Buenovel

Descargar el libro en la aplicación

Download
Capítulo 05.

Mis ojos se abrieron como dos platos.

Él soltó una risa enseguida. Sus labios estaban por pronunciar algo, pero el sonido de interferencia de radio interrumpió su plan.

¿Qué encontraste, Kade? —habló una chica. Aquel walkie colgaba de la pretina de su pantalón.

El intruso se tensó como si le hubiese llamado el jefe.

—No hables. —me pidió, tomando la radio entre sus manos. Luego presionó un botón en el aparato para decir—: No encontré nada, todo es anticuado.

Auch.

Pero si es una casa súper lujosa. —contestó la chica, insistente—. Algo debe tener valor, busca bien.

—No hay nada —zanjó, casi en tono de molestia—. Nada que nos sirva, nada de valor, nada.

Pensé que había terminado hasta que la chica agregó una última cosa:

Bueno sal de allí, vayamos a otra casa.

El intruso guardó la radio y me miró con severidad. Fruncí el entrecejo al no entender su seriedad, hacía menos de un minuto que se estaba burlando de mí.

—Si no me delatas con la policía, mantendré a mi gente lejos de tu casa. —propuso. En realidad, era más como una promesa, sonó bastante seguro.

No le creía, no confiaba absolutamente nada en él, pero ya se iba así que mejor me limité a aceptar la propuesta.

—Está bien.

Asintió para luego irse por el pasillo que llevaba a las puertas traseras de mi casa.

—Creo que necesito más seguridad. —murmuré antes de dar medio giro e ir a la cocina.

(…)

—Sabemos que fuiste tú, Bianca, ella te robó a tu novio, te hacía bullying en la escuela, te insultó por la marca de nacimiento en tu rostro, fuiste por venganza al verla sola en la piscina, la ahogaste y como no funcionó, la apuñalaste —el detective Noah acusó a la muchacha de veintiséis años con ferocidad—. ¡La asesinaste!

Ella lo miraba con los ojos llenos de rabia, impotencia, pero detrás de todo ese gran enojo, estaba el miedo. El miedo la estaba devorando haciéndola tener un pánico y una ansiedad que manejaría a la perfección de no ser que ya estaba llegando al borde del colapso. Se le veía cada vez más el sentimiento de no tener a dónde escapar, de que la habían atrapado. Y eso le daba más rabia.

—Usted no sabe nada, señor Green —escupió con lentitud dejando claro en su voz que, más que molesta, estaba furiosa—. No tienen pruebas.

Te equivocaste.

— ¿Entonces estoy loco? — el agente alzó ambas cejas fingiendo sorpresa, miró hacia la puerta y colocó sus brazos en jarras—. Señorita Evanie, por favor corrobore mi demencia.

La detective dio unos pasos hacia adelante y colocó dos hojas en la mesa; una tenía una foto de la sospechosa junto a sus huellas y al lado estaba una fotografía tamaño carta de una huella encontrada en un bolígrafo.

—El arma homicida fue un lapicero y las huellas encontradas en ella coinciden con las tuyas —explicó con detenimiento, señalando las fotos—. Además de que tu padre nos confirmó que el bolígrafo utilizado en el asesinato era un regalo de cumpleaños para ti de su parte, nos dijo que tus iniciales están inscritas en el gancho.

La chica estaba demasiado furiosa, sus manos habían comenzado a temblar al igual que su cuerpo. Su respiración era lenta, muy lenta, su pecho subía y bajaba como la de una persona dormida. Sus ojos se perdieron en la fotografía como si intentara pensar, recodar, encontrar algo, pero no tenía nada, la habíamos capturado.

Entonces se inclinó hacia adelante en la silla y miró con severidad a la pareja que la interrogaba.

—Sí, yo lo hice. —confesó la ahora culpable del crimen—. Esa perra se lo merecía y no me arrepiento de nada, lo volvería a hacer mil veces más.

—Bueno, pasarás bastante tiempo en prisión como para arrepentirte —llamó al oficial con su mano—. Llévesela.

Mientras que la levantaba del asiento y la esposaba, el detective Noah Green comenzó a leerle sus derechos.

—Bianca Parker quedas arrestada por el homicidio de Amy Arnold y por el uso de un tubo para su violación. Todo lo que digas será usado en tu contra. Tienes derecho a una llamada y a un abogado. Si no puedes pagarlo, el Estado te asignará uno.

Se la llevaron.

Pero no pude evitar preguntarme una sola cosa:

— ¿En serio usó un tubo para violarla? —inquirí, asqueada.

De por sí el acto era cruel y perverso, pero con un tubo ya era demasiado.

Todo el tiempo del interrogatorio había estado en la sala de oyentes. Esa donde uno ve todo, pero los del otro lado no te ven a ti.

—He visto cosas peores —respondió el detective Hicks, restándole importancia, mientras intentaba abrir una bolsa de galletas.

—Pero usó un tubo —reiteré haciendo una mueca de desagrado.

Suspiró y me miró como si fuese una niña que no sabe nada del mundo.

—Cada día nace un loco diferente —señaló.

—Y cada día la sociedad está más destruida —le di un último vistazo al agente Hicks y salí de la habitación.

George era un hombre de unos treinta y tantos años que se mantenía joven y en buena condición física a pesar de ser algo delgado. Su cabello castaño corto iba a juego con la barba de algunos tres días que se extendía desde sus patillas formando un candado alrededor de su boca. Cejas pobladas, nariz fina, Hicks era un don Juan para las mujeres de su edad, solo que, para su mala suerte, el hombre estaba felizmente casado.

Sentí la garganta seca por lo que fui hasta el filtro de agua. Mientras se llenaba el vasito recordé que en realidad no había bebido nada de agua en todo el día, y justo cuando estaba dándole un sorbo, una chica me llamó.

—Sage, ¿verdad? —fue lo que dijo.

Me giré y asentí, poco convencida.

Era de mi tamaño, un poco más alta tal vez, su piel canela resaltaba por la blusa blanca que cargaba puesta y el pantalón rosa pálido la hacía ver bastante elegante. La chica se veía bonita, delicada. Disimuladamente visualicé mi ropa y me lancé una mirada de desaprobación. Solo tenía puesto unos jeans viejos y un suéter azul marino con la silueta de un lobo.

Pésimo. Pésimo. Pésimo estilo.

—Esto es para ti —me entregó un sobre. Fruncí el entrecejo mirando el objeto en mis manos. La chica extendió también una tabla con un papel, firmé para revalidar que recibí el sobre y la morena se fue por donde vino.

Capítulo siguiente