Buenovel

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August abrió sus ojos y se dio cuenta de que ya había amanecido. Su intención había sido sólo dormir a los niños y reunirse con sus padres para hablar de lo sucedido con ellos, pero al parecer su cuerpo había dicho basta.

Demasiado sólo para dos días.

Palpó en sus bolsillos y encontró su teléfono, que seguro había estado timbrando o vibrando, pero él no lo había sentido. Sin embargo, no había llamadas de nadie, ni mensajes urgentes, lo que indicaba que todo estaba en paz.

Con cuidado de no despertar a los niños, bajó de la cama y salió de la habitación. Todavía llevaba la ropa de ayer, muy arrugada por haber dormido con ella y el cabello bastante revuelto, pero no se metió a la ducha, sino que fue a la cocina por algo de comer. Estaba famélico.

—Aquí estás —dijo Beth mir&