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Capítulo 4

Dana

La voz baja e intimidante llena mis oídos y me hace estremecer. — ¿Demetrio? —la sangre se ha drenado completamente de mi cuerpo y amenaza con dejarme sin fuerzas hasta desvanecerme en el suelo. Mi garganta se seca en segundos e impide tragar saliva.

Las palabras no salen.

«Nos ha encontrado» La palabra se repite rápido dentro de mi cabeza aturdida, en shock, bloqueada.

Pienso en el momento en donde el hombre del restaurante nos observaba. Cierro los ojos y maldigo.

¡Eso no ha pasado ni 24 horas! ¿Pero cómo...? ¡Maldito Avión Privado, Dana! ¡Maldito, Avión privado!

Se escucha otro toque en la puerta y me hace brincar en mi lugar, me alcanzo a cubrir la boca con mi mano para acallar el jadeo que ha salido por sorpresa. Da otro toque más fuerte al ver que no contesto.

—Abre la puerta...por favor.

Su voz suena como un ruego desesperado y sin haberme dado cuenta mis lágrimas en algún momento han salido, aprieto más mi mano a mi boca para evitar hacer cualquier ruido. Tomo aire despacio y lo suelto para tranquilizar el corazón agitado. Mis manos temblorosas tocan apenas la madera de la puerta que nos separa.

— ¿Qué es lo que haces aquí, Demetrio?

Mi tono ha salido demasiado bajo como para que me escuche. Estoy tan temerosa en la forma que vaya a actuar en contra de mí, ya sea legal, o simplemente arrebatarlos de mi lado sin piedad. O el vengarse por mi abandono...miles de cosas cruza por mi cabeza.

¡Tuve motivos! ¡Estaba desnudo en la cama de su ex prometida! ¡Y no en una habitación, en su habitación! ¡No, el señor me ha engañado! ¡Calma, Dana! ¡Calma, respira!

—Sólo abre la puerta...hace frío aquí afuera—tomo aire y lo vuelvo a soltar lentamente, el corazón sigue aferrado al sonido de su voz.

«Traidor»

Han pasado siete años, ¿Qué dirás al verlo a la cara? ¿De nuevo ese sentimiento como la noche en la que estaba amarrado de las muñecas del respaldo de hierro? ¿Le grito? Mejor no abro y que se vaya, llamaré a Louis y le diré que me lleve de aquí de nuevo...

—Vete, vete por favor, yo...—mi voz es casi un ruego de miedo, sin darme cuenta suelta un sollozo de dolor, mientras cierro mis ojos y cubro de nuevo mi boca con mi mano temblorosa...dejo caer mi frente a la madera de la puerta.

—¡¡NO ME IRÉ!! ¡YA PERDÍ SIETE MALDITOS AÑOS SIN USTEDES! ¡Y HOY QUÉ SÉ DONDE ESTÁN NO PIENSO DEJARLOS, NO MÁS AUSENCIAS DANA! ¿ESCUCHASTE? ¡NO LOS VOY A DEJAR! ¡ABRE LA MALDITA PUERTA! —espeta al mismo tiempo que golpea fuertemente la puerta y eso me llena de miedo.

Retrocedo rápidamente, observo hacia las escaleras, y doy gracias a Dios que las habitaciones están al fondo y no se escucha como para despertar a los niños. Regreso de nuevo la mirada a la puerta cuando escucho la voz de Jefferson.

«Jefferson»

Le dice que tiene que tranquilizarse, que regrese mañana, pero él dice algo entre dientes y suena molesto, repitiendo una y otra vez que no se moverá de aquí. Todos los sentimientos que tenía escondidos en algún lugar salen a la superficie y estoy a punto de abrir la puerta y estrangularlo con mis propias manos si despierta de esta manera a mis hijos.

«También son sus hijos, Dana»

Se hace un silencio, mi corazón se aferra a seguir exaltado, mi mano acaricia el lugar donde palpita a toda velocidad, e intento buscar dentro de mí ese coraje, ese rencor, esa fuerza que me hizo entrar a esa habitación hace años y enfrentarlo. Esa fuerza con la que di el paso para levantar su barbilla y encararlo...esa fuerza, ese odio...esa decepción.

—Dana...mi dulce Dana...—suelta un suspiro agotado—...por favor abre, nena. Abre esta puerta, deja de poner distancia entre nosotros. He pasado un infierno estos siete malditos años cuando desapareciste…—su voz se hace un sollozo y aumenta cuando da varios toques a la puerta. El nudo en mi garganta ha crecido a montones y las lágrimas siguen fluyendo más al escucharlo romperse.

Sin verlo venir y por primera vez, su llanto inunda el espacio. Es la primera vez que lo escucho llorar y como si perdiera la fuerza de mi voluntad, mi cuerpo se acerca a la puerta, mi mano al picaporte de la puerta con una quito la seguridad y abro la puerta en silencio.

Y ahí está.

De rodillas en mi puerta, Jefferson en silencio intenta levantarlo del suelo de piedra frío que adorna la entrada principal, pero él se niega a levantarse. Jefferson se da cuenta de que la puerta se ha abierto y de mi presencia, puedo ver que su rostro, se suaviza en un gesto cálido y muy familiar, nuestras miradas se cruzan por breves segundos y entiende. Se separa de Demetrio y pone espacio.

Demetrio al no sentir la insistencia de Jefferson, levanta la mirada lentamente...y no es el hombre que dejé en Los Ángeles. Dios mío, es un hombre demasiado demacrado, delgado y le cuelga un poco el traje, tiene marcas debajo de sus ojos como si no durmiera lo suficiente. Está todo despeinado, su americana arrugada y la mitad de su camisa la lleva afuera del pantalón. Y es cuando entiendo las palabras de Irina mi mejor amiga y novia del hermano mayor de Demetrio.

«Es un muerto… en vida»

—Levántate—lo digo en un tono frío. No sé de dónde ha salido, pero me enfurece de alguna manera verlo ahí. ¿Será que nunca lo he visto tan descuidado? Sus ojos me inspeccionan detenidamente.

—Dana, yo...—intenta decir algo, pero se escucha más un balbuceo y arruga su frente sorprendido. —Te has dejado crecer tu ca...

Lo interrumpo.

— ¡Qué te levantes! —suelto ahora en un tono más alto. Y reacciona como un niño regañado.

—Ya lo estoy haciendo...—murmura bajo mientras se pone de pie.

Levanto la mirada hasta la suya cuando se pone de pie completamente. Es más alto de cómo lo recordaba, intenta arreglar su camisa y alisa nerviosamente su americana, mostrando nerviosismo.

— ¿Quieres hablar? —le suelto furiosa de verlo así y es algo que no me puedo explicar.

—Si. Quiero explicarte que...—levanto una mano para que no siga.

—Hablaremos. Pero luego… te marcharás de nuestras vidas—sus ojos se abren de la sorpresa de mis palabras.

Niega en silencio e intenta decir algo, pero no le salen las palabras y sus ojos vidriosos regresan.

Jefferson me hace señas que regresa en un momento.

«Mierda, m****a, m****a»

No quiero quedarme sola con Demetrio, piensa Dana, piensa. Entra al auto como buscando algo.

Regreso la mirada a Demetrio quien no ha dejado de mirarme. Las cosas están escritas de esta manera, tengo que afrontarlas, pero al verlo bien delante de mí, hay un sentimiento profundo que hace ablandarme y suavizar mi rostro. Quisiera abrazarlo, tenerlo pegado a mi cuerpo y decirle que algún día intentaré perdonarlo...podría intentarlo. ¿Habrá pagado lo que nos ha hecho? El estar separados, sin nosotros, ¿Habrá saldado su castigo?

«No te amo»

Su voz y sus palabras resuenan con fuerza en mi cabeza y regresa mi muro. Me hago a un lado para que pase y duda en hacerlo.

—Hace frío, y no soy tan maldita para dejarte parado aquí...

Él sonríe débil.

—Eso pensabas hacer al no abrir...—pongo mis ojos en blanco al dar con eso. Y sonríe de lado.

«No lo mires, aleja tu mirada de...oh, esa sonrisa.... ¡Dana! Si, si, fuertes. Muro arriba. Tono frío»

— ¿Vas a pasar? Está entrando el frío al interior—digo en un tono seco y su sonrisa se hace mueca al ver que me vuelvo a poner dura. A lo lejos viene Jefferson. Demetrio entra y se queda a mi lado, esperando a que cierre la puerta. Jefferson acelera el paso y al entrar busca mi rostro. Le doy un abrazo que lo sorprende hasta a mí. Jefferson siempre me protegió, cuidó de mí y fue alguien que me sostuvo esa noche.

—Jefferson.

Su mirada es cálida y puedo notar cierto alivio en su rostro. Regresa discretamente el saludo en forma de una sonrisa y un movimiento de barbilla.

—Bueno, a mí no me ves en siete años, recibo una reprimenda por no entrar ¿Y él recibe un abrazo? —suena dolido.

Lo miro.

—Él no me ha engañado con una ex prometida.

Su rostro palidece y Jefferson baja la mirada. Los hago pasar a la sala y les digo que regreso en cinco minutos. Subo y me pongo algo más apropiado, reviso las habitaciones de los gemelos y siguen dormidos. Eso me tranquiliza.

Voy bajando las escaleras en silencio con cuidado y escucho a Demetrio decirle a Jefferson que puede regresar al hotel, que el tomará un taxi de regreso, pero la mirada de Jefferson es de indecisión. Bajo rápido para detenerlo, no quiero estar a solas con Demetrio, si se altera, Jefferson puede defenderme.

Jefferson intenta abandonar la sala, pero gano el paso.

—Jefferson, toma asiento por favor. Quiero que estés presente y seas testigo de lo que le diré a tu jefe.

Jefferson abre los ojos como platos sorprendido a mi pedido.

Vamos a hablar, así que mejor que Jefferson esté presente.

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