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CALIPSO - Indestructible
kesii87
1. El dolor es mi leal compañero (CALIPSO)

(CALIPSO)

Mi vida era un verdadero tormento desde que él no estaba a mi lado, los parciales casi habían llegado, y estaba histérica, porque apenas tenía tiempo de estudiar, porque cada rato que tenía libre, Diego venía a visitarme a mi habitación, y terminábamos, bueno ya sabéis, había hecho un trato con él, ¿recordáis? Él se quedaba al lado de Teo y yo a cambio me acostaba con él. Y cada día me costaba más hacerlo, cada día me atormentaba más lo que estaba haciendo, cada día sentía la necesidad de salir corriendo y refugiarme en sus brazos, oler su perfume y quedarme allí por toda la eternidad. Pero no siempre podemos tener lo que queremos, ¿no es cierto?

Él estaba mucho mejor, o al menos eso era lo que mi hermano me aseguraba día tras día, mientras yo fingía estar de maravilla, cuando en realidad lo único que quería hacer era llorar durante todo el día.

Aquella noche no podía dormir, no podía dejar de pensar en él, en nuestro primer beso, en su sonrisa, en sus hermosos ojos azules, en la complicidad que teníamos, en lo que me hacía sentir cuando le tenía junto a mí, aun cuando éramos amigos ya me sentía a salvo.

Quería que volviese, al menos como amigo. Una parte de mí lo quería. Pero sabía que no podría soportarlo, no si él seguía acostándose con Sandra, y ese era el caso.

Lo sabía bien, pues ella solía llamarme a veces, cuando estaba con él, para echarme en cara que yo no era absolutamente nada para él, mientras que ella lo era todo.

La puerta de mi habitación se abrió, y yo no necesité darme la vuelta a preguntar de quién se trataba. Sabía quién era, era Diego, mi hermano.

Se metió en mi cama, y me rozó con sus pies helados, para luego agarrarme de la cintura. Decidí quedarme en la misma posición, cerré los ojos y me hice la dormida, no podía volver a hacer aquello que él quería, me sentía tan utilizada últimamente, no era diferente a una prostituta, regalaba mi cuerpo a cambio de un favor.

  • ¿Estás dormida? – preguntó, entre susurros, mientras rozaba su pelvis contra mi trasero – estoy deseando estar dentro de ti, Cali – aseguró, metiendo la mano por dentro de mi pantalón, agarrando con fuerza mi trasero – hoy ha sido realmente difícil para mí tener que fingir ser su amigo – me dijo, para luego agarrar mi mano derecha y apoyarla sobre el bulto que había en sus pantalones – sé una buena chica y calma esta pesadez – imploró, para luego acercar su boca a mi cuello, besándome dulcemente – no he podido dejar de pensar en ti, en todo el día – aseguraba, metiendo su mano entre mi blusa, agarrando mi pecho derecho, cogiéndome desprevenida – estaba deseando entrar aquí y tomarte, Cali.

  • Tienes las manos heladas – me quejé, haciendo que él sonriese al darse cuenta de que aún estaba despierta. Me di la vuelta y me posicioné frente a él, y entonces supe que había sido una mala idea.

Se quitó el pantalón del pijama, sin dejar de mirarme, y sacó su miembro a escena. Para luego agarrarme del cuello y obligarme a que acercase mi boca a su pene. Supe lo que quería sin necesidad de preguntar, pues me apretó la boca contra él en ese justo instante. Me la metí en la boca, al mismo tiempo que le escuchaba gemir, apretándome un poco más fuerte contra él.

  • Eso es, Cali – me animaba, sin dejar de observarme, deseoso de mucho más, podía sentirlo, que era lo que él quería – me encanta como lo haces – volvía a decir, entre gemidos, cada vez más constantes, sintiendo su polla en mi boca cada vez mas dura, podía sentirlo, estaba cerca del final, y estaba dispuesta a apartarme, como solía hacer siempre tan pronto como él estuviese preparado para correrse, pero esta vez, él no parecía dispuesto a hacerlo, pues me apretó aún más fuerte, al mismo tiempo que se derramaba en mi boca. – trágatelo todo – me ordenó, pero me levanté de la cama, asqueada, y corrí al cuarto de baño a echarlo por el lavabo, para luego enjuagarme la boca. Era algo realmente asqueroso de presenciar.

  • Si vuelves a hacerme esto, se acabará, Diego – le dije, molesta, justo al llegar a la habitación.

  • Si se acaba Teo no tendrá a nadie – espetó, molesto porque estuviese siendo tan dura con él, para luego ponerse el pantalón del pijama, caminar hacia la puerta y salir por ella.

Mi relación con Diego se había vuelto un infierno, no éramos hermanos, sólo éramos dos personas que se acuestan, pero no había ningún tipo de sentimiento, al menos por mi parte, tan sólo era placer mutuo, nada más. Era una relación que estaba completamente vacía, algo que estaba ligado a una promesa, y seguíamos acostándonos sólo por esa promesa.

La semana después de esa fue agotadora, pues tuve que trasnochar y quedarme a estudiar todas las noches, tanto que apenas daba una en clase, y cuando al fin llegaron los parciales los pasé todos con buena nota. Y estaba feliz, de que al menos un poco de felicidad decidiese aparecer por mi vida.

Pronto me marcharía a casa, con mamá, a pasar las vacaciones de navidad junto a ella, estaba deseando ir a la ciudad, ver el lugar nuevo que había conseguido, y sobre todo huir de mi hermano por unos días.

  • Esto hay que celebrarlo – comenzó Boris, tan pronto como le dije que había sacado notas muy altas en los exámenes – esta noche nos vamos a coger una juerga buena.

Ni siquiera me pasé por casa a cambiarme de ropa, porque no quería encontrarme con Diego, no quería estropear mi felicidad de aquel día, no quería tener que acostarme de él y empañarla.

Ir a aquella discoteca fue una idea pésima, pues tan pronto como llegamos, Boris se puso a ligar con un ex rollo y se pasó toda la noche con él, mientras yo me sentaba en la barra y me pedía una copa, tras otra.

  • Cali – me llamó una voz masculina a mis espaldas, para luego posicionarse junto a mí, en la barra, y pedir una bebida.

  • Hola Mario – le dije, con desgana, pues no me apetecía nada hablar con él. Me caía pésimo ese tipo.

  • ¿Qué haces aquí tan solita? – insistió, con malicia – déjame decirte que si estás esperando a tu príncipe azul…

  • No estoy para tus bromas, Mario – le espeté, cortante, haciendo que este pusiese una cara de dolor fingida, como si hubiese dañado su ego. Estaba dispuesta a decirle mucho más, pero entonces me detuve, al ver aparecer junto a él a la persona que menos había esperado volver a ver: Teo. Parecía no haberse dado cuenta de mi presencia, porque tan sólo le dijo algo sobre que había aparcado su coche en el quinto pino y que Diego no vendría porque había quedado con Marina.

¡Dios! ¿Por qué estaba tan guapo? Lucía mucho más guapo desde la última vez que le vi. Tenía el cabello alborotado, y sus ojos azules parecían mucho más intensos, llevaba unos jeans negros y una blusa azul marino entre abierta, lo que dejaba ver parte de su pecho al descubierto.

  • Quizás deberíamos ir a otro sitio – aseguró su amigo, haciendo que este pusiese cara de pocos amigos.

  • ¿Estás loco? – preguntó, sin dar crédito - ¡Con lo que me ha costado aparcar tu maldito coche!

  • Cali está aquí – aseguró, haciendo que él perdiese la sonrisa, y mirase hacia la pista, sin tan siquiera percatarse de mi presencia aún.

  • ¿y crees que no voy a saber manejarlo? – preguntó, molesto – Tío, estoy bien, Cali ya es agua pasada.

Ay, eso había dolido. ¿Ya era agua pasada? ¿Tan poco había significado para él? Intenté calmarme, que no se me notase que me había molestado, no podía mostrarme así frente al mundo, no podía volver a flaquear, simplemente no podía, y fue en ese justo instante cuando recordé aquella promesa que hice…

  • Tienes que prometerme que esta vez cuidaras de él, Calipso, que le darás todo el amor que yo nunca podré darle.

  • Lo prometo, pero sólo hasta que salgas de aquí, entonces se lo darás tu misma.

  • De acuerdo, pero tienes que cuidar de él en mi ausencia.

Todo va bien – me calmé a mí misma, intentando que mis lágrimas no saliesen, porque no quería pensar en lo que pasó después de eso, no quería pensar en lo que mi hermano había dicho, en él y Sandra.

Ella me llamó la semana pasada, aún podía recordarlo, podía escucharlo a él, suplicando mientras ella me hablaba…

“  ¿Al fin lo comprendiste, eh, niñata? – preguntaba ella – Matty siempre volverá a mí.

Sandra – suplicaba él, tumbado en la cama, cogiendo sus manos para que dejase el maldito teléfono, borracho como una cuba – por favor, por favor sácala de mi mente, por favor…

¿Lo estás escuchando? – insistió hacia mí, mientras mis lágrimas salían – él quiere olvidarte, y le haré el amor hasta que no quede absolutamente nada de ti en él”

Un nudo enorme se formó en mi garganta tan pronto como lo recordé. ¿Lo habría ella logrado? ¿por eso él le decía a su amigo que yo era agua pasada?

  • Nos vemos, Mario – me despedí, sin tan siquiera mirar hacia Teo, dejándole sorprendido al verme allí. Me puse en pie de un salto y caminé hacia la pista, donde Boris bailaba con su ex.

  • ¿por qué no me dijiste que ella…? – comenzó hacia su amigo, para luego negar con la cabeza y caminar hacia mí, pero alguien le detuvo, haciendo que yo también me detuviese al escuchar aquella voz.

  • ¡Matty! – le llamó Sandra, al llegar hasta él, agarrándole del hombro, para luego estampar sus labios sobre los suyos, en un desesperado y pegajoso beso.

  • Boris – llamé a mi amigo, sintiendo como me faltaba el aire – me voy a casa, esta discoteca es asfixiante.

  • Pero ¿cómo vas a irte sola? – preguntó mi amigo, sin comprender mi actitud – deja al menos que me beba la copa y te llevo.

  • Tengo prisa – insistí.

  • ¿y eso tiene algo que ver con que el chico motorista este aquí?

  • No – negué – no tiene nada que ver – mentí, pero sabía que Boris no me creía.

Me marché a respirar aire puro, sin tan siquiera esperar a que mi amigo dijese algo más, sentía que me ahogaba allí dentro, y tan pronto como el frío de la noche me envolvió me sentí un poco mejor. Me dejé caer sobre la fachada y saqué el teléfono, tenía una llamada perdida de mamá.

  • Mamá – la llamé, tan pronto como ella respondió al teléfono, con su melosa voz – síii, justo como te dije en el mensaje, todo aprobado, y con nota – le explicaba – así que cogeré el tren mañana, y en nada me tendrás en casa contigo.

  • ¿estás bien? – preguntó mamá – te noto triste.

  • Estoy mejor que nunca – mentí, con una enorme sonrisa en el rostro, como si mi madre pudiese verme.

  • Bueno… mándame un mensaje luego y me dices la hora a la que tengo que recogerte en la estación.

  • Vale – acepté – un beso mamá – y entonces colgué el teléfono.

  • Enhorabuena – dijo una voz junto a mí, haciendo que diese un respingón y me pusiese frente a él, dándome cuenta de que justo como había pensado era él, y no quería estar así de cerca, tenía demasiado miedo de mí misma – sé cuánto necesitabas…

  • Gracias – agradecí, para luego pasarle de largo, pasando por su lado, tan cerca, que pude oler su embriagador perfume, aunque no dejé que eso me hiciese flaquear, fue su mano, sobre la mía, lo que lo hizo, reteniéndome.

  • Hace un momento, en la barra… - comenzó, intentando disculparse por lo que había dicho sobre mí. Pero yo no podía hablar con él sobre eso.

  • No necesito que te disculpes – le dije, pero él no soltó mi mano, al contrario, la apretó un poco más.

  • Sigo siendo yo, Cali – comenzó, intentando transmitirme esa paz que tanto necesitaban mis días, esa paz que añoraba – habla conmigo.

  • ¿En serio? – pregunté, dolida, saliendo de mi estado de confort, de aquella mentira que tenía que hacer creer a todos y a mí misma. Levantando mi rostro hasta encontrarme con el suyo, haciendo que él me mirase con atención.

  • ¿qué es lo que pasa? – preguntó, molesto, al verme preguntar aquello con tanto odio, mientras levantaba mi mano y me acercaba a él - ¿por qué tienes tanto miedo a decirme la verdad? – insistió, acercando su rostro al mío un poco más, tanto que me hizo temer, porque llegados a ese punto, si me besaba, sabía que no podía apartarle, le había añorado demasiado – pensé que sólo necesitabas un poco de tiempo – proseguía – que tan pronto como te aclararas vendrías y lo hablarías conmigo, pero han pasado casi dos meses, Cali – espetó.

  • Matty… - comenzó Sandra, desde la puerta, haciendo que él ladease la cabeza para mirarla, y luego volviese la cabeza para seguir observándome.

Mis lágrimas cayeron en ese justo instante, tan pronto como comprendí que era tan idiota que sólo quería huir de allí con él, importándome bien poco ser la otra.

Ni siquiera me había acostado con él, ni una sola vez, y ella… ella le tenía todas las noches, mientras que yo dormía con la única compañía de la dolorosa soledad.

Ella caminó hacia nosotros, y él soltó mi mano, pero yo agarré la suya antes de que se hubiese alejado del todo, logrando que él me mirase sin comprender

  • Tienes razón – le dije, tan pronto como Sandra llegó hasta nosotros y agarró a Teo de la otra mano, para que él prestase atención, pero él sólo podía mirarme a mí, porque quería saber que era lo que tenía que decirle – aún tenemos cosas de las que hablar – insistí, intentando retenerle a mi lado un poco más, quería ganar aquella vez, frente a ella - ¿podemos ir a otra parte?
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