Buenovel

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¿Otra vez tú?

Una bruma rodeaba todo su ser, una intensa sensación del vacío en el interior volvía a apoderarse de él.

—Yo te cuidaré —decía un hombre viejo, cubierto por el sudor, con cabello largo y canoso; su padre, o aquel a quién así llamaba, lo miraba de cerca mientras lo cobijaba.

Luego una caverna bloqueada por árboles torcidos cubiertos de musgo, yacía frente a él, y un canto lejano lo llevó hasta una mujer, ya había visto a la mujer, era la chica que visitó el Bar por la tarde. No obstante, ahora estaba envuelta en una extraña luz dorada que vibraba y se moldeaba a su andar. Ella lo miró y le indicó que la siguiera, pronunció algo inaudible y los árboles torcidos se enderezaron, dando paso a la caverna. 

Inmediatamente después vio a unos hombres, parecía conocerlos pero no lo hacía; enseguida tenía una espada en sus manos, sentía su peso y la blandía con temor, entonces hubo gritos desgarradores, el fuego se acercó a él, pero no se incendiaba, solo veía todo a su alrededor hacerlo, todo lo que le importaba; su bar, su hogar, sus amigos, su barrio, la ciudad, el Reino entero se volvía una mancha negra en el mapa.

Con intensos gritos de dolor pedía que parara —: ¡Ya basta! —gritó con todo su ser.

Despertó con taquicardia, su respiración parecía asesinarlo, el sudor y el pánico lo envolvieron.

—Arturo, ¿qué ocurre?, ¿estás bien? —corrió Tomas hasta su habitación, aun somnoliento y espantado por los alaridos.

—Tuve, tuve un sueño, era horrible, peor que cualquiera que hubiera tenido antes.

—Bueno, tranquilo, respira sí, solo fue eso, un sueño. Te traeré un vaso con leche caliente.

—¿Qué es esto? —proclamó al cielo cuando Tomas salió, sujetando su cabeza y presionando su pecho. La sensación era como si algo dentro de sí quisiera matarlo.

Tal vez eso deseaba, algo dentro de sí deseaba matar a Arturo y que un nuevo él, una mejor versión, o más bien, su verdadero ser, naciera.

Elina se levantó temprano anunciándole a Michael que le pidiera a Su Majestad la disculpase, pues no podría asistir a su reunión el día de hoy, al menos no por la mañana, en cuanto pudiese le informaría el motivo de manera personal.

Por un segundo, Michael creyó que Elina había desistido de su búsqueda y quería tomarse el tiempo de huir de la situación, aunque prefirió no notificar nada a nadie más que lo estrictamente necesario a Isabel.

Isabel escuchó con atención el aviso, pero su preocupación le hizo abandonar el apetito en el desayuno. Su esposo, el Príncipe Felipe, por fin tomó la osadía de preguntar que le aquejaba que la había tenido tan poco presente en la realidad.

—No es nada —intentó calmar con una sonrisa.

—¡Por Dios!, claro que es algo, ni siquiera durante las mayores tensiones al casi perder parte del Reino, la Mancomunidad, te pusiste como te veo ahora. ¿Qué está ocurriendo?

Después de una pausa, respondió—: ¿Qué crees que pasaría si, en una muy alocada historia, alguien reclamara el trono diciendo que es el legítimo rey y no yo? ¿Crees que deba hacerme a un lado?

—¿De qué rayos estás hablando?

—Solo… contesta por favor.

—Bueno, en caso de que llegara a ocurrir, no deberías ceder el trono, te pertenece por derecho y porque durante muchos años lo has conservado intacto y con mucho  valor —concluyó mientras continuaba cortando un poco de tocino en su plato.

—Sí, es cierto, supongo que tienes razón —asintió pensativa—. Gracias.

Mientras tanto Elina se proponía volver al N°8 en Tottenham, esta vez con la intención de no irse sin respuestas más firmes. Caminó un par de calles y tomó un taxi nuevamente sin embargo, esa sensación de que alguien la seguía continuaba estrechando su corazón. Miró por el vidrió del auto, miró los espejos, pero solo lograba ver autos similares, nadie ni nada que resaltase a la vista y le provocara mala impresión. Esta vez el taxista la dejó un poco más cerca del Bar, aunque no lo suficiente. Así pues, Brown y Johnson se adentraron en el peor barrio de la ciudad con un auto que resaltaba a distancia.

Elina llegó a su destino, ocultándose del dueño y de sus amigos, esperó un poco y un hombre ebrio de aspecto descuidado salió del lugar.

—Disculpe, Señor, ¿sabe si el dueño del bar está adentro?

—Claro, querida, solo que salió temprano por más licor —respondió el hombro confundido.

—Entonces, ¿está ahora, o no?

—No, no está —exclamó entre dientes.

—Gracias.

Entró al Bar, las miradas no eran tan intensas como las del día anterior, lo cual ayudaba bastante. Se dirigió a uno de los hombres que parecía llevar ahí mucho tiempo…

—Disculpe, ¿sabe si en este lugar ha venido alguien diciendo que son de La Resistencia?

—¿Qué, La Resistencia?... no, no lo creo —dijo el hombre con vagos recuerdos.

—¿Está seguro?, tal vez, ¿un par de hombres extraños que hablen sobre las revueltas que hay últimamente?

—De hecho, ya que lo mencionas, si ha habido algunos, se reúnen en la mesa del rincón, son muy misteriosos y callados, pero Arturo los deja quedarse porque piden alcohol, usted sabe.

—¿Arturo?, ¿ese es el nombre del dueño?

—Sí querida, ese es.

—Y sobre los hombres misteriosos, ¿tiene algún nombre?, ¿sabe cuándo se reúnen?

—No, los nombres no los sé, pero vienen siempre por las noches.

—¿Qué días?

—No lo recuerdo, quizás… —expresaba dudoso el hombre mientras se rascaba la cabeza.

—Por favor, algún día en específico, jueves, viernes, lunes, domingo.

—Probablemente los fines de semana, pero no lo sé con seguridad, los hombres como yo ya no contamos los días, solo esperamos que la muerte venga.

—Bien gracias, aunque tal vez debería dejar de pensar que la muerte venga y gastar lo que se gasta en alcohol, en algo más productivo.

Elina se alejó del asiento y miró a su alrededor en busca de alguien con más información, aunque todos los hombres ahí presentes o estaban demasiado borrachos o dormidos para dar una respuesta coherente. La mejor opción era volver por la noche y ver si tenía más suerte, pero si en el día el lugar era aterrador, por la noche lo sería más.

—Jefe, la chica entró a un Bar en el barrio Tottenham, el N°8. No sabemos por qué pero lleva dentro mucho tiempo —explicó Brown a Mackenzie por el teléfono.

—Según esto la chica no es aficionada al alcohol, ¿qué hace a esta hora en un lugar como este? —exponía Johnson junto a su compañero.

—Muy bien, no lo sé, pero lo averiguaremos, tráiganla. Y por favor sean corteses, la necesito viva, ¿quedó claro?

—Sí Señor.

Al poco tiempo de la llamada, Elina salió del Bar, estaba un tanto distraída con su bolso y su chaqueta, caminó un poco hasta que unos hombres de aspecto formal y grotesco se le acercaron.

—¿Señorita Swan? —preguntó uno de ellos a pesar de ya conocer la respuesta. Ella se pasmó un segundo y los observó con detenimiento.

—¿Sí?

—Necesitamos que nos acompañe —respondió Johnson mientras señalaba el auto tras de sí.

—¿Quiénes son?

—Eso no importa, las dudas que le surjan le serán respondidas más tarde.

—Pues no me moveré si no me explican ahora —terminó y se alejó bruscamente.

—Debe entrar al auto —explicó Brown tomándola del brazo derecho con mucha fuerza y rechinando los dientes, como aquellos hombres que no son capaces de controlar su ira ni un instante.

—Suélteme —expresó ella en voz baja, pero con firmeza.

—No se lo queremos repetir otra vez, entre al auto por favor —replicó Johnson, mostrando el arma que cargaba en el saco.

—¿Me vas a disparar?  —cuestionó Elina—, si me fueran a disparar ya lo hubieran hecho, justo aquí, en el lugar perfecto para esconder un crimen con tantos potenciales criminales, pero no lo harán, me requieren con vida, ¿cierto?

—Pocas veces es desobedecida una orden, y hoy puede ser una de esas veces —contestó Brown en tono retador.

Elina se zafó con dificultad y lo golpeó en el rostro después de haberlo golpeado en la rodilla. Corrió por el callejón que encontró sin embargo, no llevaba a ninguna parte. Johnson sacó su arma y la disparó un par de veces, atrayendo la atención de muchos espectadores. Ninguna bala acertó en el blanco, justo como quería, después de todo, no tenía escapatoria.

—¿Escucharon eso? —interrogó Cristian a los hombres junto a él.

—Parecen disparos —manifestó Tomas, mientras terminaba de poner las cajas de licores sobre la barra.

—Arturo, ¿a dónde vas?

—Solo iré a ver qué sucede —respondió mientras salía y caminaba lento al estruendo.

—Te pedí que entraras al auto por las buenas, pero no me dejas otra opción —dijo Johnson, sujetando a Elina del cuello, quien, con la intención de no dejarse vencer, tomó una botella que tenía a su lado y lo golpeó en la cabeza. No obstante, el hombre era mucho más fuerte de lo que creía, y sin mucha demora, se repuso y le rozó la sien izquierda con la culata del arma.

Cayó al suelo terregoso y cubierto por hojas secas, se sentía aturdida y somnolienta, pero el miedo no la dejaba paralizarse. Así pues, de pronto se amotinaron parvadas de diversas especies de aves alrededor de ellos, atacando y cegando al hombre. Elina contemplaba el espectáculo mientras se levantaba, sintiendo un gran poder, una gran fuerza en su corazón. Sin embargo, poco antes de levantarse por completo, Brown llegó, amenazando con su arma, aunque consternado y sorprendido por la escena que se desenvolvía ante sus ojos; dudando de cómo proceder. Ella quiso huir ante el titubeo de su atacante, pero no lo logró…

—¡No te muevas! —inquirió disparando el arma a la nada.

Luego, un hombre de aspecto intrigante llegó de la nada y lo arrojó a la pared, le quitó el arma y lo amedrentó lo suficiente como para no levantarse en un rato esta vez.

Arturo se giró a ver el espectáculo, escuchando los gritos de terror del hombre que no comprendía como ni porqué un montón de aves lo atacaban.

Elina se levantó y corrió junto con Arturo hasta llegar al Bar.

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