponen mis vellos de punta. Miro a James cuando sujeta mi mano, tan grande y caliente, y la aprieto con fuerza recibiendo su apoyo junto a una corriente que recorre mi espina dorsal cuando besa mi mano con ternura. Este tema me tiene muy ansiosa.

Vivo en una trampa mortal. ¿Ahora qué hago?

Luego de una desesperante hora donde nos pidió nuestra información personal y nos hizo llenar varios formularios con información sobre mis niños, finalmente nos deja ir. No me gusta lo de las visitas, y menos, porque serán sorpresa. Me extrañó ver como Donovan puso su dirección como principal para las visitas. Sé que donde vivo no es el lugar más nuevo de la ciudad, pero es lo más que puedo hacer, eso debe valer, ¿no?

—¿Le puedo hacer una pregunta, señora Turner? —le pregunta él cuando salimos de la oficina detrás de ella.

—Por supuesto —dice ella, sonriéndole de más al sexy berserker.

—Nos dijeron que alguien llamó a la policía. ¿Es posible saber quién ha sido?

Se lo piensa por unos segundos, pero al final asiente, vuelve a entrar a la oficina y James me mira preocupado.

—¿Tienes alguna idea? —me pregunta y niego.

La trabajadora social vuelve y nos entrega un papel. Bueno, se lo entrega a él.

—No debería darles esto, pero parecen buenas personas y Miranda ha cuidado muy bien de los niños.

—Gracias —digo y ella sonríe antes de despedirse y volver a su consultorio.

Aria Stevenson.

—Maldita mujer —espeto y salgo de la estación dando largas zancadas.

—¿La conoces?

—Es mi jefa en la cafetería donde trabajo en el día.

—¿Tienes otro trabajo?

—Las personas pobres tenemos múltiples trabajos, señor adinerado.

—¿Tienes algún problema con mi dinero? —gruñe.

—Por supuesto que no, sólo deja de criticar mi vida. No todos somos iguales.

Niega y vuelve a tomar aire para calmarse, le es imposible mantenerse en su lugar sin demostrar su especial manera de ser. Sé que puedo ser desesperante algunas veces, pero detesto esta parte. Debería ser como su amigo, Dante, él sí que era un caballero atento y amable con todos. Cuando me hablaba sólo podía pensar: «Lástima que yo tenga hijos y que él sea casado».

—¿Qué harás con esa mujer?

—No lo sé.

¿Qué gana ella con esto? ¿Por qué dañarme de esta manera tan baja?

He conocido personas viles en este mundo, pero esto es lo peor que me han podido hacer. Meterse con mis hijos es algo que no le voy a perdonar a esa mujer tan despreciable.

—¿Te llevo a tu casa?

—No. Necesito ir a ver a alguien.

—Vamos entonces.

Ya que me quiere llevar… Me ahorro el taxi.

—Mañana te espero a primera hora en mi oficina para que hablemos sobre lo que haremos de ahora en adelante. Iré pensando en algo y ya acordaremos todos los detalles.

—No tienes que hacerlo. Prácticamente te estás viendo obligado a ver por unos niños que no son tuyos.

No dice nada. Así se mantiene durante todo el camino hacia el hospital donde está internada la señora Hills. Llegamos al hospital y baja la carriola. Sonríe un poco cuando se despide de mí y deja un beso en la cabeza a cada uno de mis bebés. Demasiado bello.

—Mañana hablamos. Si tienes alguna solución que no nos hunda más, lo haremos —dice, me entrega su tarjeta con su número diciendo que es el personal y la dirección de su oficina—. Llámame para guardar tu número.

Asiento, poco convencida, y lo veo subir a su auto. Entro al hospital con la cabeza hecha un gran lío.

¿Cómo pudo volverse todo tan complicado de la noche a la mañana?

Ahora, el señor Donovan se puede meter en problemas por esta mentira y he perdido el trabajo que mayores ingresos me ha dado en estos últimos tres meses. Sé que fue su idea y lo hizo sin siquiera consultarme, pero lo hizo para protegerme y para que no me separen de mis bebés. Todo se puede complicar más. Eso de darles el apellido a mis hijos, es demasiada responsabilidad.

Llego a la habitación de la señora Hills y entro sin avisar.

—Buenos días, por aquí —saludo, asomando mi cabeza.

Su sonrisa aparece cuando ve a los niños y aplaude.

—¿No deberías estar trabajando?

Me siento a su lado luego de darle a mi niño y tomo a mi niña en mis brazos, niego mirando su pierna izquierda enyesada. Le cuento todo el desastre que se armó gracias a su idea de colgar un cuadro que prometí colgar yo misma el fin de semana, y me mira apenada.

—¿Qué hombre hace algo semejante? —Sí, es algo increíble—. ¿Irás a verlo mañana?

—Tengo que hacerlo. Ambos nos podemos meter en problemas por esta horrible mentira. Servicios Sociales estará al pendiente de nosotros y no puedo permitir que me quiten a mis niños.

—No sabes cómo lo siento, Miranda, pero los niños estaban dormidos y me aburría mucho…

No puedo evitar reír y ella me sigue.

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