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Los apostadores

La verdad es que me urgía la plata tanto que me convertiría en traficante de cocaína si pronto no lo conseguía. Una vez, Joaquín empujó la puerta, vestía su eterna y hedionda camisa de Carga Cerrada, jeans con hoyos y zapatillas converse clásicas; prendió la luz, y, levantó sus manos mostrando los billetes como un abanico chino. Mis comisuras desgajadas se convirtieron en una ristra de dientes: algunos manchados y otros perlados.

            Me incorporé hacia él levantándome con largos pasos. Descalzo pude sentir la energía de todo el universo o tal vez solo era dopamina liberándose al ver aquellos crujientes billetes. Apagué la luz porque me mareaba: horas atrás yacía en la penumbra pensando en mi muerte.

            Unos destellos amarillos del alumbrado público se asomaban por la ventana. Joaquín se sentó en mi escritorio, movió mis libros, prendió la lámpara de noche, y comenzó a contarme como había conseguido la plata mientras daba vuelta en la silla giratoria que mi mamá me había regalado según yo para escribir más cómodo.

Llevaba semanas pensando en el significado del dinero. La palabra se volvió molesta cuando me cepillaba los dientes y me veía al espejo: «dinero, dinero». ¿Qué podía hacer un estudiante de filosofía para conseguir mucho dinero? Visitar el bar La biblioteca con Joaquín todos los días. Tanto nihilismo me tenía ciego, a tal punto de querer suicidarme, porque pensaba que el sistema estaba en contra mía y todo lo que creía conocer era una b****a. Ya nada me causaba satisfacción y poco me importaba un titulo de filosofía que solo me sería útil para dar clases o aplicar a una beca Erasmus y viajar por Europa.

            Todo era tristeza: la luz del sol me ahogaba en una ansiedad severa. De manera constante un zumbido atacaba mis tímpanos. Y quería terminarlo todo de un solo tiro, pero no tenía dinero para una pistola. 

            -¿Cómo conseguiste ese dinero?-

            -No me lo vas a creer- dijo Joaquín.

            -¿Lo robaste?-

            -No, mejor aun

            -¿Te mantiene una vieja?

            -Ya quisiera, pero soy muy feo

            -¿Entonces?

            -En la casa de apuesta

            -¿Qué casa de apuesta?

            -Los quinientos pesos que me regaló mi tío los jugué en la casa de apuesta

            -Esperate ¿cuáles quinientos pesos que te regaló tu tío? No conozco ningún tío tuyo             ¿Agarraste mis riales verdad?

            -Pero aquí están, y doblados, triplicados, y cuadriplicados

            -¿Cómo hiciste?

            -Ya te dije: en la casa de apuesta

            -¿Pero dónde queda esa casa de apuesta?

            -En el Osiris

            -¿Toda esta semana no fuiste a clases por jugar en la casa de apuestas?

            -Toda esta semana aprendí como quebrar el maldito casino, y, ahora ya sé cómo alimentarnos-

            -Pero devolveme mis quinientos

            -Tranquilo, mejor alistate y te muestro como es el juego ¿Te gusta el futbol?- dijo

            -Si, pero ¿qué tiene que ver con esto?

            -Suficiente ¿Y el tenis?-

            -No mucho, pero le voy a Nadal

            -Fue así: Julio me llevó a comer al bufet del casino y escuché los gritos de los apostadores en el sport bar. Le pregunté que era y me dijo que era la casa de apuesta de deportes. Revisé mis bolsillos y solo tenía cien córdobas para toda la semana. Y le dije que intentáramos apostar tal vez la suerte nos llegaba.

            -¿Julio tu amigo el cocainómano?

            -Si, Julio.

            -¿Y qué pasó?

            -Bueno, estabas en clases, y revisé tu mesita de noche, cogí los quinientos córdobas. No aposté la primera vez hasta que aprendí las reglas. Me asomé a los cajeros; las opciones eran inscribirte como miembro o solo pedir un ticket de apuesta directa.

            -¿Cómo pudiste confiar en tal estupidez?

            -Pero gané, o ganamos, y aquí están cinco mil córdobas para pagar la renta, ir por unas cervezas, o apostarlo todo.

            Cinco mil córdobas se convirtieron en ciento setenta dólares. Lo suficiente para pagar la renta.

            -Ahora con estos cinco mil pesos podemos continuar apostando

            -No vamos a apostar nada, tenemos que pagar la renta. Esta es la última semana-

            -Aun es temprano, podemos ir a jugar y apostar en beisbol. Un parlay de cinco equipos.- dijo

            -¿Ese es tu plan?

            -El de Julio

            -¿Y qué jodido es un parlay?

            -Cuando lleguemos te explico, Julio nos espera en el  sport bar

            Empecé a rumiar otra vez la palabra «dinero». Lo dineresco del dinero se volvió para mi importante, y así cedí vistiéndome para salir a la siete de la noche al casino Osiris.

            Salimos de Villa Tiscapa, nuestro domicilio cerca de la universidad. Caminamos por la UNI  hasta llegar a la UCA. Se hacía tarde.

            -Detengamos un taxi, nos pueden asaltar

            -Al Osiris- dijo Joaquín

            -Los llevo en cincuenta-

            -Dale -

            El taxista moreno con canas y arrugas en la frente, vestido de guayabera miró mi cara a través del retrovisor y se rió como si se burlara de nuestra aventura.

            Este nuevo casino de Managua cerca de la Plaza las Victorias iluminado con sus luces de neón era  la competencia del Pharaos y el Palms. Durante los primeros meses de inauguración, los usuarios salían ganadores con miles de córdobas y hasta Joaquín que con mis quinientos córdobas logró conseguir cinco mil pesos en una sola apuesta al Real Madrid contra el Barcelona, otros consiguieron hasta diez mil, aun así, el Osiris tenía los fondos suficientes reglamentados para permitirse continuar en funcionamiento.

            -Déjenos aquí- dijo Joaquín.

            -Suerte- dijo el taxista.

            Bajamos del taxi y caminamos hasta las puertas del Osiris. El gorila de seguridad pidió mi identificación al ver mi cara de come libros. Había olvidado mi cartera, pero con los ruegos de Joaquín, y la aparición de Julio en las puertas, logré entrar.

            Me sucedió dentro de mis nervios una explosión como a la espera de algo extraordinario pero a la vista de cosas sencillas: las coloridas máquinas tragamonedas y viejecitas fumando cigarrillos con sus rostros fijos en la pantalla.         

            Vi más rostros caídos y otros fijos con la mirada en las luces de los juegos. Noté que en no había reloj en ninguna parte del casino. Pensé que era una manera para hacer que el tiempo desapareciera y los jugadores permanecieran en un estado eterno de juego diabólico. Y algo más me pareció desagradable. Era esto de que la mayoría de usuarios eran de la tercera edad. Todos ancianos, gordos y canosos. La cabeza me daba vuelta. Como era posible que solo existiesen bares y discos para jóvenes, y el único entretenimiento fuese un absurdo casino apestoso a cigarro.

            Caminamos con dirección al sport bar. Donde estaba separado como una sala con ventanas cerca de la hipnótica ruleta rusa que giraba con su brillante cetro plateado y los colores rojo y negro enumerados. Los chinitos sulfurados gritaban cuando vieron perderlo todo. La ruleta volvió a girar. Una mesera de baja estatura se acercó y trajo cervezas en una bandeja de plata. Luego se retiró, y el chinito enojado la llamó, y le pidió otra cerveza para su amigo que había llegado. Yo seguía junto a la ruleta. Hasta que Joaquín me haló del hombro y me dirigió al sport bar.

            Al entrar vi los enormes sillones, conté siete televisores de pantalla plana en las paredes, el letrero de: no fumar. Y escuchaba el bullicio de los distintos juegos. La mayoría sintonizaban partidos de beisbol. También vi las computadoras disponibles para los apostadores. Con la función de revisar los partidos y juegos.

            -¿Querés una cerveza?-

            -Si, una cerveza bien helada-

            -¿Y vos Joaquín?-

            -También, una cerveza-

            Hombres gordos, si, con grandes barrigas y camisas polo yacían en los sillones con sus caras fijas en los partidos. Vi los emblemas de algunos en los televisores. Le pregunté a Julio quienes jugaban:

            -Mets contra Los Ángeles, Seattle contra Detroit, y Houston contra Oakland.

            Llegaron las cervezas y engullí un buen trago acaramelado hasta refrescar toda mi garganta para que se me quitara la fobia y el mareo de las luces y el ruido. Vi que Julio observaba los televisores, movía sus ojos viscosos y conversaba con los viejos panzones.       Era como si ya se conocieran de hace tiempo.

             No sé que esperaban porque no entendía el sistema. Solo sé que estaban ahí a la espera.  Como yo, a la expectación de conseguir dinero: obtenerlo y frotarlo en mis manos. Y luego pagar la renta, llenar la refrigeradora de cervezas, comprar libros, y ahorrar para un auto

            Seguramente estos viejos lo habían perdido todo, hasta estaban ahí porque en sus casas no los quieren. Al menos tienen familia en Managua, pero un pobre estudiante de filosofía que viene de Matagalpa y de repente su mejor amigo le propone apostar en deportes para pagar la renta, era tan triste que no podía juzgarlos por su vida miserable de ludópatas.   

             -Ganamos

            -¿Qué ganamos?

            -Ganamos el parlay

            Y los viejos gordos con camisas polos también gritaban: ganamos, ganamos, ganamos.

            Julio se dirigió a la caja a retirar el premio en efectivo.

            Yo solo guardé diez mil pesos, lo suficiente para la renta como dije, algunos libros y cervezas.

            -Te lo dije Carlos- dijo Joaquín

            -Ganamos- dije

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