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Ella y Nuestros Bebés
Marcia E. Cabrero
Capítulo 1

Miranda

Todos tenemos un día perfecto y sería una bazofia decir que yo lo tengo todos los días, pero cada mal momento que paso día a día se ve recompensado al ver las pequeñas y dulces sonrisas de mis preciosos bebés. Dylan e Isis, tienen cuatro meses de nacidos y, a pesar de que han sido cuatro meses muy, muy, muy difíciles al ser madre soltera con sólo veinticuatro años, me hacen feliz. Como nunca antes lo fui.

Dicen que soy exageradamente positiva, pero no le veo razón a amargarme por cosas que no puedo cambiar. ¿De qué me sirve quejarme porque mis hijos lloran, o se hacen del pañal, o porque debo pagar el arriendo de nuestro pequeño apartamento? Son mis obligaciones y, amargada o no, debo solucionarlo. Así que yo decido si quejarme o llevar mi vida lo más tranquila posible disfrutando de mis hijos.

Siempre había estado sola. Mi madre era... trabajaba en algo no muy lindo de mencionar, así que pasaba las noches sola, mientras que, en el día, también estaba sola. Ella no era muy activa a esas horas. Hasta que Servicios Sociales me «rescató» cuando tenía diez años. Mi madre me amaba, de eso no tengo dudas, pero no todos tenemos vidas privilegiadas y eso fue lo único en lo que pudo trabajar una mujer extranjera, sin estudios y con un bebé sin padre. Ella murió dos años después de nuestra separación por una sobredosis de heroína. Sé que puede sonar egoísta, pero me alegra que haya dejado de sufrir.

Recuerdo que solía decirme: No importa qué, siempre sonríe.

Nunca he dejado de hacerlo. Ni en el día más nublado de mi vida, que resultó regalarme lo más preciado que hoy tengo.

Y ahora estoy aquí repitiendo sus acciones, con la diferencia de que yo no tenía dieciséis años cuando me embaracé, en que no tengo uno, sino, dos bebés; y también en que, yo no me prostituyo para vivir. Prefiero tener dos trabajos, dormir poco y vivir en un pequeño apartamento de un destartalado edificio, pero feliz con mis pequeños.

Termino de cambiarlos, a Dylan con un overol de jean que lo hace parecer Chuky, lo que me hace agradecer al cielo el que no es pelirrojo, eso me mataría de miedo; y a mi pequeña princesa le pongo un bonito vestido azul que resalta mucho sus ojitos sin color definido. Los dejo en su coche para ir a llevarlos con la señora Hills y beso sus frentes antes de correr a cambiarme, sintiéndome feliz y afortunada por no haber tomado alguna decisión estúpida.

Toco a la puerta y espero a que mi adorable vecina abra la puerta. Ella ha sido un gran apoyo todos estos meses y no sabe cuánto le agradezco el que esté allí dispuesta a ayudarme. Me acompañó durante gran parte del embarazo y fue quien estuvo a mi lado en el momento del nacimiento de mis hijos. La conocí en un supermercado por casualidad, en uno de esos días en que todo es un desastre, llueve, mojas tus zapatos, tu paraguas se abre y un auto te baño con aguas sucias de pies a cabezas. Creí que ese tipo de días era perfecto para los libros, justo cuando nada puede ser peor, pero me sucedió. Guao.

Me sacó del supermercado, que más que calentarme, estaba enfriando mis huesos, me compró un delicioso chocolate y me llevó a su apartamento; al día siguiente me ayudó a conseguir este lugar para vivir, muy cerca de ella. No sabe cómo se lo agradezco.

—Mis bebés preciosos —chilla ella, recibe a Dylan y lo llena de besos.

Buenos días para usted también...

—Sí, sí, niña. Adiós.

Me corre de su apartamento luego de tomar a Isis y me quedo en la puerta con una gran sonrisa. Niego y suspiro antes de alejarme de su puerta, le doy un ligero roce a la grieta en la pared de la señora Virginia. Este lugar se cae a pedazos, justo como la vida día a día. Siempre he querido pintarlo, espero poder hacerlo algún día.

Luego de un largo paseo de una hora en autobús, al fin llego a la cafetería, saludo a mi compañera y a mi jefa. Kelly enarca una ceja al verme y me encojo de hombros restándole importancia a mi imagen. Ya sabe a qué se debe. Todo el tiempo estoy con ojeras y cansada, pero no me quejo. Creo que hacerlo, sólo arruinaría mi vida. Además, mis bebés lo valen.

—¿Cómo están? —pregunta Aria, mi jefa, con ojos brillantes y emocionados.

Cada día que veo esos ojos verdes tan extraños y perversos, recuerdo cuando me pidió que le diera a mi Dylan en adopción cuando naciera, y casi muero. Creo que aún me siento ofendida por su comentario de que tengo dos hijos y puedo darle uno.

¿Qué tipo de madre cree que soy?

Ella ya crió a sus hijos. ¿Acaso piensa tener a mi niño como si fuera un juguete?

Me pidió que no me fuera luego de decirle que prefería renunciar y morirme de hambre antes de hacer algo semejante. Primero me corto una mano antes de renunciar a alguno de mis hijos. Llevo trabajando aquí unos ocho meses, recibiendo la generosidad de Aria al aceptarme embarazada y sólo por eso pasé por alto el horrible comentario. Eso, y porque necesito mucho ese dinero.

—Creciendo felices —digo escuetamente con un ligero toque amargo.

Me pongo el delantal ignorando su desagrado y empiezo a limpiar las mesas junto a Kelly antes de abrir la cafetería. Mi compañera empieza a parlotear sobre su perfecto novio, mientras yo aprovecho este momento para perderme en las líneas de la mesa, tan dispares unas con otras, pero que le dan la estabilidad perfecta para hacerla lo que es. Son muy pocos los momentos de tranquilidad que logro tener y los aprovecho al máximo, así sean cinco segundos.

Nuestro día empieza bien, con el señor Mitch despotricando por el horrible café de Aria y exigiéndole que lo haga Kelly. A pesar de todo, ese señor siempre vuelve por más y sólo para mirar el trasero de una enojada Aria. Los visitantes asiduos son los mejores y los más dulces, siempre sonriendo, y los que no, es fácil sacarles una sonrisa.

A media mañana, Aria me pasa una llamada donde una mujer policía me da la nefasta noticia que debo pasar por mis niños lo antes posible. Cuando ocurren este tipo de cosas, no sé si molestarme o reír, pero ninguna vale la pena. Justo hoy, la señora Hills ha decidido tener un accidente.

Bueno, debo calmarme. No es culpa de mi pobre viejecita.

Le comento a Aria lo sucedido y aprieto los dientes cuando le brillan los ojos al sugerirme que los traiga a la cafetería. Para asegurarse de que lo haga, me da las llaves de su auto. Si no fuera porque debo reunir el dinero suficiente para pagar el arriendo y para comprar los pañales de las pequeñas máquinas defecadoras, preferiría quedarme en casa con mis hijos.

¿Ahora quien los cuidará durante mi turno en el bar?

Eso sí será un problema. Allí es donde recibo las mejores propinas y me las perderé.

En media hora llego al edificio, confirmando lo bien que hace tener su propio transporte en una ciudad tan grande y congestionada, y subo rápidamente los cuatro pisos. Al llegar a mi destino, quien me abre es una mujer policía.

—Usted debe ser Miranda.

—Sí, oficial. Vine lo más rápido que pude.

Me hace pasar al apartamento de la señora Hills y me dice que la han llevado a la clínica, ella ha tenido que esperarme y asegurarse de que los niños estarán a salvo. Era eso, o llevar a mis bebés a servicios sociales.

Yo ya pasé por eso y no quiero lo mismo para mis niños.

—¿Vive usted sola?

—Si. Aquí en frente.

La mujer asiente, pensativa.

—¿Puedo ver su apartamento?

Mi mente no lo ha procesado como una pregunta, sino más bien como una petición sin lugar a rechazo. Algo así como, Vamos a ver su apartamento.

Así que tomo a Dylan en mis brazos y la veo sonreír cuando toma a mi pequeñita, que duerme con sus diminutos dedos índice y pulgar en la boca. Ella es una dormilona a diferencia de Dylan, pero cuando despierta, nos regala unos muy sonoros conciertos que provocan dolores de cabeza. Es casi imposible calmarla.

Hago pasar a la oficial y dejo a mis bebés en su corral antes de que mi niña empiece a llorar. Suspiro, aliviada, cuando asiente complacida.

—Nunca pensaría que en este edificio podría haber un apartamento tan bonito.

Sonrío satisfecha. Ninguna de mis cosas es nueva, son sólo cajas de madera y guacales que he arreglado y pintado. La mayoría de las cosas son recicladas y muchas otras, como mis cojines coloridos, los hice yo misma. Tengo una llanta envuelta en cuerda como mesa de centro. ¿No es genial? Las cosas de DIY que se encuentran en internet son realmente útiles.

Me siento tranquila al tener el apartamento medianamente presentable, nada que pueda alterarla, pero, por favor que no me pida ver la habitación. Ese sí es un campo de guerra en forma.

—¿Quiere un poco de café? —le ofrezco mientras pienso si en verdad tengo, porque no hay nada en mi nevera.

Que bestia soy.

—Gracias, pero debo volver a mi trabajo. —Qué alivio—. Tienes unos bebés muy hermosos y eres muy valiente por hacer esto sola.

—Gracias.

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