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Locura de amor (No. 1 Saga Locura)
Virginia Camacho
PRÓLOGO

Estoy aburrida –dijo la voz con pereza—. No hay nada qué hacer aquí. Ver a las hormiguitas deambular de un lado a otro no es divertido.

No son hormiguitas –dijo Él—. Son seres humanos.

Igual. Estoy aburrida.

Hubo un silencio en la expansión. Él, con su poder, agitó el aire, y delante de ambos, en medio de la nada, apareció la imagen difusa, como entre una bruma, de una niña que, con sus ojos cerrados y con un rostro inexpresivo, iba girando lentamente en medio de ellos para mostrar todos sus ángulos. Esa niña pronto se convirtió en adolescente, luego en adulta, y, por último, en una anciana; moría y otra tomaba su lugar, su espacio en el mundo. Todo un ciclo de vida pasando en lo que dura un suspiro, en un abrir y cerrar de ojos. Los humanos podían ser bastante patéticos a veces, pensó, y, sin embargo, eran también el motivo de todo.

¿Qué quieres que haga con eso? –dijo la primera voz, mirando con curiosidad la imagen que se volvía a formar. Esta niña que se mostraba aquí podía ser cualquiera allá abajo, pensó.

Diviértete—. ¿Divertirse? Se preguntó. ¿Le estaban dando un juguete o algo así? Miró fijamente a la niña y una sonrisa asomó. Eso le encantaba.

¿Tengo reglas para ello?

No. Tú las pones todas, o casi.

¿De veras? ¿Tanta libertad me das?

Es una prueba.

¿Y si lo hago mal?

Conviene que no sea así, porque es ella quien lo pagará.

¿Y si lo hago bien?

Se te compensará.

¿Con qué? –le preguntó—. Vivo en la eternidad, no sufro ni de hambre, ni de frío, ni de desnudez; no hay nada que me puedas ofrecer que me llame la atención—. Él dejó fluir una energía que le hizo entender que aquello era totalmente errado, y que le hizo cambiar de parecer al instante—. Está bien, está bien –dijo, con una sonrisa—. Ya mismo me ocupo –miró la imagen, y he aquí otra vez una niña con rasgos no demasiado llamativos, y que volvía a nacer, volvía a ser adolescente, adulta, anciana…

Era hora de jugar con ciertos seres humanos a ser todopoderoso; no todos los días se presentaba esa oportunidad.

¡Caray! –dijo, y otra vez apareció la sonrisa de expectación—. Necesitaré poder.

Lo tienes.

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