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III

Momentos de lágrimas derramadas en la oscuridad de una habitación; canciones acompañadas de recuerdos ajenos pero un mismo sentimiento; una desolación impropia de un hombre sonriente; una incógnita sin respuesta en un mundo de dudas intangibles; historias sin final, inconclusas en libros de páginas marchitas y tinta derramada; amaneceres deteniéndose en pleno ocaso, dejando el mundo a medias, sumido en oscuridad y luz. Todos estos pensamientos apuñalaron a Alejandro al verla entrar. Todo fue en un segundo en el que pudo verse a sí mismo y todo lo que había sido en ausencia de aquella que entraba en la oficina. Dos años de superficial existencia le cayeron encima aplastándolo contra el suelo, quebrando su voluntad; aunque sus pies, tan alejados de su cabeza, se mantuvieron firmes en honor a su tarea.

Oriana entró saludando al jefe con cordialidad, giró la mirada la interior, y una expresión de absoluta sorpresa se plasmó en su semblante. Se quedó ahí, de pie, mirando a su ex prometido de arriba abajo, como si no les diese crédito a sus ojos.

El silencio hizo acto de presencia ante los dos enmudecidos que se observaban fijamente sin articular palabra. Ella lo veía, solo lo veía, con una evidente sorpresa, pero sin ninguna otra expresión. Alejandro intentaba leerla fallando como siempre, pues ni escrutando en su alma podría descifrarla.

Se maldijo a sí mismo, pues ella seguía siendo hermosa, o tal vez lo era aún más, de ser posible. Tenía el cabello más corto, a la altura del hombro, pero este seguía siendo brillante como el día en que la conoció. Sabía que su sonrisa seguiría siendo encantadora, aunque no la estuviera viendo. Su mirada, tan llena de pureza, pero a la vez de sabiduría, tan viva, tan llamativa, como dos brillantes perlas en lugar de pupilas, que te invitaban a apreciarlas eternamente deseando verte reflejado en ellas para así compartir su esplendor. Vestía un vestido ceñido al cuerpo, evidenciado su figura; largo para ocultar sus piernas. Sus labios finos le dieron recuerdos de cuando los besó por primera vez con el corazón acelerado. Sus mejillas, sus pómulos; todo seguía ahí y por un momento Alejandro se sintió transportado al pasado y tuvo el impulso de acercarse a ella y besarla. Besarla como un último primer beso. No podía hacerlo, no debía hacerlo, pero que le cayera un rayo si llegaba a jurar que no lo deseaba.

La antigua pareja continuaba viéndose cuando el jefe habló:

‒Este será su entrevistador. Por favor, señora Alai, póngase cómoda.

‒Gracias – dijo ella. Alejandro sufrió un cosquilleo al escuchar su voz.

Oriana Rodriguez, artísticamente conocida como Alai, se sentó en el sofá cercano a la puerta. El jefe, ignorando el incómodo silencio, se fue a la silla del fondo, en la esquina. Alejandro, alelado, se posó en el asiento frente a Oriana, sin saber a dónde mirar, aunque sin poder apartar la vista de ella.

‒Este es Alejandro Márquez. Esta será su primera entrevista y está muy honrado de que sea con usted.

‒ ¿Ah sí? – Preguntó ella con un deje de sarcasmo.

Alejandro no respondió.

‒Si se le ofrece algo: Una bebida, algo de comer, lo que sea; usted solo ordene.

‒Gracias, es muy amable.

¿Qué hará? ¿Enviar a alguien a que se lo compre en el kiosco de al frente?

‒Nos sentimos muy afortunados de que haya aceptado entrevistarse con nosotros, señorita.

‒No tiene que agradecerlo, siempre le he tenido un gran respeto a su revista. Solía leerla con mi ex prometido

A Alejandro le dio un vuelco en el corazón. Se refería a él, claro. Oriana lo había dicho mirando a su jefe, pero en el último momento, giró en su dirección, tal vez para observar su reacción. Alejandro no dijo ni hizo nada, se sentía estúpido y se estaba preguntando como demonios haría la entrevista si apenas podía hablar y no había anotado ninguna pregunta.

‒Bueno, cuando gusten, pueden empezar. –Dictó el jefe desde su asiento y sacó un pequeño cuaderno con un bolígrafo.

Alejandro y Oriana se miraban. Ella sonreía ligeramente, parecía divertida. Alejandro, por su parte, abría la boca, la cerraba, la volvía a abrir y la volvía a cerrar. Cada una de sus neuronas le exigía con violencia decir algo, mas el cuerpo, rebelde, se negaba a obedecer.

Alejandro bajó la mirada a su libreta donde se suponía debía tener las preguntas; lo hizo para ganar tiempo, porque estaba muy consciente de lo vacía que estaban sus páginas. Por si acaso pasó la hoja, con la esperanza de hallar algo anotado, pero no. La libreta esta vacía y él jodido. Alzó la mirada de nuevo y no le ayudó notar como la sonrisa de Oriana se mostraba más ancha.

‒Así que es tu primera entrevista, ¿verdad?

‒Sí.

‒Es curioso que dejen a un novato hacer una entrevista como esta

Hector susurró algo parecido a: “Recorte de personal” pero apenas se le entendió.

‒Todos debemos empezar por algún lado, ¿no? –Dijo Alejandro – Tu meteórica carrera debe de haber tenido algún inicio. Un punto de partida.

‒Sí, un lento inicio, diría yo. No fue sino hasta hace dos años que comenzó a dar frutos, aunque ya le había dedicado gran parte de mi vida. Desde mi muy temprana adolescencia me gustó el modelaje y la actuación, así que mis padres me llevaron a casting, talleres y compañías de modelaje. Aún así la verdad es que pasé de ignorada a reconocida muy de golpe.

‒Ya veo… ¿y cómo es que fue tan repentino?

‒Bueno, mi agente me consiguió un buen contrato, la mejor oportunidad de mi vida con el único, pero de que era lejos de mi hogar. Decidí aceptarlo. Dos años después, aquí estoy.

‒Sí, aquí estás… - Aquí estás se repitió a sí mismo en un tono muy diferente. – Imagino que fue una decisión muy fácil para ti, después de todo, es tu carrera

‒No, no fue tan fácil.

‒ ¡Ah, no lo fue! – Exclamó con sarcasmo - ¿Estás segura?

‒Sí, lo estoy –Oriana detonó algo de impaciencia en su respuesta. Ahora era Alejandro quien sonreía con amargura.

‒ ¿Y por qué no?

‒Bueno, tuve que irme del único país que conocía. Alejarme de todo. Dejé a muchos amigos, me alejé de mi familia y tuve que terminar con mi prometido de ese momento

‒Claro, claro, el novio… Nunca hablas mucho de él. Debe de haberlo aceptado de las mil maravillas.

‒La verdad no estoy segura. En el momento le dolió, claro, al igual que a mí; pero más nunca tuvimos contacto. Intente escribirle, pero no respondía. Creo que fue algo idiota, en realidad.

‒ ¿Idiota?

‒Sí, yo quería que siguiéramos siendo amigos, pero él me sacó de su vida.

‒Tal vez no soportaba tenerte en su vida solo como amiga.

Ambos guardaron silencio.

Alejandro recordó haber leído, con mucho dolor, cada palabra de lo que ella le escribía. Apenas y recordaba el contenido de esas cartas, pero sí sus sentimientos. Cada carta era un recordatorio de lo que pudieron llegar a ser y nunca sucedió. Al leerlas, podía escuchar su voz, podía oler su perfume, podía imaginarla sentada escribiendo, como tantas veces la había visto sentada en su computador mientras él la esperaba en la cama. Nunca respondió las cartas, y jamás imaginó que a Oriana le importaría.

‒ ¿Por qué crees que no respondió?

‒No lo sé, tal vez nunca le interesó saber de mí. Tal vez no le valía el esfuerzo que hice al escribirlas.

Ahí estaba, con una sola respuesta ella podía hacer que se arrepintiera de toda su vida.

‒De todas formas, eso no importa ya. Hace poco anunciaste la feliz noticia. Te vas a casar

‒Sí, y muy pronto.

‒ ¿Y estás feliz con eso?

Ella lo miró unos segundos antes de responder.

‒Sí

Levantó la mano dejando ver su anillo de compromiso. Ese que lucía con orgullo un gran diamante. Alejandro lo vio sintiendo una enorme roca deslizándose por su garganta hasta caer en el estómago. Ese anillo era como el lazo que faltaba al cerrar un sobre y enviarlo a su destino; tarde o temprano llegaría y simbolizaría todo lo que hay adentro. Bendito y maldito anillo.

‒Felicidades.

‒Gracias.

Otro incomodo silencio se hizo entre los dos.

‒ ¿Qué crees que opinaría tu ex novio sobre tu nuevo compromiso?

‒No lo sé… ‒ Respondió ella tras dudarlo. Algo llamó la atención de Alejandro, algo en sus ojos. Esos ojos tan dichosos y llenos de vida se vieron opacados por un sentimiento escondido reflejado en sus pupilas. Un miedo debajo de las capas de la alegría se asomó para que se supiera de su existencia, y tomando control de Oriana, le hizo decir: ‒ Tan solo espero que no me odie.

Alejandro la observó fijamente como hacia cada mañana al despertar a su lado. Ella le devolvió la miraba. ¿La odiaba? No estaba muy seguro. Dentro de él se guardaban sentimientos encontrados que se fundían entre sí en un torbellino desesperado que lo atrapó en el epicentro de todo. ¿La odiaba? Tal vez… No podía odiarla por ser feliz, en todo caso odiaría a su reflejo por no serlo también. ¿La odiaba? Una lágrima escondida intentó salir, pero Alejandro la contuvo y la devolvió al nudo en su garganta. No la odiaba, o al menos creía que no, pero tantas preguntas lo acudieron que lo hicieron dudar de su propia afirmación mental.

 ¿Por qué me dijiste “Te amo” para luego decir “Adiós”?” Le quiso preguntar. “¿Por qué me diste tantos besos que luego extrañaría por la madrugada? Dejaste tu perfume en mi cama y ahora no puedo ignorarlo. Te acostaste ahí, dormiste a mi lado, luego te marchaste y no viste atrás. Los momentos más felices de su vida son aquellos que ahora le otorgan más dolor y todos por esas promesas sin cumplir que dejó la chica que ahora entrevista. ¿A tu nuevo hombre le dices que lo amas con la misma pasión con la que me lo decías a mí? ¿Él también puede ver ese cariño en tus ojos, esa confianza, que le hace sentirse especial por el hecho de estar contigo? Las dudas llevan a lo desconocido, lo desconocido lleva al miedo y el miedo lleva a la ira. Y Alejandro tenía muchas dudas. Por un momento quiso gritarle cada una de estas preguntas, pero se vio a imposibilitado por ese sentimiento que era en realidad el detonante de todo su dolor.

‒No, no creo que él te odie ‒ Dijo al fin.

Oriana respiró aliviada, obviamente sin saber que decir. Alejandro bajó la mirada hacia su libreta y recordó el porqué del encuentro

‒Creo que es hora de dar inicio a la verdadera entrevista. Así que… eh… ‒Comenzó a decir, pero ella lo interrumpió sonriendo.

‒ ¿Sabes? Me han hecho muchas entrevistas, y como en este momento no estoy trabajando en nada particularmente nuevo, no hay mucho que me puedas preguntar

Alejandro intercambió una mirada de confusión con su jefe.

‒ ¿Estás cancelando la entrevista?

Oriana se rió

‒No, pero te propongo algo, Señor Entrevistador. Vamos a hacer una especie de entrevista en un formato diferente. Más dinámica, como si fuese una conversación. Así podrán publicar algo original.

Alejandro guardó en silencio. Una pequeña chispa se incendió en él. Infería a lo que ella llegaría

‒ ¿Una conversación?

‒Sí, como dos viejos amigos. Tú me haces preguntas a mí, yo te las hago a ti, y así desarrollamos la entrevista.

Culminó su explicación con una sonrisa pícara. Era curioso ver como una imagen tan tierna, en esos labios tan finos y sensuales, podían mostrar picardía de un modo tan natural. Alejandro vio a su jefe, quien le devolvió la mirada, miró a la modelo y siguió escribiendo después de un pequeño gesto con su mano que Alejandro entendió como: “Has lo que ella ordene”.

‒Muy bien, Señorita Alai, las damas primero: Haga su pregunta.

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