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Capítulo 3. Familiaridad

M I L A

"Sus labios recorren mi piel, centímetro a centímetro, mi piel se eriza al grado de obtener un dolor placentero, siento como la humedad se hace presente en mi centro. Mi cuerpo tiene vida, me retuerzo, gimo, jadeo y vuelvo a retorcerme entre las sábanas de la cama.

—Eres exquisita, Mila...—su voz es ronca y sexy, sus labios encuentran mi humedad en mi sexo y comienza a jugar con su lengua.

—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío!—las sensaciones que produce son indescriptibles, el calor sube y después se arremolina en el centro de mi vientre, estoy a punto...—Solo dime tu nombre...

—Soy yo, t.…—y cuando está a punto de decir su nombre, llego a mi clímax..."

Despierto de golpe, sentándome como un resorte mientras el sudor se desliza por mi piel, cierro los ojos y puedo sentir aún los últimos espasmos de mi orgasmo, me toco y efectivamente...

—Otra vez...—me dejo caer sobre la almohada, miro el techo y revivo en mi mente una y otra vez su silueta en la oscuridad. La forma en que dice mi nombre, el éxtasis al darme el placer es como si el conociera cada tramo de mi piel, como un mapa…

***

Estaciono el auto en el estacionamiento de a lado, tomo mi bolso y mi móvil. Miro el reloj y llego justo a tiempo para la junta del personal. Salgo del estacionamiento y antes de girar para entrar veo el auto de mi padre frente al restaurante, un hombre vestido de negro y lentes oscuros se baja y abre la puerta, le ayuda a mi padre a bajar con cuidado, al verme su sonrisa se expande por casi todo su rostro. Le regreso de la misma manera ese gesto, corto la distancia para evitar que el haga esfuerzo en venir hasta mí.

—Vaya, ¿Qué hace el señor Davis en mi trabajo? —lo saludo de beso en ambas mejillas.

— ¿No puedo venir a ver a mi única hija? —dice en un tono irónico. Pongo los ojos en blanco y le hago señas de que entremos al restaurante.

—Vamos, ¿Ya has desayunado? —Él niega—Entonces ven, desayunemos juntos.

Lo llevo a la mesa que se encuentra en el lado de la calle con vistas al tráfico de la mañana, Alejandro, el mesero nos toma el pedido.

—Veamos entonces...—lo miro detenidamente, me recargo en el respaldo de la silla y me cruzo de brazos arqueando al mismo tiempo mi ceja, con aire intrigada. —Si has venido hasta acá eso quiere decir que es algo serio, ¿O me equivoco?

Él sonríe a medias, baja la mirada y luego mira a través del gran ventanal.

—Solo quería verte un poco más—su mirada se encuentra con la mía—No me basta una vez a la semana y solo una hora, ¿No crees, pequeña?

Pongo los ojos en blanco.

—Lo siento, el restaurante me ha tenido absorbida junto con el que vamos a abrir en un mes en la calle principal...

—Sabes que puedes contratar personal para que se encargue de ello, ¿Por qué no lo haces?

—Por qué no tendría el orgullo de decir que estuve al mando de mi propio negocio, sabes que me apasiona esto, no quiero estar llevándome todos los méritos cuando no he metido mis manos en ello, eso debes de saberlo de sobra. Cambiemos de tema, ¿Por qué mejor no me cuentas como llevas con el divorcio con mi madre?

Él se tensa, llega el mesero y nos deja el jugo de naranja, mi padre espera que el mesero se retire para poder hablar.

—Ella no ha querido verme, sé que no fui el mejor esposo, pero...—se detiene y desvía la mirada hacia el exterior—sé que tengo defectos e hice cosas que ella nunca aprobó, pero sabe Dios que lo hice para un bien. Bueno, basta de mí, no quiero arruinar tu día con mis problemas. ¿Cómo va el restaurante?

Nos metemos en el tema del negocio, le cuento mis futuros proyectos y lo emocionada que estoy. Él me cuenta como está la empresa de exportación de la familia y los beneficios que ha ganado debido a un contrato con una empresa de California.

Llega el desayuno y entre pláticas sacamos otros temas y como hace mucho tiempo no teníamos, la pasamos bien.

La alarma de mi reloj pita tres veces, eso me recuerda que tengo que tomar la pastilla para el dolor de cabeza, busco en mi bolso y al fin de unos minutos las encuentro, pillo a mi padre con el ceño arrugado mirando mis pastillas.

— ¿Todavía sigues tomando pastillas? —sorprendida por su pregunta y en la forma que lo pregunta asiento lentamente.

—Aún sufro de las jaquecas, el doctor Sullivan me ha recetado unas nuevas, hacen maravillas, la ventaja es que solo dos veces al día tengo que tomarla, ¿Pero por qué te sorprende?

Tomo el jugo que queda de mi copa para tomar la pastilla, el sigue mirando la pequeña caja que he puesto a un lado de mi plato.

—Creí que habían cesado esos dolores...—su tono es bajo, levanta su mirada y sus ojos marrones me contemplan— ¿Por qué no me has contado eso?

—Padre, basta. Solo son pastillas para el dolor, la próxima semana me toca chequearme. Desde el accidente de hace dos años, no han encontrado el motivo del dolor.

Su rostro se contrae.

—Lo sé, solo pensé que ya no lo tenías, llama a Víctor, tengo pendientes que hacer en la oficina.

Le hago señas al hombre de la entrada, e inmediatamente se acerca y le ayuda a mi padre.

—Bueno, espero verte el fin de semana, ¿Si irás verdad? —asiento con una sonrisa.

—No me perdería tu cena de cumpleaños por nada del mundo.

Nos despedimos en la acera, el auto desaparece entre el tráfico de las once de la mañana. Me quedo viendo por donde se ha marchado, cuando me vuelvo para entrar, de nuevo está el Bentley estacionado a varios carros de la acera. Había días en que el auto permanecía aproximadamente una hora diario, uno de los chicos del restaurante solo justificaba que el auto era de uno de los dueños de las oficinas que estaban a unos cuantos locales, era obvio ya que el estacionamiento de varios locales era exclusivo a clientes. Miro de nuevo el auto, estoy tentada en preguntar realmente de quien es, ¿Por qué no, Mila? Me abrazo a mí misma, y ladeo el rostro. Puedo ver movimiento en el interior, así que eso confirma que hay alguien dentro del auto.

¿Y si es un secuestrador o acosador? ¿Tuyo, Mila? Me regaño mentalmente de que esto a mí no me incumbe, ¿Y qué si se estaciona siempre en ese lugar? Pero es casi a diario...para mí en lo personal es sospechoso.

Mis piernas se mueven en su dirección y ya estoy formulando en mi cabeza lo que voy a preguntar. Me acerco a la puerta del piloto, doy un toque con mi nudillo contra la ventana tintada, al no obtener respuesta, doy otro toque, el vidrio se baja y descubro a un tipo de traje negro.

— ¿Sí? —estoy a punto de hablar, pero una imagen atraviesa por mi mente. Es él, pero viste un traje veraniego, usa lentes de sol y está algo borroso. — ¿Está bien señorita? —asiento saliendo de mis pensamientos.

—Sí, disculpe... ¿Nos conocemos de algún lado? su y rostro me es familiar—su rostro palidece y después niega. —Oh, no sé por qué me es familiar, bueno, disculpe, ¿Espera a alguien?

—Sí, señorita, estoy esperando a mi jefe—dice dudando de su respuesta.

— ¿Dónde trabaja su jefe? —lo interrogo.

—En el edificio de la esquina, es que siempre encuentro este lugar desocupado, suerte, ¿no? —asiento dudosa. Él se da cuenta y me sonríe, y es una sonrisa cálida, familiar y en lugar de sentirme incómoda, es lo contrario.

— ¿En qué trabaja tu jefe? —pregunto curiosa.

—Es empresario, lo demás es confidencial. Lo siento.

—Oh, lo siento, no suelo ser tan curiosa.

—Sí, lo sé—se calla bruscamente luego intenta acomodar su respuesta—me refiero a que hay gente curiosa otras no, y... —su móvil suena. —Lo siento tengo que responder.

— ¡Claro! Bueno, ten un buen día—él sube el vidrio y yo me encamino de nuevo al restaurante. Antes de entrar miro en dirección al auto blindado, pero éste está incorporándose al tráfico.

—Bueno, después de todo, tiene dueño el auto. — entro al restaurante y se ha llenado. Se escucha de fondo las pláticas de los comensales, paso por la barra y reviso el inventario, después entro a la oficina, me dejo caer en el sillón. La puerta se abre sin tocar primero.

—Mila Davis, el chef no me permite hacer el pedido del salmón con don Rupert. Dile algo o voy a tumbar su rostro de un puño, ¡Siempre es así! Es como si estuviera poniendo trabas para hacer mi trabajo.

Dexter está de malas. Suelto un suspiro, luego me aprieto el puente de mi nariz.

—Tú eres el gerente general de este restaurante, tienes que ejercer autoridad, ya sea en la parte de enfrente como en la cocina, deja hablo con él.

—Siempre es la misma, Mila. José Montenegro debería de estar fuera de este lugar, no me importa que tan bueno sea, él quiere sabotearme y no pienso permitirlo. Sé que me veo como una vieja chillando, pero es por demás, el insiste e insiste...

Detengo su queja. Me levanto del sillón y me encamino a la cocina, Dexter viene detrás de mí. Empujo las puertas de vaivén y la cocina está viva. Los ruidos que provoca es música para mí, las personas van y vienen de un lado a otro, se escucha el choque de las ollas, las cucharas, las ordenes de los cocineros, el ruido de la parrilla, la plancha...

— ¿Ya te ha ido a correr contigo? —espeta furioso José, mi chef.

—Necesitamos el salmón, y lo vamos a comprar con Rupert—confirmo, el hace una mueca discreta.

—jefa...—intenta decir algo.

—Con Rupert—remarco. Salgo de la cocina y escucho como José le reclama a Dexter.

Me siento en el primer asiento de la esquina de la barra, Cristal, la bartender está contando las botellas de vino, muerde la orilla de la pluma y después empieza a escribir en su carpeta.

Mi mirada viaja alrededor del restaurante, puedo ver familias terminando sus desayunos, otros tomando café acompañados de una plática, luego risas, niños comiendo su desayuno, y no sé por qué la nostalgia me golpea en el centro de mi pecho.

— ¿Qué piensas? —Cristal me pilla en silencio.

—En nada, tenemos mucho trabajo—corto y ella rápido desvía su mirada hacia la carpeta que tiene en manos.

Regreso a mirar a la gente y me detengo en la mesa que está en un rincón. Un hombre de traje gris oscuro y muy bien parecido, se cruza con mi mirada y me la sostiene, no sé qué es lo que pasa que no dejo de mirarlo, él se levanta y cruza las mesas sin dejar de mirarme, el calor empieza a crecer en mí cuando se acerca a un lado mío.

— ¿Eres la dueña del lugar? —sin decir nada, asiento en silencio, intento buscar alguna palabra, pero no salen. Es como su magnetismo me envolviera y tirara de mí. —Quiero hacerle saber que los gofres que hacen aquí, son exquisitos.

Sonríe.

—G-Gracias—balbuceo como una tonta, intento reponerme cuando bajo la mirada y al levantarla él se ha girado y se encamina a la salida, el corazón late frenético. Mi garganta se ha secado con solo decir "Gracias" como una tonta.

—Ese tipo sí que quita el aliento—dice Cristal al ver mi reacción.

Sí que lo quita y de repente, la forma en que sonríe y su tono de voz, me erizan la piel, es como un recordatorio de algo que no puedo recordar.

Es como un Deja vú...

Y viene a mí…

El hombre en mis sueños.

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