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TRES DE CINCO

Naem y Lasret, cómodas en la habitación de la primera, ajenas a cualquier cosa fuera de ésta, jugaban ajedrez con una determinación que casi rayaba en la violencia.

Lasret, mirando con fijación la pieza del rey, sonrió de forma tensa y alterno sus ojos entre el tablero y su oponente. Con lentitud ceremoniosa movió su ficha y dijo satisfecha “jaque”. Naem, que miraba con la misma intensidad las fichas, analizó varios segundos el tablero. Resignada, se arrojó sobre la cama en la que estaban jugando y resoplo.

—Gané de nuevo. —Orgullosa, Lasret se recostó junto a su contrincante.

—Terminemos con esto entonces, —invitó Naem. Tras un elegante y rápido movimiento, el tablero voló de la cama y Lasret se lanzó hacia ella.

Hace mucho tiempo que tenían la costumbre de jugar ajedrez en cada momento libre.

Aunque n