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LAS AVENTURAS DE JOSE ANTONIO EN LA COLONIA
El imprudente
CAPITULO I: UN BUEN COMIENZO… LA FAMILIA ¡QUE PERLA¡

UN BUEN COMIENZO… LA FAMILIA ¡QUE PERLA¡ 

Eran los años 1710 en Cádiz (España), José Antonio había sido entrenado en esgrima, y había ido a la escuela gracias a su tío que lo crio como a un hijo desde los nueve años. Su tío José Joaquín Calderón de 36 años lesionado en guerra (en una de las tantas batallas de su majestad) no podía tener hijos, y le dijo a su hermano Antonio Calderón que con gusto se haría cargo de uno de sus 9 hijos, como si fuera suyo, sin negarle sus derechos de padre, y devolviéndolo a su hogar paterno si el niño no se adaptaba. A Antonio no le sonó mucho la idea, sin embargo, dos causas le impulsaron a aceptar tal proposición, la primera era que tenía una situación económica muy ajustada y sabía que llegado el caso, no podría enviar a todos sus seis hijos varones a la escuela, y la segunda razón, es que tenía a un hijo muy, pero muy rebelde que en serio le preocupaba: José Antonio, que era el tercero de todos sus hermanos y que no le obedecía ni mostrándole el cinturón con el que trataba de disciplinarlo. Tenía tan solo 9 años y su irreverencia era tal que era quién objetaba hacer las labores de la casa, y le preguntaba a su padre por qué debía hacer tal o tal labor si no era necesario, en tanto que era mejor y más productivo hacer otra cosa. Esto a Antonio realmente lo enloquecía pues sentía que su hijo de 9 años lo estaba tratando de bruto, “Pero qué se ha creído este chaval” se quejaba con su esposa, cada vez que discutía con José Antonio, y en ocasiones su esposa María Lorena le replicaba: “De vez en cuando deberías hacerle un poco de caso a ese chaval. Tómalo como un consejo, pues en ocasiones tiene mucha razón Antonio” y él le respondía “Lo ves, lo ves, ese niño hoy coloca a toda la familia en mi contra, no quiero imaginar que será cuando crezca en unos años. Es un problema, salió definitivamente a tí, que en todo me discutes”. Antonio creía que José Antonio le podía venir bien la crianza con su tío José Joaquín que había sido marino de la gran armada de su majestad, él tenía buenos caudales que le podían proveer de una buena educación y esperaba que su hermano pudiera darle algo de disciplina. Así pues que luego de pensarlo bien, decirle a su esposa quién lloró toda la noche, pero comprendió que sería una buena oportunidad para que José Antonio fuera a la escuela y cultivara ese entendimiento que fuera de ser irreverente era pura inteligencia, que necesitada de educación.

Así fue que José Antonio de un día para otro pasó a mudarse con su tío, no de muy buena gana, pues quería mucho a sus padres y a sus hermanos a pesar de sentirse como el niño conflictivo de la familia. Su tío lo llevó muy contento a su casa, para él, era como una oportunidad de ser padre, luego de que una bala de rifle le afectara sus testículos en una batalla. Su esposa, al tiempo de regresar de la batalla huyó de casa, no soportó lo que ocurrió, sobre todo el hecho de no poder ser madre, José Joaquín la entendió y no insistió nunca en buscarla a pesar de amarla con todas sus fuerzas. José Joaquín llevó a José Antonio a su casa, le compró prendas que vestir y lo acomodó en un gran cuarto, que a diferencia del que tenía en su casa paterna, no tenía que compartir con sus seis hermanos varones, y tenía una cama tan grande que podían juntarse las tres que había en su antiguo cuarto. De aquella casa lo que más le gustaba era el jardín, y un caballito de madera que a modo de sorpresa le había hecho construir su tío de bienvenida. Ese día no soltó su caballo, en la casa había al servicio de su tío dos mozos que cumplían varias funciones en la casa, dos empleadas y una cocinera, que José Joaquín colocó a la protección de su sobrino. Cada uno debía turnarse en el día para cuidarlo, a las primeras horas, una de las dos empleadas se encargaba de asearlo y vestirlo. Luego uno de los mozos lo llevaba a la escuela, y lo acompañaba de vuelta cuando regresaba. La cocinera se encargaba de él desde que llegaba hasta antes de servir el almuerzo, y en la tarde el otro mozo le enseñaba las artes de la esgrima y luego jugaba con él hasta la llegada de su tío por la tarde. José Joaquín se dedicaba al comercio, tenía una carpintería que montó luego de recibir su pago al retirarse de la armada. Le ofrecía buenos servicios a todas las personas que lo requerían en Cádiz, desde reparaciones y construcciones en las casas de aquella monumental ciudad, como reparaciones a los barcos que atracaban el ese bello puerto. Su trabajo era exigente, debía conseguir madera para realizar los trabajos que requería, tratar a los clientes, instruir a sus empleados y supervisar los trabajos. Cuando comenzó no sabía mucho de la carpintería, lo más que sabía era de reparaciones a las naves de la armada en que prestó sus servicios, un viejo lobo de mar le enseñó la labor de la reparación de las naves luego de recibir varios disparos de las naves enemigas durante los enfrentamientos que en ese entonces se tenían con las escuadras Inglesas que trataban de sabotear en todo lo que pudieran el comercio entre las Indias y la Corona. En uno de esos enfrentamientos, la escuadra donde se encontraba José Joaquín, compuesta por siete galeones españoles, se topó con cuatro fragatas inglesas cerca de la costa de Portugal, donde se iniciaron los combates. Mientras que las fragatas inglesas buscaban escabullirse aprovechando su velocidad, los galeones intentaban interceptarlos y buscar el abordaje. Era bien sabido que los ingleses temían el ímpetu y bravura de los españoles cuando iniciaban el abordaje, y por eso, buscaban mantenerse a distancia y cañonear a los galeones para mantenerlos a límite, máxime si se encontraban en desventaja. Sin embargo, en esta ocasión los cañones españoles lograron averiar gravemente a dos de las fragatas, e iniciaron rápidamente las maniobras para abordarlas y capturarlas. Doblegada la nave inglesa con las tres hileras de cañones del galeón donde se encontraba José Joaquín, los españoles se acercaron, tiraron los ganchos, y los arcabuceros dispararon de ambas cubiertas, sin embargo el grito español de maten a los herejes se hizo sentir más alto y comenzó el terror para la nave inglesa y sus tripulantes, había iniciado la terrible carga española y el abordaje era inminente. En tanto el abordaje ocurría José Joaquín había caído al suelo, algo lo había golpeado fuertemente en su muslo derecho, al palpar con su mano derecha el muslo encontró sangre en él. Quiso levantarse pero no pudo, le faltaba el aire, sudaba frío y las manos le temblaban. Había mucho ruido en la cubierta, disparos, mucho humo, pero él no escuchaba nada, se acostó en la cubierta mirando hacia el cielo entre las velas del mástil, esperando la muerte o que alguien lo hallara y lo ayudara. Luego de un minuto un compañero apareció lo vio, le dijo algo pero no le entendía, en esos momentos sonó un cañonazo y el compañero salió corriendo, volvió a quedarse solo mirando al cielo azul entre las velas, en ese momento se desmayó. Despertó lentamente mirando una escotilla donde entraba la brisa del mar y la luz. A su alrededor muchos heridos, muertos y gente gritando del dolor. El ignoró todo lo que acontecía a su alrededor, se quedó mirando la ventana, sabía que algo malo le había ocurrido pero no quería saber, se aterrorizaba por tener que enfrentar al médico quién de seguro le tenía malas noticias. Ni siquiera quería tocarse el muslo, pues quería aplazar lo más que podía el conocer qué le había pasado. Cuando al fin llegó el médico le dio la noticia que la bala había perforado un testículo y le había rosado el muslo derecho, pero debido a la herida debió cortar el otro testículo y cauterizar. Su dolor corporal no era comparable con la aflicción que le causaba tener que retornar a Cádiz, y tener que comunicarles la noticia a su esposa, familiares y amigos. Al retornar a Cádiz llegó a su casa, sus padres los recibieron en el puerto junto con su esposa, quienes al verlo vivo sonrieron pues ya habían llegado las nuevas de que la escuadra de José Joaquín había entrado en combate con naves enemigas. Cuando lo vieron bajar en muletas se aterraron, pero al verle con ambas piernas completas el descanso fue mayor. Por dos semanas se negó a hablar de su lesión con su esposa, se fue a la casa de su madre quién fue la que lo atendió durante ese tiempo. Cuando decidió contarle a su esposa, esta se aterró y lloró muchísimo, porque aún no habían podido tener descendencia. Tenían apenas un año de casados, pero la vida de marino en la armada no le permitía estar mucho tiempo en casa, pues debía partir continuamente a misiones por el mediterráneo patrullando las costas del imperio y de sus aliados. Cuando retornó a casa luego de las dos semanas su esposa ya no estaba, era joven y no soportó la noticia, su criada le contó que tomó todas las cosas de valor y muy a pesar de que trató de detenerla se fue. José Joaquín se derrumbó en un mueble y lloró. Al tercer día un soldado de la marina se acercó a su puerta para darle una carta. Le informaban que se acercara a una oficina para recibir la paga por sus servicios. José Joaquín era el mayor de cinco hermanos y a sus 18 años tenía ya muchos pesares en su existencia. Como soldado podía buscar una muerte honorable, pero como hijo, debía ayudar a su familia. Con lo que le pagaron en la marina, le dijo a su criada que contratara a dos mozos para que le sirvieran, allí comenzó en su propia casa el negocio de la carpintería. Al principio, comenzó fabricando sillas, junto con sus mozos fabricó siete sillas, dos de ellas quedaron defectuosas, pero logró vender las cinco restantes a buen precio, luego siguió con mesas, muebles y otro tipo de accesorios, hasta que logró contratar a personal más calificado para hacer trabajos más detallados, hasta llegar a arreglar barcos y construir casas, establos y graneros.

Luego de que sus padres murieran, y todos sus hermanos y hermanas se casaran, un vacío en el estómago le molestaba. Había vivido mucho tiempo como el benefactor de su familia, y luego de que su último hermano se casara y tuviera su independencia se sintió solo, y necesitaba seguir haciendo algo por alguien. Por eso se le ocurrió proponerle a Antonio su hermano a ayudar a educar y criar a uno de sus nueve hijos. Sabía que la propuesta no le agradaría, pero sin embargo estaba muy dispuesto, no podía tener hijos y quería experimentar en un sobrino aquella relación más cercana a un hijo, a quién le heredaría su negocio y sus propiedades. Su labor no iba a ser fácil, José Antonio era muy especial, una vez le preguntó: Tío, ¿Por qué debo vestir de estas ropas que no me dejan jugar como los demás niños? Por regla general un niño solo dice: “No quiero vestirme así”, pero José Antonio componía toda una pregunta retórica que un padre por regla general no se detiene a rebatir, sino que simplemente lo calla e impone su autoridad. Su tío le contestaba: “José Antonio, hay ropas para trabajar, ropas para estudiar, ropas para jugar y ropas para ir a las visitas. ¿Qué nos toca hacer ahora? Vamos a hacer una visita, y conforme a la ropa que te ponéis, debéis comportaos, ¿Está claro?” Y José Antonio vencido en su argucia nada más decía: “Si tío, ya entendí”. Igual, su tío sabía que su sobrino no iba a dejar de jugar en la primera oportunidad que se le presentara, pero cuando se acentuaba su inquietud, su tío solo le recordaba: “José Antonio, mira que estamos de visita”. El único lugar donde José Joaquín no controlaba a su sobrino, era cuando iba a su casa paterna, mientras él y su hermano Antonio hablaban, el niño jugaba con sus hermanos y con su madre. El tío lo llevaba muy frecuentemente a su casa paterna, pues en ocasiones lo veía extrañando compañía, y aunque estuviera siempre con sus criadas y los mozos de su casa, José Joaquín comprendía que su sobrino a sus nueve años de edad, no le era posible olvidar de donde venía.

Cuando el tío llevaba a José Antonio con su familia, normalmente llevaba juguetes y vestidos para los otros hermanos, para tratar de aminorar las diferencias económicas y que dentro de los juegos, los niños no vieran los contrastes, pues en todo caso es más fácil vestir y alimentar a un niño que a ocho. Sin embargo a medida que los niños iban creciendo la diferencia se iba notando por el entendimiento, pues las costumbres y algunas maneras en cuanto a la educación se iban notando entre los hermanos. Los hermanos mayores de José Antonio, Ricardo y Alfredo, comenzaron a hacer varios comentarios que a José Antonio le incomodaban mucho, como “El niño del palacio”, “el señorito” y otros tantos, que a José Antonio le molestaban mucho, además los dos hermanos se ponían de acuerdo para fastidiar a José Antonio. En una ocasión los dos hermanos hicieron entrar a José Antonio en un patio vecino, donde sabían que había un perro muy bravo que mordía a todo extraño que ingresara en él. Cuando estuvieron adentro, ambos hermanos corrieron y saltaron la cerca al oír al perro, José Antonio ajeno a lo que ocurría no corrió y al ver esa bestia que se le abalanzaba hacia su ser, tomó unas tijeras de jardín que estaban tiradas, y en un movimiento reflejo aprendido seguramente en sus clases de esgrima, milagrosamente clavó las puntas en las fauces de su agresor, quién salió despavorido chillando. José Antonio en cambio del impacto calló de espaldas en un charco de lodo con todo su atuendo blanco. Mientras tanto, Ricardo y Alfredo ya habían desaparecido de la cerca. El dueño del predio llegó al lugar donde se encontraba José Antonio incorporándose del lodo y le dijo: Por la Virgen de la Macarena ¿Qué habéis hecho? A lo que José Antonio respondió:

Que me he caído a ese bendito charco y me he embarrado de una manera ¡Que me van a regañar¡

Pero hijo mío, no te habéis dado cuenta que la virgen te acaba de salvar no sé cómo de Sultán¡

Pero cual Sultán si aquí no ha aparecido ningún moro, sino un perro de lo más majadero que se le ha dado por atacarme, y de qué manera señor. Y es que todo ha sido por culpa de los bellacos de mis hermanos, que me han hecho semejante jugarreta. Pero ya me las pagarán.

Por eso mismo chaval, nadie que yo sepa había rechazado un ataque de mi perro Sultán, gracias a Virgen que estás ileso¡

Cuando José Antonio llegó a la casa de sus padres lleno de fango, sus dos hermanos se burlaron con ganas, más el no dijo nada de lo que había ocurrido. Su tío habló con el vecino, y le pidió disculpas por lo ocurrido. Mientras tanto la madre de José Antonio lo lavaba mientras que lo regañaba con muchas ganas. A la hora de la cena todos sentados en la mesa, José Antonio le pidió a su hermanita Ana que tirara de una cuerdita, que él había amarrado al extremo del mantel en el estaban sentados Ricardo y Alfredo. Cuando Ana jaló la cuerda, la sopa de los platos de Ricardo y Alfredo cayó en sus piernas, armándose semejante algarabía en el comedor.  José Antonio le pidió a su hermana que no dijera nada llevándose el dedo a su boca, mientras que su tío José Joaquín se había percatado que su protegido tenía algo que ver con ese incidente, pues el vecino le comentó que había ocurrido en aquel patio, por ello lo miró a los ojos, le guiñó un ojo, y también guardó silencio. Ese día se inició una relación muy especial entre tío y sobrino, que no solo demarcó las relaciones entre estos dos personajes, sino que demarcó el comportamiento de José Antonio desde entonces.

Desde aquel episodio, mientras que José Antonio hacía alguna travesura, su tío hacía lo necesario para ocultarla o remediar el problema, la única condición era que José Antonio debía decirle todo lo acontecido a su tío. Así pues, no había otra autoridad para José Antonio que su tío, y a su vez este se divertía siendo el confesor, el protector y el cómplice de su sobrino.

La verdad es que la relación entre José Antonio y su padre era un poco complicada, pues no se entendía, o más bien, habían muy malos entendidos.

En otra ocación Antonio levantó muy temprano a las 4:30 a.m. a José Antonio para que lo ayudara a realizar un trabajo, que consistía en llevar una carga, de un sitio a otro. Para ello iban a utilizar al burro de la casa. Sin embargo, cuando estaban a punto de colocarle la carga al burro, José Antonio dejó caer una olla, que hizo que el burro se asustara, tumbara la carga y saliero huyendo del lugar. Antonio se enojó y le dijo a José Antonio que fuera a buscar al burro, y esté así lo hizo. Pero el Burro estaba nervioso y apenas que José Antonio se acercaba, el burro salía corriendo. José Antonio con sueño, de mal humor y el burro que no colaboraba, estaban generando una situación de gran tensión. José Antonio contaba con una cuerda gruesa y un juete para tratar de poner bajo control al burro, pero el animal seguía huyendo y burlandose de él. En esas circunstancias, José Antonio apeló al juete, porque con la cuerda, el burro no se dejaba, y en efecto dio el primer juetazo, que hizo que el burro se asustara más y saliera corriendo, pero esta vez, tomó dirección de regreso a la casa, y José Antonio iba detrás con el juete guiándolo con el sonido, pues el burro no dejaba que se acercara suficiente. Cuando llegaron a la entrada de la casa, y José Antonio alcanzo al fin al burro, y le dijo, ahora sí, me las vas a pagar...  y le lanzó un juetazo, pero el burro corrió antes, y el juete siguió de largo, con tan mala suerte que Antonio que veía cómo el burro había regresado, salió de la casa para agarrarlo, y cuando el burro corrió, el juetazo de José Antonio le dio en el pecho y la barriga. Antonio solo le quedó en la mente a su hijo dándole un juetazo, y diciendole a él y no al burro, que se la iba a pagar. ¿Quién aclaraba esa confusión?  El grito de Antonio: "Ay chaval del demonio..." y una persecusión que duró más de una hora por la casa, y por fuera de la casa, hasta que José Antonio se le perdió de vista y no pudo agarrarlo, por estar exahusto. José Antonio se tuvo que refugiar una semana en la casa de su tío José Joaquín, mientras éste y su cuñada trataban de explicarle a Antonio que todo había sido una confusión.

En otra ocasión, Ricardo uno de los hermanos mayores de José Antonio había hecho una travesura, y Antonio estaba pendiente de reprenderlo, pero igual, había salido corriendo, y se refugió en los tejados de la casa, mientras que su padre le gritaba que se bajara, que en algún momento tendría que llegar a la casa, y que tarde o temprando le iba a dar su hostiazo. Sin embargo, Ricardo no bajo, sino bien entrada la noche cuando todos en la casa estaban dormidos. Ricardo entró a la habitación donde dormían sus hermanos y cogió a José Antonio, lo cargó y lo puso en la cama donde él dormía, y el se acostó y se arropó en la cama de José Antonio. Al día siguiente, Antonio se despertó bien temprado a las 4:30, entró al cuarto de sus hijos y vió que todas las camas estaban ocupadas, se soltó el sinturón y se dirigió a la cama donde dormía Ricardo y soltó un correazo, que obviamente recibió José Antonio, quién gritó despavorido. Todos en la habitación despertaron sobresaltados y Ricardo salió corriendo nuevamente al tejado. Y Antonio confundido solo gritó: Bellaco ahora no me debes un correazo, sino dos...   

Antonio trató de pedirle disculpas a José Antonio, pero de verdad que la situación entre los presentes causó más risa que lástima, y José Antonio se sintió muy enojado con su padre.

En la comida, María Lorena le  a su hijo José Antonio le pidió a José Antonio que le ayudara a servirle a su padre y a sus hermanos, y le dijo, mira hijo, está es la comida de tus hermanos, está es la comida de tu padre y esta es la comida para los perros. En efecto todos se sentaron en la mesa, menos la madre que seguía ocupada en la cocina. 

Antonio se sentó a comer, y vió extraña la comida, como desagradable, pero no dijo nada. Vio a su alrededor que todos estaban comiendo a gusto y decían que estaba deliciosa. Antonio comía cada bocado con dificultad pero trató de no quejarse, mientras que todos se saboreaban de la comida. Llegó la señora María Lorena a la mesa, y les preguntó cómo les había parecido la comida, todos decían que estaba deliciosa, pero su marido estaba muy serio, y al ver la comida.

María Lorena: Antonio por Dios, ¿qué haces comiendo la comida de los perros? ¡Qué barbaró¡ 

Antonio: Ya decía yo, que algo raro estaba pasando, porque era la primera vez en mi vida, que te había probado una comida tan horroroza. 

María Lorena: Pero Antonio ¿Cómo se te ocurre? y ya te has comido la mitad ¿cómo has podido?

Antonio: Y se puede saber ¿Quién me ha servido en mi plato la comida de los perros?

La Madre ya sabía quíen había sido, pero no quería que el padre volviera a golpear a su hijo, así que dijo: No pues quién te manda a comerte como loco cualquier cosa...

Antonio: Pero hombre uno llega a su casa, ve el plato en su puesto y uno se dispone a comer como cualquier persona normal, y uno no anda pensando que esa comida era para los perros.

Antonio ya iba a armar tremenda trifulca, pero su estómago lo obligó a salir corriendo del comedor e ir para el excusado, del cual no salió sino tres horas después.

María Lorena: José Antonio, que vas a hacer que tu padre nos mate, ¿cómo se te ocurre darle la comida de los perros a tu padre?

José Antonio: Pues mamá todo ha sido una confusión... así como el me confundió con mi hermano Ricardo hoy en la mañana...

María Lorena: Por Dios José Antonio, que eso no se hace, que esa comida no la podía comer una persona.

José Antonio: Pero mamá... por qué insistes en llamarle persona a mi papá.

María Lorena: José Antonio... cáyate... y no le vayas a decir a nadie lo que hiciste, que después te van a dar tu golpe.

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