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VI

Los risueños se detuvieron con el pasar de los minutos. Alejandro los veía ensombrecido, no tanto por la burla como los pensamientos recién nacidos en el cobijo de sus dudas. Ese grito que el anillo profería como si de una alarma se tratase, un anunciante de todo lo que él había perdido ahora poseído en los brazos de otro hombre; vencedor de una liga de leyendas. Pero no era el hecho de perder lo que le afligía, sino el hecho de no entender un cambio tan repentino en el castillo construido en el corazón de su antigua amada, ese en el que se creyó gobernante hasta que su bandera fue desplazada y arrojada al foso de los cocodrilos. La confusión de haber sido destronado tan rápido era lo que le hacía auto flagelarse sin disimularse a sí mismo esa reflexión repentina que ahora le hacía querer huir aun a más velocidad, esperando en silencio el silencio de los demás.

Oriana y su jefe recuperaron la compostura y se irguieron en sus respectivos asientos. La entrevista debía proseguir, más las palabras amenazaban con desvanecerse en la garganta de Alejandro, ahora sumergido y adormido en la inopia lejana.

‒Te toca preguntar ‒ dijo ella, alegre ‒ Puedes preguntar lo que… ‒ Y se detuvo al ver, o mejor dicho escuchar, el eco silencioso de la mirada de su ex prometido. Lo conocía muy bien, desde luego. Estuvieron el suficiente tiempo juntos para conocer mutuamente sus estados de ánimos, aunque no del todo para saber cómo lidiar con ellos, pues esto a veces son tan cambiantes y divergentes como un viento cambia de dirección oponiéndose a la marea. Oriana percibió en un suspiro inocuo el vacío creciente en Alejandro y por un momento se preocupó; tal vez había llegado muy lejos, pero sabía que este soportaba fácilmente una broma, un chiste, una jugarreta, y que por obvia dirección algo más ocurría provocándole el semblante adolorido.

>> ¿Qué sucede, Alejandro? Si te molestó que nos riéramos… ‒ Preguntó con la esperanza de conseguir una respuesta sencilla, pero Alejandro no le respondió. Él la veía, sí, pero no directamente. No a los ojos ni a las mejillas, ni a su cabello ni a su cuello. El la veía en algún punto por debajo del vientre, en las piernas, donde ahora posaban sus manos. Oriana bajó la mirada y se las examinó. Su anillo resplandeciente se alzaba orgulloso como el mismo día en que su prometido, de rodillas y nervioso, le hizo la preposición. Alzó la cara y vio a Alejandro con la mirada clavada en él. En ese momento lo comprendió. Acatándose a sus reglas, no diría más. Él debía hacer la pregunta.

Alejandro, ensimismado, se debatía internamente. Una lucha furiosa entre curiosidad y miedo, entre ira y valentía. Una pregunta que en sí mismo resurgía con la indignación de un perdedor, pero cuyo espíritu cobarde, haciendo alarde de control, le impedía su tan aclamada explicación, pues la respuesta bien podría ser una maldición con careta de bendición. Sin embargo, ¿qué más daño podría hacer? Su lastimada biología no poseía en sí nada más que ser arrebatado, pues su tesoro yacía enterrado en una isla desconocida y lejana, y él no poseía un mapa. Si la ignorancia es una dicha, eso solo aplica para aquellos cuya sabiduría es relevante, y él no entra en esa categoría. Una pregunta sencilla que con el tiempo él mismo respondería, pero de ser así jamás la escucharía de esa voz que en sus días adoraría, luego aborrecería y finalmente extrañaría. Una oportunidad presentada debe ser tomada como un tren en su andén a punto de partir, como ya lo hizo una vez en el pasado.

Alejandro tomó aire y dijo:

‒Una pregunta sencilla que involucra a tu ex a tu prometido ‒ Oriana asintió ‒ ¿De verdad amaste al primero? Porque si de verdad lo amaste tanto, y ha pasado tan poco, ¿cómo es que estás comprometida de nuevo? ¿O es qué no amas a tu novio actual?

‒Eso es más de una pregunta ‒ Interrumpió el jefe dando como resultado ser ignorado.

‒Amo a mi prometido ‒ Dijo Oriana ‒ tanto como amé a mi ex.

‒Entonces…

‒ ¿Cuál es la medida del amor? Muchos intentan medirlo en días, horas, minutos, gestos, meses y cuanta tontería se les ocurra. Se inicia la doctrina del tiempo. Dejamos que el tiempo nos gobierne en vez de gobernarlos nosotros a él. Decimos que necesitamos cierta medida de tiempo para hacer un oficio, para estudiar, para descansar, para divertirnos e incluso para amar. La vida no es el tiempo que vivimos sino el que estamos viviendo; esos son dos conceptos diferentes. No se necesita tiempo para amar, a veces solo se necesita un segundo, porque cuando amas a alguien, ese segundo se vuelve eterno. Ese momento en el que nace un viejo amigo, porque, aunque ya lo conocemos, siempre será nuevo y excitante, como leer el mismo libro dos veces con dos finales diferentes.

>> ¿Por qué se debe esperar cierto tiempo antes de decir que amas a alguien? Una madre ama a su hijo desde el momento en que nace, ese en el que lo sostiene en sus brazos y se da cuenta que su vida ha cambiado para siempre. Ese momento no se diferencia en nada con aquel en donde besas a ese ser ansiado, cuando te das cuenta que no quieres separarte de sus labios. Cuando sus brazos en tu espalda te dan paz y un futuro añorado y apasionado que por tanto tiempo se mantuvo escondido bajo la alfombra de tu sótano. Nos obligamos a esperar, a calcular antes de amar porque decimos que eso es lo lógico, pero el amor no es lógico. El amor es temperamental y rebelde, obedece sus propias normas y no necesita esperar a nadie para nacer. El simplemente llega, marca territorio y lo deja todo en tus manos. De ti depende cuidarlo, trabajarlo o espantarlo para que se vaya hasta que regrese de nuevo con su inconstancia. Es muy consecuente ‒ Guardó silencio unos segundos y esperó una reacción de Alejandro. Este asintió sin decir más. ‒ Si amo a mi esposo es porque esa conexión nació casi desde el primer momento, y ha permanecido inalterable desde entonces. La única diferencia con mi ex, es que lo he amado por menos tiempo, porque a fin de cuenta, no importa si amamos mucho o poco, sino por cuanto tiempo lo hacemos.

El jefe anotaba todas las palabras exasperado, pero con rapidez, intentando captar cada silaba para no cometer ningún error. Alejandro se veía reflejado en los ojos de Oriana y se preguntó una vez más como había vivido tanto tiempo sin escuchar sus palabras. Sus palabras, que, dirigidas a él, le ofrecían calma a una tempestad de la cual apenas era consiente. Algo en su interior se aflojó, se desprendió de sus cadenas y tranquilamente dijo adiós. Se despidió de todo y abandonó su cuerpo como si nunca lo hubiese poseído. Un extraño visitante se deslizó por su mejilla llevándose consigo su carga, liberándolo de este peso. Alejandro relajó los músculos, sintiéndose extrañamente tranquilo. Le pidió a Oriana que hiciera su pregunta.

No se dio cuenta que estaba llorando.

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