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Capítulo LXXXIV

Me recibe con el rostro inclinado hacia la derecha. Luego, me deja pasar en el pequeño espacio que hace de su casa con el cabello revuelto a lo alto de su cabeza. Mantiene un libro viejísimo abierto en la mesa, que cierra en el instante que me invita a sentarme.

—¿A qué debo esta sorpresa?

El tono dulce en la ronquez de su voz es suficiente como para que me derrita.

—¿No puedo visitarte, Eva? Pensé que me amabas.

Me mira de soslayo con una mueca divertida.

—Oh, claro que te amo, mas me eres insoportable justo ahora.

Ciño la frente.

—¿Ah? —suelto, avergonzada.

Se ríe.

—Me estaba aprendiendo ciertos conjuros, pero no me vendría mal una pausa. —Se pone de rodillas frente a las brasas para sacar del piquete una tostada alargada que unta de mermelada de cereza, para luego sentarse frente mío. Parte s