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IV

‒ ¿Es usted virgen? ‒ Disparó ella sin pensarlo. El jefe soltó un bufido y Alejandro abrió los ojos, sorprendido. Oriana expandió su sonrisa.

‒ Este… No, no lo soy, ¿por qué hace esa pregunta?

‒Tiene pinta de ser virgen. ‒ El jefe río con pocas ganas y sin disimularlo, hipeando entre carcajada. A Alejandro ya no le cupieron dudas de que ella le estaba vacilando, burlándose; su sonrisa era prueba de ello. Oriana tenía por costumbre hacer preguntas fuera de lugar y sin ningún sentido solo por mera diversión. Alejandro, por tonto o por enamorado, siempre caía en la trampa.

‒Pero, ¿por qué dices eso?

‒Pareces un hombre que no ha amado en mucho tiempo. Por lo tanto, tampoco ha sido amado. No tienes ese toque femenino que tienen aquellos que poseen una mujer en su vida. Hay algo en ti, un vestigio de tu pasado, que enseña el hombre enamorado que alguna vez fuiste, pero que dejaste de ser hace mucho. Supongo que ya no estás enamorado de nadie, ¿verdad?

En un mundo por completamente sincero, Alejandro respondería un No sé, tal vez aún esté enamorado de ti, pero dadas las circunstancias, no se podía permitir ser sincero. De todas formas, ella tenía razón, hace mucho que nadie lo había amado, lo cual da como respuesta el mismo resultado. Después de todo, de nada sirve amar a alguien si esa persona no te ama devuelta.

‒No, no estoy enamorado de nadie, ni nadie está enamorada de mí.

‒Entiendo. Te toca preguntar, Señor Entrevistador.

¿Por qué te fuiste? ¿Aún piensas en mí? ¿Pensaste en volver? ¿Me has extrañado? ¿Te arrepientes de algo? ¿Me olvidaste rápido? Escoge una pregunta y lánzala, Alejandro, tienes a montones. Tantas preguntas que se le ocurrieron con el pasar de los años, que hubiese matado por hacérselas, y ahora ninguna venía a su mente, y las pocas que daban un paso adelante eran alejadas con desprecio.

‒ ¿Con cuántos hombres estuviste tras terminar con tu novio y antes de conocer a tu esposo?

Era estúpida, infantil y fuera de lugar, pero aún la pregunta salió sola, casi sin su permiso. Le sorprendió reconocer que tenía esa duda sin darse cuenta. Una simple curiosidad inmadura, pero con una pizca de importancia.

Oriana levantó la mano y comenzó a contar con los dedos. A Alejandro se le encogió el corazón.

‒Es un chiste ‒Bromeó ella bajando la mano. ‒ Con ninguno, en realidad. Si me fui es precisamente para concentrarme en mi carrera, no estaba para buscar un hombre. Además, le guardaba el suficiente afecto a mi ex como para que eso me impidiera relacionarme con otra persona como si nada. Me es muy difícil tener relaciones con alguien si no hay un afecto detrás.

Alejandro no lo dudó, pero no porque él hubiese seguido el mismo ejemplo. Al aceptar la desaparición de ella en su vida, su cuerpo se vio famélico de afecto. Un dolor y un grito de súplica que le exigía recibir el tacto de otro ser humano; una acaricia que le tranquilara y erizara sus poros, recordándole que aún podía sentir calor, calma y deseo. Eso lo llevo a buscar dicho afecto con desespero, entre encuentros de sexo casual y pretendientes inestables que nunca llegaron a traspasar algo más que las sabanas de su cama, pues su alma seguía hermética ante cada nueva posible fuente de luz que se hiciese presente. Oriana en cambio sentía la calidez de sus objetivos y eso la abrazaba, pero Alejandro, en el frío de su existencia, se aferró a faroles envenenados que solo enfermaron más su ser.

Tal vez ella pudo leerle los pensamientos a Alejandro, pues por un segundo la decepción bailó en su semblante y Alejandro bajó la mirada como un niño arrepentido.

‒Me toca preguntar.

‒Sí, pregunta.

‒ ¿Has estado con un hombre? ⸻ Dijo en son de burla.

El jefe, con puso un gesto extrañado y miró a Alejandro dispuesto a intercambiar a una mirada que dijera “¿Está jugando contigo?” pero se sorprendió al ver su empleado. Oriana mostró una sonrisa que desapareció poco a poco al ver como Alejandro se ruborizaba y luego río con fuerza.

‒Oh, pensé que eras heterosexual. Da igual, ¿sabes? No debiste ocul… ⸻empezó a decir Hector, pero Alejandro lo interrumpió.

‒Soy heterosexual.

‒ ¿Entonces por qué…? ⸻pero de nuevo no terminó la pregunta. Se quedó viendo a su empleado, como encajando las piezas, y luego comenzó a reir.

Jefe y ex prometida, ambos rieron al conocer la respuesta oculta en el silencio de Alejandro, quien, en su mísera vergüenza, quería lanzarles la silla ambos y salir por la puerta.

‒Tienes que contarnos como fue eso ‒ Dijo la mujer como pudo entre carcajadas.

‒Eso no es parte de la entrevista.

‒Sí lo es. La dinámica es responder con sinceridad a la respuesta del otro.

Alejandro la vio y suspiró.

‒Verás…

Y lo relató:

En una de esas noches perdidas donde la bebida era la amiga que le acogía en su desdicha afligida, tal fue su nivel de embriaguez que el sentido se perdió y se quedó en la copa que había pedido. Poco recordaba de esa fatal noche como para ofrecer detalles. Sabe que llegó al establecimiento y pidió una copa, luego otra. Así fueron dos copas, tres, cuatro, cinco… La cuenta se perdió y tras ella una sombra se estableció a su lado y le busco la conversación. Hubo risas, o eso cree recordar. Intercambios de palabra que apenas tenían sentido por y para un hombre ebrio que, al tratar de levantarse e irse, estuvo a punto de caerse y tuvo que sostenerse de aquella sombra. Sabe que la sombra le ofreció llevarlo a su casa en su auto. Sabe que atravesaron a la ciudad hasta llegar a la casa equivocada, pues era el apartamento de la sombra donde había llegado y donde estaba siendo desvestido sin apenas notarlo. Fue entonces cuando un atisbo de sobriedad se irguió y la sombra adoptó una forma. La forma de un hombre de cuarenta y tanto años, tan ebrio como él, con las mejillas sonrojadas y el brillo de la inocencia en su mirada. El grito de Alejandro atravesó las paredes del apartamento. No pudo ser educado al empujar al hombre hasta verlo tropezar, colocarse de nuevo la ropa que ya casi no tenía, decir gracias por el aventón y luego salir corriendo del apartamento hasta las calles de la ciudad. Entre tambaleo y tambaleo recorrió todas las cuadras que pudo hasta caer ebrio en el portal de un edificio y no despertar sino hasta la salida del sol, mareado y confundido, con resaca y dolor, con los siguientes días acordándose por retazos de su posible aventura homosexual.

‒Técnicamente no llegué a hacer nada… ‒ Dijo Alejandro a gritos intentando hacerse oír entre sus dos acompañantes desternillados de risa.

Oriana se sujetaba del abdomen con una mano y de la silla con la otra para no caerse. Su jefe se había rendido y ya estaba en el suelo sin poder contenerse. Alejandro los odio a ambos en ese momento.

            ⸻No es como si la bisesexualidad tuviera algo de malo, ¿saben? Podría acostarme con un hombre y no tiene por qué ser divertido.

            ⸻Pues sí ⸻respondió Oriana⸻, pero el hecho de que seas heterosexual y te pase algo así es gracioso. ¿Políticamente incorrecto? Sí, pero divertido.

            ⸻Hay hombres ⸻intervino el jefe⸻ que, al quedarse sin pareja, la soledad los lleva a… experimentar.

            Alejandro y Oriana se le quedaron viendo. El jefe, como de repente avergonzado, ocultó la cabeza tras su libreta, pero rompió a reír cuando Oriana hizo lo mismo.

            Alejandro los fulminaba con la mirada.

           

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