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Daosled, El Último Heredero
Alex A.
Prólogo

“La mente es como un paracaídas, solo funciona si se abre”

Albert Einstein

Algún momento del futuro

El único que quedaba en pie de mis compañeros cayó al suelo con un hilo de sangre recorriéndole el cuello.

A mi lado, otro de ellos intentaba levantarse sin éxito. Éramos tres, dos que permanecíamos impotentes mientras mirábamos como nuestro enemigo destruía lo poco que quedaba de su víctima.

El infeliz se acercó al cuerpo maltrecho y le piso el pecho con una fuerza suficiente para agrietar el suelo. La adolorida víctima escupió sangre y se retorció del dolor mientras nos miraba, más que pidiendo ayuda exigiéndome que haga algo.

A mi lado, mi compañero, con un grito de furia, logró ponerse de pie al fin. Se acercó tambaleante a nuestro enemigo y le dio un golpe con todas las fuerzas que le quedaban.

No sucedió nada.

Mi aliado lo volvió a intentar y levantó su otro brazo, dispuesto a golpear en el rostro al imbécil con el que luchábamos. Éste último sólo levantó su mano y en un movimiento veloz tomó el puño de su atacante. Apretó y el seco sonido de huesos al romperse llenó mis oídos.

Con una fuerte patada en el estómago, su segunda víctima cayó desplomada.

Finalmente, esbozando una amplia y sádica sonrisa, me miró mientras se acercaba con lentitud.

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