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29. Un último adiós. MATEO.

Mi madre fue enterrada a la mañana siguiente, ni siquiera le hicimos misa para los difuntos, pues ni ella ni yo creíamos en Dios, así que lo veía una pérdida de tiempo. Todo aquel que quisiese guardarle respeto podía hacerlo allí, frente a su tumba.

Ella se marchó a casa a cambiarse y Diego me trajo ropa para cambiarme antes del funeral.

Estaba en shock, aún no podía creer que ella ya no estuviese, que realmente se hubiese ido. Siempre esperé, en un lugar oculto de mi corazón, que ella se recuperase, y que en algún momento de su vida me pidiese perdón y me dijese cuánto me quería. Pero eso nunca sucedió, supongo que algunos sueños nunca se cumplen, y por más que lo intentemos, las cosas son como son.

Algo parecido me pasaba al pensar en ella, en Cali, en la única mujer que verdaderamente había amado en t